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Mons. Jaume Pujol Balcells

Mons. Jaume Pujol Balcells

10 de diciembre de 2017

El 10 de diciembre se celebra la fiesta de Nuestra Señora de Loreto. Responde a una tradición del siglo XIII según la cual la casa en la que vivió la Sagrada Familia en Nazaret fue transportada a la ciudad italiana de Loreto en 1294, pasando por Croacia.

La tradición cobra aquí formas legendarias, que mezclan el deseo de las Cruzadas de poner a salvo a la Santa Casa, con su transporte a través del Mediterráneo y el Adriático en barcos de cruzados o en vuelo llevada por ángeles, leyenda que dio lugar a que sea considerada patrona de la aviación.

Lo seguro es que esta devoción mariana enraizó en muchas partes del mundo, como puede comprobarse en la realidad de los santuarios dedicados a la Virgen de Loreto en ciudades muy diversas, entre ellas Tarragona, donde hubo una capilla en lo alto del monte cercano a la ciudad desde el siglo XVI.

Después de ampliaciones, la primitiva capilla se convirtió con los siglos en el Santuario que, en su actual estructura y gracias a la iniciativa ciudadana, puso su primera piedra en 1957, hace ahora 60 años.

En 1970 Tarragona tuvo el gozo de acoger a los primeros sacerdotes italianos que se ocuparían de este lugar santo, pertenecientes a la orden de los Rogacionistas, fundada por San Annibal Maria Di Francia, cuyo carisma es rogar por las vocaciones sacerdotales y la atención social, y que pronto pusieron en marcha una residencia y un centro de espiritualidad por el que han pasado muchas personas.

Innumerables veces he subido a Loreto por la carretera que transcurre entre pinos hasta que se divisa el campanario. Es un descanso para el alma la paz que se vive en un lugar tan cercano, una paz que tiene mucho que ver con el entorno, pero también con esta atribución que hacemos a nuestra Madre de ser Reina de la Paz. 

Allí la encuentran los que acuden a casarse o a un entierro, los que asisten a misa, o en romería, quienes llegan para encontrarse a sí mismos, quizá después de llamar al Teléfono de la Amistad, o aquellas personas sin techo o transeúntes que saben que nunca se irán de Loreto con las manos vacías.

En la Casa de la Virgen, cada persona es valorada, acompañada y un cartel de la entrada le da una poética bienvenida. En este día deseo expresar mi gratitud como Arzobispo a los sacerdotes de Loreto por su extraordinaria labor y pedir que les acompañemos en esta petición de vocaciones que son tan necesarias.

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