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Joan Planellas Barnosell

Joan Planellas Barnosell
8 de diciembre de 2019 
 

Un tiempo mariano por excelencia es el Adviento y la Navidad. Junto a Cristo, con toda la ternura, encontramos a su Madre, María. La Iglesia antigua ya expresaba el carácter mariano de la Navidad con esta pregunta admirativa: «¡Qué mejor fiesta de la Madre que el nacimiento del Hijo!» La Virgen vivió mejor que nadie la espera del Mesías, le dio a luz y lo presentó a los pastores y a los magos de Oriente.

La primera gran fiesta mariana que encontramos dentro del tiempo de Adviento es la Inmaculada Concepción, que celebramos hoy, día 8 de diciembre. Celebramos lo que San Pablo VI llamaba «la preparación radical» de María y el «sí» de Dios a la humanidad. Dios, «por su benévola decisión» (Ef 1), y preparando la llegada de su Hijo, «preservó la Virgen María de toda mácula de pecado original, a fin de preparar en ella, enriquecida con la plenitud de la gracia, una madre digna de su Hijo». Así lo afirma el Prefacio de la misa de hoy. Pero esta fiesta también puede verse como la fiesta de toda la Iglesia y, incluso, de la humanidad. Porque la plenitud de gracia de María es como el preludio de la plenitud de nuestra vida con Dios. «Por vuestra bendición es bendecida toda criatura», decía San Anselmo. María es como el símbolo y representación de toda la Iglesia. Por ello, en el clima del Adviento, esta fiesta nos llena de alegría y nos prepara también a nosotros a celebrar con plenitud la venida del Salvador.

Más adelante, a partir del día 17 de diciembre, se acentúa en la liturgia el recuerdo de la Virgen, que «esperó llena de amor» la venida de Jesús, como reza el segundo Prefacio de Adviento. Además, el cuarto domingo de Adviento es una verdadera fiesta mariana. Sus lecturas y oraciones son como un resumen del misterio de la Virgen en la inminencia de la Navidad.

Después, desde el 25 de diciembre, celebrando la manifestación de Cristo como Salvador, contemplamos también la proximidad de María: como madre que le dio a luz, como presentadora de su Hijo a los pastores y a los Magos, y como esposa y madre en la fiesta de la Sagrada Familia, el domingo después de Navidad.

Pero aún hay otra fiesta mariana. Es el primero de enero, en el que celebramos la solemnidad de Santa María, Madre de Dios. Celebrar la maternidad de María es celebrar lo más íntimo y característico de su personalidad en el interior del plan de Dios. Esta fiesta, la más antigua dedicada a la Virgen del calendario romano, ilumina los doce meses del año con su tono de esperanza y de paz. Recordando su maternidad, celebramos que por ella nos han venido todos los bienes de la salvación y, a partir de ese momento, empieza también a ser madre para todos nosotros. Porque María es Madre de Cristo y, al mismo tiempo, Madre de la Iglesia, como nos recordó el Concilio Vaticano II.

 
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