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Jaume Pujol Balcells

Jaume Pujol Balcells

21 de abril de 2019

En 1849 Fiodor Dostoievsky, acusado de formar parte de una célula socialista, fue condenado a muerte. Cuando se encontraba ya ante el pelotón de fusilamiento, llegó la amnistía del Zar, que conmutó la pena capital por destierro en Siberia. A partir de esta experiencia, la obra literaria del gran escritor ruso se mueve en dos coordenadas: el alma del ser humano, con sus emociones y sus pasiones, y la fe en Dios que se manifiesta incluso sin querer.

Guardini, refiriéndose a su obra señala: «Puede suceder que, de un momento al otro, el individuo más corrupto que está medio borracho en una taberna, se ponga a hablar de Dios y del sentido de la vida.»  Zósima, uno de los protagonistas de Los hermanos Karamazov, dice: «Este pueblo lleva a Dios en su corazón.»

Con la Pascua de Resurrección culmina la Semana Santa y la Iglesia celebra la mayor de sus festividades, de la cual los domingos serán gozosas réplicas a lo largo del año. 

En este punto podemos preguntarnos si lo que era válido para la sociedad rusa de hace un siglo y medio —la religiosidad metida en el alma del pueblo—, sigue siendo aplicable a la sociedad catalana del siglo XXI en la que vivimos. Los sociólogos destacarían seguramente que la secularización ha determinado el paso de una humanidad teocéntrica a otra antropocéntrica en la que Dios ha sido marginado.

Consideremos, sin embargo, las ideas en las que se fundamenta el mundo de hoy y veremos que son ideas cristianas: justicia, solidaridad, libertad, igualdad, fraternidad… Las utilizamos sin hacer referencia a Dios, ni a los Diez Mandamientos, ni al sermón de las Bienaventuranzas, ni a las enseñanzas de Jesús en el Evangelio, pero lo hacemos del mismo modo que gozamos del agua sin preguntar por la fuente, o utilizamos el móvil sin reconocer a sus inventores.

El pueblo, considerado como tal, parece una realidad diferencial, pero está formado por personas, cada una con sus creencias. Estas personas encuentran la huella divina en sus vidas cuando se paran a pensar, por ejemplo, en su nacimiento o en su muerte; cuando se preguntan sobre los motivos de la existencia del mundo o de ellas mismas: el sentido de la vida.

La celebración pascual, con sus añadidos celebrativos entre nosotros, como la simpática fiesta del Lunes de Pascua, es una ocasión para que nos preguntemos cómo podríamos lograr que en nuestro corazón fuera Pascua todo el año. Podemos conseguirlo porque esta es la voluntad de Dios, que nos creó para que seamos felices incluso en la tribulación.

¡Felices Pascuas!

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