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Salvador Giménez Valls

Salvador Giménez Valls

21 de octubre de 2018

Queridos diocesanos:

Un año más la Iglesia nos pide nuestra colaboración para con las misiones. Tanto a título personal para dedicar parte de nuestro tiempo a la evangelización como a la aportación económica para atender las necesidades de quienes están en una misión lejana predicando a Jesucristo y compartiendo las carencias de sus hermanos.

A nuestro alrededor vemos unos estímulos que nos recuerdan, en este tercer domingo de octubre, la importancia de la misión. Carteles, oraciones, homilías, lema, catequesis para niños o para adultos… nos alertan del significado de esta jornada anual. Quienes acuden a las celebraciones parroquiales les llega el mensaje de forma directa; quienes tienen hijos o nietos en edad escolar, de forma indirecta a través de sus indicaciones; quienes sufren enfermedad y no salen de casa, a través de reportajes en radio o televisión que les motivan a rezar por el fruto de esta buena causa; quienes no frecuentan la celebración, han oído hablar de la dedicación de los misioneros en países necesitados y se conmueven de aquella realidad que les ha acercado algún amigo o conocido.

Todo contribuye a poner en el centro de nuestra atención esta fundamental realidad misionera que une anuncio del evangelio y preocupación por los más pobres en países con grandes carencias materiales que les mueven, en ocasiones, a emigrar y buscar una nueva vida.

Además de solicitar vuestra atención y vuestras oraciones, me gustaría comentar el lema de este año y alguna indicación del Mensaje del papa Francisco con motivo de la Jornada Mundial.

El lema, Cambia el mundo, es audaz e ilusionador. A pesar de todo, resulta muy directo y apunta un objetivo con una gran dosis de radicalidad. Según algunos, produce cierta sonrisa de incredulidad y provoca desesperación por sus incumplimientos. Aparte suena a repetición de unas palabras en campañas de otros signos comerciales o culturales. Sin embargo es la misma finalidad que se ha impuesto la Iglesia desde el principio siguiendo las indicaciones de Jesús, no ha hecho otra cosa que predicar con alegría y vivir con coherencia su mandato. Porque anunciar el Evangelio comporta un cambio radical en nosotros mismos; también consigue remover las estructuras de este mundo. La apertura al otro, la acogida desinteresada, la generosidad ilimitada, el amor sin exclusiones, el respeto a la dignidad de cualquier persona, porque es hijo de Dios, sin fijarnos en el lugar de nacimiento o en el color de su piel… son un conjunto de principios que ayudan a hacer de nuestro mundo el lugar de la fraternidad, de la justicia y de la paz que el Señor quería para todos.

El mensaje del Papa, Junto a los jóvenes, llevemos el Evangelio a todos, quiere ser una llamada explícita a contar con todos los jóvenes en este gran objetivo misionero. Coincide el contenido de sus palabras con la celebración del Sínodo de los Obispos en Roma “que nos ofrece la oportunidad de comprender mejor, a la luz de la fe, lo que el Señor Jesús os quiere decir a los jóvenes y, a través de vosotros, a las comunidades cristianas”.  Dice más adelante: También vosotros, jóvenes, por el bautismo sois miembros vivos de la Iglesia y juntos tenemos la misión de llevar a todos el Evangelio”. Pide un compromiso personal en el voluntariado y en el servicio a los más pequeños prolongando en sus vidas juveniles el ansia de que nuestro mundo sea mejor y que todos conozcan a Jesucristo.

Con mi bendición y afecto.

 

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