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Jaume Pujol Balcells

Jaume Pujol Balcells

12 de agosto de 2018

En la primera Carta de San Juan, el apóstol se dirige a los jóvenes con estas palabras: «Os he escrito a vosotros, jóvenes, porque sois fuertes y la palabra de Dios permanece en vosotros y habéis vencido al maligno». La virtud de la fortaleza es esencial para la vida cristiana ya desde la juventud. El cristiano se ve obligado con frecuencia a nadar contracorriente, y es precisamente el testimonio que ofrece el que mueve a otros a reflexionar.

Plutarco habla de un filósofo que se encontró con un joven que corría presuroso. «¿De quién huyes tan deprisa?» —le preguntó. «De un hombre que quiere arrastrarme al mal», contestó el joven. El filósofo replicó entonces: «Avergüénzate de que no sea él quien huya de ti».

La fortaleza no es solo una cualidad física, sino moral. Se sitúa tan lejos de la cobardía como de la temeridad. Es más bien la fuerza con la que defendemos nuestras convicciones, incluso en ambientes poco propicios o amenazantes.

Los mártires son la máxima expresión de esta virtud que es también un don. Por poner un caso, el de Tomás Moro, que prefirió la prisión y la cárcel antes de aceptar, como primer ministro del Rey, su ruptura con la Iglesia por no aprobar su conducta. Como tantos mártires del siglo XX, como los cientos beatificados en Tarragona por no renunciar a su religión.

Ordinariamente no nos será exigido el martirio, pero sí soportar los peligros o las consecuencias de la fidelidad a Jesucristo. Estoy pensando, cuando escribo esto, en los cristianos de algunos países, como Nigeria, que en determinadas zonas del país se juegan la vida por el simple hecho de asistir a la misa dominical. Pienso también en los médicos y enfermeras que rechazan participar en prácticas de aborto o, en algunos países, en prácticas de eutanasia. En bastantes partes del mundo el hecho de bautizarse o de ir a la Iglesia supone la pérdida del puesto de trabajo o la imposibilidad de ser promocionado.

En algunos momentos, personas bienintencionadas han sugerido que la manera de atraer jóvenes a la práctica religiosa pasa por bajar el listón, por ejemplo renunciando a la predicación de algunos sacramentos, a la indisolubilidad del matrimonio o autorizando prácticas anticonceptivas. La experiencia muestra otra cosa: donde se ha establecido la idea de un «cristianismo light», la práctica religiosa disminuye.

Las personas, sobre todo cuando son jóvenes, aprovechan las ofertas low cost para viajar o para comprar cosas, pero lo que les atrae del cristianismo, cuando lo conocen, es la persona de Jesucristo y la vida de quienes son consecuentes con sus creencias.

 

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