catala espanol
Facbook Facebook Facebook

Joan Planellas Barnosell

Joan Planellas Barnosell
13 de octubre de 2019 
 
Muy estimados, estos días de octubre tienen lugar algunos cambios de párrocos en algunas de nuestras parroquias. He podido comprobar su extremada generosidad y disponibilidad, con una tarea a menudo hecha en solitario, poco entendida o valorada y, a veces, rebosante de dificultades. Sobre el sacerdote, quién es y qué tiene que hacer, todo el mundo entiende. Especialmente cuando se dice que debería hacer y no hace. Todo el mundo sabe. Quizás es normal, ya que su servicio afecta a todos. Pero ocurre que si habla mucho de Dios, es «espiritualista»; si habla de los pobres o de hechos actuales, «hace política».

Sería conveniente que los cristianos —y también los mismos sacerdotes— tuviéramos clara la identidad del ministerio ordenado. Para aclararla bien, debemos situar la misión del sacerdote en el conjunto del pueblo de Dios. En este punto no podemos hacer nuestro «capricho».

En primer lugar, tenemos que hablar de la vocación básica de todos los cristianos. Todas las vocaciones especiales tienen su base en la condición de bautizados. Somos «iguales en la dignidad», todos somos hijos de Dios, todos discípulos de Jesús, todos llamados a ser santos. Tenemos la misma dignidad, pero no la misma función. En cambio, la santidad a la que estamos llamados, sí es la misma. El Concilio Vaticano II describe así la acción de la Santísima Trinidad en nosotros: «El Espíritu nos impulsa a hacer caso de la llamada de Dios, a obedecer y adorar al Padre, haciéndonos seguidores de Jesús pobre, humilde y cargado con la cruz» (Lumen gentium, 41). La misión también es única: hacer vivo el Evangelio en el mundo. Esto no lo hacemos aisladamente, sino en la comunidad de hermanos y hermanas. También los pastores encuentran la santidad formando parte del pueblo y sirviendo a este pueblo santo de Dios.

Obispos y sacerdotes no somos sucesores de Cristo, sino de sus Apóstoles. El sacerdocio de los pastores surge de la Iglesia y está al servicio de la Iglesia. Los pastores, pues, no dejan de ser simples cristianos cuando son puestos al frente de la Iglesia. San Agustín supo explicarlo con elegancia y claridad: «¿Yo, obispo vuestro? ¡Qué miedo! Pienso entonces: tú estás con ellos, y eso me consuela. Para vosotros soy el obispo; con vosotros, soy cristiano. Obispo, nombre de la carga; cristiano, nombre de la gracia. En el obispo, el peligro; en el cristiano, la salvación» (Sermo 340,1).

Ser obispo le causa temor, dice San Agustín. Tan a menudo que dice Jesús: «¡No tengáis miedo!» Pero la debilidad, el poco acierto, o el pecado mismo, acompañan a los Apóstoles y pastores de la Iglesia, incluso después de haber seguido el Señor y optado por el evangelio. La incoherencia o el pecado de los pastores no debe excusarse, ni nos debe dejar indiferentes. Con todo, puede ser utilizada y manipulada, es arma que puede hacer daño, ya que lleva a pensar que el cristianismo vivido es una quimera, que no es una opción verdadera. El cura, o el obispo, no es un superman, ni un «súper cristiano». Pero, en medio de los otros discípulos, es como el despertador que vela y va delante: «Vela sobre ti mismo y sobre el rebaño», dice San Pablo a Timoteo (1Tm 4,16). Es como el que lleva la antorcha encendida y pasa el fuego a las otras antorchas humeantes o apagadas. Pero la suya debe estar bien encendida, porque, de lo contrario, no pasa la luz.

¡Velemos por nuestros sacerdotes y por las vocaciones sacerdotales!

 
 
ir atras - anar enrera - go back
La voz de la iglesia
subir arriba
Este sitio utiliza cookies, puedes ver la política de cookies, aquí -
Política de cookies +