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Jaume Pujol Balcells

Jaume Pujol Balcells

18 de febrero de 2018

 

Hay dos tiempos activos de espera a lo largo del año litúrgico: el Adviento, que es espera del nacimiento de Jesucristo, y la Cuaresma, que es preparación de la Semana Santa en la que se conmemora su muerte y resurrección.

En la Biblia ya aparecen numerosas situaciones de espera: el pueblo escogido atiende durante siglos la llegada del Mesías; los Reyes Magos se ponen en camino guiados por la estrella, con la esperanza de ver al nacido Rey de los Judíos; Simeón y Ana van al templo de Jerusalén con el deseo de que puedan tener a Jesús en sus brazos…

Si el nacimiento del Mesías requería ser precedido por un largo periodo de espera, la Iglesia nos ofrece un tiempo litúrgico para que nos preparemos también para el gran misterio de su muerte.

El Dios cristiano es el Dios de las sorpresas. Chateaubriand, en El genio del Cristianismo hace referencia a estas inesperadas manifestaciones divinas. Muchas generaciones esperaban a un Mesías que sería el rey que sometería a todos los pueblos, pero he aquí que nace en un establo, que es hijo de un carpintero de un rincón de Galilea, que predica sacrificios y es modelo de dolores y miserias hasta ser apresado, torturado y muerto clavado en una cruz.

¿Cómo es esto? ¿Acaso Jesús de Nazaret no es Dios y por tanto omnipotente? Pascal ofrece una clave explicativa de esta renuncia al poder: «El Dios de los cristianos no es solamente un Dios que ejerce la providencia sobre la vida y los bienes de los hombres, para dar una feliz secuencia de años a los que le adoran, como piensan los judíos. El Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob, es un Dios de amor y consolación; un Dios que llena el alma y el corazón de aquellos a quienes posee».

La Cuaresma, en la que hemos entrado, nos adentra en este misterio de amor, en esta paradoja de que el fuerte se hace débil, el todopoderoso se pone en manos de la humanidad para salvarla.

El riesgo que tenemos —apunta el Papa Francisco en su mensaje para la Cuaresma de este año— es el enfriamiento en la caridad. Citando a Dante, recuerda que en su descripción del infierno se imagina al diablo sentado en un bloque de hielo; su morada es el amor extinguido. Debemos estar alerta para que no nos enfriemos en el amor, y para ello la Cuaresma nos ofrece tres remedios: la oración, la limosna y el ayuno. Sobre este trípode se mantendrá firme nuestra caridad.

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