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Salvador Giménez Valls

Salvador Giménez Valls

8 de diciembre de 2019

Queridos diocesanos:

Hoy nos propone la Iglesia la contemplación y la imitación de la Virgen María. Una vez más llega al corazón de todos los cristianos la referencia a la disponibilidad y al servicio del designio de Dios pidiendo la colaboración de una joven de Nazaret. Conocemos esta fiesta con el nombre de la Inmaculada o de la Purísima. Quiere decir que María fue concebida sin pecado original y que, durante su vida en esta tierra, nunca se separó de la gracia de Dios. Aunque coincide con el segundo domingo de Adviento, se mantiene la celebración litúrgica mariana con lo que se quiere visualizar la importancia y la constante promoción de la devoción del pueblo cristiano a la Madre de Dios.

En el comentario anterior ya propuse una reflexión sobre el significado del Adviento y sobre algunas actitudes que debemos mostrar. Se podría prolongar hoy poniendo a la Virgen María como modelo a imitar para esperar el nacimiento de su Hijo y cómo preparar nuestra vida para que este hecho incida positivamente ahora y aquí. Es este un aspecto fundamental en las relaciones que se establecen entre la fe y la cultura. El cristianismo no es un constructo que circula en las mentes de algunos privilegiados o se sitúa en una nebulosa físicamente superior a la sociedad en la que viven los seres humanos. La realidad de Dios que se hace hombre vincula de modo inextricable la divinidad con la humanidad. En este caso concreto Jesucristo, en su nacimiento, acompaña y orienta todo aquello que el hombre es y hace; se encarna y se identifica con la diversidad cultural de los distintos grupos humanos y posibilita que el mensaje transmitido otorgue plenitud a la obra humana.

Aparte de la inculturación de la fe cristiana hay otro aspecto que me gustaría reseñar en esta fiesta de la Virgen. Su aceptación de la voluntad de Dios que le proponía la colaboración total, se producía en su juventud. Así parece deducirse por la costumbre en los desposorios de la época y por la descripción del evangelista anteponiendo el apelativo virgen al nombre de María. Era joven, apenas salida de la adolescencia. Así la destacan los artistas de todas las épocas. Eso mismo explica que la fiesta de la Inmaculada tiene un acento extremadamente juvenil. Es una fiesta de jóvenes y para los jóvenes. Por ello es una buena ocasión pedir a Dios por el acercamiento de nuestra juventud a Jesucristo, para que tengan como modelo de servicio y de fidelidad a la Virgen María y para que deseen aplicar a sus vidas las virtudes y valores del Evangelio.

Con este propósito la Delegación de Pastoral de Jóvenes organiza cada año por estas fechas un retiro espiritual para jóvenes en Poblet. Un numeroso grupo acude para rezar, para reflexionar sobre su vida y para analizar su compromiso con la Iglesia. Siempre nos hemos alegrado de esta iniciativa y agradecemos la constancia de los responsables por ofrecer esta oportunidad. Además de esta breve referencia informativa quisiera destacar su importancia y animar a nuestros jóvenes a participar; también a padres, sacerdotes, catequistas y profesores a facilitar a los mismos la formación integral y el compromiso eclesial.

Al final de la Exhortación Cristo vive, sobre y para los jóvenes, el papa Francisco aconseja la escucha para ayudar a discernir el camino de la vida. Y esa escucha supone tres sensibilidades: atención a la persona, que esa atención sea discernidora, que sepa ver los impulsos que el otro experimenta hacia adelante.

Que la Virgen María ayude a nuestros jóvenes y a todos los cristianos en este camino.

Con mi bendición y afecto.

 

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