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Mons. Salvador Giménez Valls

Mons. Salvador Giménez Valls

23 de abril de 2017

Muchas familias celebran en este tiempo de Pascua las primeras comuniones de sus hijos, lo viven con alegría y hacen fiesta por ello. Estas celebraciones me sugieren una reflexión, que deseo compartir con todos vosotros. En algunos aspectos podemos extenderla al sacramento de la Confirmación.

La primera comunión es un acontecimiento familiar y parroquial que genera un gran número de comentarios, acerca de la naturaleza del mismo, de los actores que coadyuvan a su realización, de los riesgos y compromisos que entraña y de las preocupaciones y dificultades que suscita.

Todos sabemos que la celebración de los sacramentos es esencial para la vida cristiana. Aunque sea reducido el tiempo dedicado a su administración, es más largo el período de preparación. Durante varios cursos los niños y los jóvenes acuden semanalmente a la catequesis para recibir uno u otro sacramento. Para ello existe toda una organización: el párroco, los catequistas, los materiales escritos, así como los locales, se ponen a disposición de las familias para que los catequizandos sean introducidos en un adecuado conocimiento del misterio de Cristo. En una breve síntesis, podemos decir que se explican los contenidos de la fe, se dedica un tiempo a la oración, se lee y se escucha la Palabra de Dios, se participa en las celebraciones parroquiales, se muestra el camino para conocer el bien y el mal enseñando a obrar al estilo de Jesucristo, se invita a continuar participando en la parroquia y se ponen las bases para el futuro apostolado.

A pesar de los cuantiosos medios utilizados, aparece una cierta insatisfacción en los distintos agentes que intervienen en todo el proceso. Por parte de los párrocos y sacerdotes en general, al constatar la reducida perseverancia de los niños y la poca colaboración de los padres volcados, eso sí, en la fiesta familiar. Por parte de los catequistas, al apreciar como el esfuerzo realizado no se corresponde con el resultado del mismo; además de sumar la creciente exigencia de su propia formación y los muchos años dedicados a esta noble tarea. Por parte de los niños, cuando exteriorizan cansancio o apatía debido quizás a las muchas actividades extraescolares que la familia les propone. Por parte de los padres, cuando no pueden, no saben o no quieren colaborar en la educación de la fe en el seno de su familia. En ocasiones parecen más preocupados por los aspectos materiales y externos de la celebración que por una auténtica formación religiosa, para ellos mismos y para sus hijos.

Somos conscientes de todos esos elementos que producen insatisfacción. Incluso de algunos comentarios irónicos o despreciativos en alusión a los costes de la celebración, los boatos y su incoherencia. Sin embargo, es mucho más llamativa la lista de aspectos favorables que la catequesis produce. Os señalo algunos: dedicación entusiasta, cohesión parroquial, alegría por seguir el anuncio del Señor, colaboración de más personas de las que imaginamos, y recuperación de otras que se suman a esta tarea, padres que siguen conscientemente el propio proceso catequético, abuelos que ayudan.

Para todo cristiano es imprescindible anunciar a Cristo. Y en la catequesis se hace de una manera sistematizada. Acentuemos la parte positiva de este proceso. No nos quedemos en el lamento continuado. Manifestemos felicidad por el esfuerzo realizado de vivir con coherencia nuestra fe y por el empeño en la tarea de transmitirla. Os agradezco la dedicación y el tiempo de vuestra formación.

 

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