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Jaume Pujol Balcells

Jaume Pujol Balcells

17 de febrero de 2019

Este año me he propuesto tratar de vez en cuando temas relacionados con la Biblia, este conjunto de libros inspirados por Dios. Lo hago en la estela de las recomendaciones del Papa Francisco, de que cada familia debería tener una Biblia en casa y leerla.

El Concilio Vaticano II quiso que nos familiarizáramos con el uso del Antiguo y el Nuevo testamento. Dispuso que en la misa sus textos fueran recitados en la lengua vernácula y que tuvieran dignidad y espacio suficientes antes de entrar en el núcleo de la celebración eucarística.

La Biblia es el libro más importante de la historia, el más vendido (siguen editándose unos cien millones de ejemplares cada año), el más influyente en la cultura del mundo. Pero a la vez es un compendio de setenta y tres libros, algunos de pocas páginas: cuarenta y seis pertenecen al Antiguo Testamento y veintisiete al Nuevo, que comprende desde los cuatro Evangelios hasta el Apocalipsis.

Esta lista o canon de libros, escritos originariamente en hebrero, griego y arameo, fue configurada definitivamente en el siglo IV basándose en la tradición de los libros inspirados compartida en general por el judaísmo y el cristianismo.

Los católicos hemos de tener en gran estima a la Biblia, aunque no la consideremos la fuente única de la Revelación y pongamos en guardia a los lectores sobre una interpretación puramente personal y fuera de contexto de algunos párrafos. Sabemos que hay textos más literarios que históricos, pero a la vez no podemos caer en la tendencia a considerar la Biblia una colección de fábulas moralizantes.

Por todo ello es importante leer la Biblia, estudiarla a la luz de la interpretación de la Iglesia. San Agustín pidió: «Leed la Biblia para que no seáis ciegos que guían a otros ciegos; leedla porque en ella encontraréis todo lo que debéis practicar y todo lo que debéis evitar.»

Como una razón más para conocerla cabe añadir que está en la base de las mejores obras pictóricas de los diversos museos, y en el fondo de muchas obras de arquitectura, como tantas catedrales y santuarios de todo el mundo, o la Sagrada Familia de Gaudí, quien cada noche meditaba la Biblia para su inspiración de artista.

Debe leerse con devoción y cuidado. Tenemos en las manos textos sagrados; no abordarlos en su literalidad como si todo fuera científico, ni con las tijeras de podar para quedarnos solo con lo que nos gusta.

Y no me olvido de lo orgullosos que estamos los tarraconenses de contar con el Museo Bíblico, dirigido por el equipo del Dr. Andreu Muñoz, referencia a escala mundial entre estudiosos y divulgadores de la Biblia.

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