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Joan Planellas Barnosell

Joan Planellas Barnosell
16 de junio de 2019
 
La primera carta de San Juan afirma dos veces que Dios es Amor (cf. 1Jn 4,8.16). El autor de la carta explicita que este Espíritu que viene de Dios permite al creyente reconocer que en el Hijo de Dios que ha asumido nuestra carne, el amor de Dios se ha manifestado, se ha hecho visible. En este evento se nos revela el misterio del Dios trinitario. Por un amor gratuito absoluto, Dios Padre nos ha dado a su Hijo y ha derramado en nuestros corazones su Espíritu que nos hace hijos suyos.

«El amor de Dios se ha manifestado entre nosotros cuando envió al mundo a su Hijo Único, para que vivamos gracias a él» (1Jn 4,9). Por lo tanto, decir que «Dios es amor» no es tanto una definición abstracta como la narración de esta manifestación visible e histórica del Amor divino en nuestro mundo. En esto consiste de verdad el amor de Dios: en la encarnación y en la Pascua de Jesús. Como afirmaba el recordado profesor de teología Josep M. Rovira Belloso «el amor es el evento trinitario que comprende la donación del amor del Padre en el descenso y aniquilamiento de Jesús, es decir, en el nacimiento y en la cruz, de la que brota desbordando la vida del Espíritu».

Ante este amor libremente ofrecido, Dios espera de nosotros una respuesta de amor. No tanto porque Dios necesite de nosotros, para que nuestras oraciones «no añaden nada a su grandeza», pero «a nosotros nos hacen progresar hacia la santidad». El medio mejor que tenemos para responder a Dios y, al mismo tiempo, para unirnos a él, es la oración, el silencio, la contemplación. Una oración que luego debe dar obras de amor. San Juan María Vianney decía con mucha sencillez: «Orad y amad: mirad, en esto está la felicidad del hombre sobre la tierra.». Y luego, hablando de la oración como el medio para restar unido a Dios, añadía: «La oración no es otra cosa que la unión con Dios. En esta unión íntima, Dios y el alma son como dos piezas de cera fundidas conjuntamente, que ya nadie puede separar. Esta conjunción es una felicidad inimaginable.» Esta oración, bajo la acción del Espíritu Santo, nos permite experimentar el amor trinitario. Como afirma San Pablo, «la esperanza no engaña, porque Dios, dándonos el Espíritu Santo, ha derramado su amor en nuestros corazones» (Rm 5,5).

Precisamente hoy recordamos con afecto y admiración las mujeres y los hombres que han consagrado su vida a contemplar este misterio tan grande: son los monjes y monjas, todas las personas que en los diversos monasterios, contemplan Dios, experimentan su presencia y rezan por el mundo entero. Con mucho afecto saludo y me uno espiritualmente a todos los monasterios de nuestra querida archidiócesis de Tarragona. Sois vosotros las raíces silenciosas de la Iglesia tarraconense, gracias a las cuales llega a todo el pueblo santo de Dios la savia del Espíritu que vitaliza y rejuvenece nuestra acción y misión eclesiales.

¡Dios es Amor! Que podamos entender, desde la fe, y la estimación, el amor del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

 
 
 
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