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Salvador Giménez Valls

Salvador Giménez Valls

28 de julio de 2019

Queridos diocesanos:

Con esta glosa dominical acaba mi comunicación escrita con vosotros hasta el nuevo curso que empieza el primer domingo de septiembre. Los domingos del mes de agosto habrá otra colaboración en este espacio.

Lo primero que me sale del alma en este momento es agradecer una vez más a tantas personas que nos ayudan en nuestro servicio, que colaboran en las mil tareas encomendadas a las comunidades diocesanas, y también a quienes, con un criterio propio y formado, señalan imprecisiones, errores o limitaciones de la trayectoria fijada por la Iglesia que peregrina en Lleida.

Es un elemento muy humano y de gran dignidad expresar la gratitud a otros que nos han acompañado en nuestro trabajo y nos han atendido en nuestras obligaciones. Lo vemos en todos los ámbitos de nuestra sociedad. Hace unos días han hecho lo propio las autoridades de nuestros pueblos y ciudades tras conformar los equipos de gobierno con motivo de los resultados de las elecciones. Lo hacemos cuando oímos las palabras de despedida de un compañero de trabajo que se jubila o cambia de empresa. Igualmente se da en todo tipo de asociaciones culturales, profesionales o deportivas. También lo veo más directamente en la gratitud de tantos hombres y mujeres que han prestado un valioso trabajo en la Iglesia.

En mi caso concreto es un buen momento en un fin de curso parroquial apuntar en esa misma dirección. Lo considero una obligación agradecer la colaboración de todos en el servicio que el Señor os ha encomendado. A los sacerdotes y diáconos; a los miembros de las comunidades de Vida Consagrada, a los directores y comunidades educativas de las escuelas cristianas; a los responsables y miembros de los movimientos apostólicos, de las hermandades y cofradías de nuestra diócesis; a todos los grupos parroquiales, con la orientación del párroco, hacéis realidad la presencia de Jesucristo en el mundo de la palabra, de la caridad y de la celebración; a todos los que habéis recibido un sacramento y lo habéis vivido con gran alegría familiar y comunitaria; a quienes habéis venido de lejos y os habéis sentido fácilmente acogidos por las comunidades integrando y expresando vuestra experiencia de fe en el Resucitado.

Damos gracias a Dios por conceder gran disponibilidad y dedicación a tantas personas de nuestro entorno que nos facilitan la tarea de aplicar con coherencia las exigencias del Evangelio y las orientaciones de la Iglesia.

La gratitud se extiende a muchas personas e instituciones civiles que colaboran con recursos humanos y económicos al desarrollo y sostenimiento de personas y patrimonio religioso. De ello nos beneficiamos todos y contribuimos desde distintas convicciones y creencias a construir un mundo más justo, más honesto y más solidario con los seres humanos y con toda la creación.

Termino este comentario señalando un aspecto muy querido: agradecer el trabajo en la conclusión de ese humilde Plan Pastoral de tres años que se inició en septiembre de 2016. Os emplazo desde ahora mismo a realizar aportaciones durante los meses siguientes para confeccionar entre todos un nuevo Plan que aglutine nuestras realidades eclesiales y sepa concretar las aspiraciones de nuestra diócesis mirando el futuro con esperanza y valentía.

Con mi bendición y afecto.

 

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