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Mons. Jaume Pujol Balcells

Mons. Jaume Pujol Balcells

30 de julio de 2017

 

En estas fechas son muchas las personas que han hecho vacaciones, pero aún más los que están a punto de hacerlas. A ellas me dirijo, sin olvidar a quienes no pueden tomarlas porque no tienen medios económicos o porque no tienen trabajo, y quien no tiene trabajo no está de vacaciones todo el año, sino que se encuentra todo el año angustiado buscándolo.

Junto a mis deseos de que resulten días de verdadero descanso familiar, os invito a volver a la naturaleza, redescubrirla si la tenemos un poco olvidada, metidos como estamos en una vida que se desenvuelve sobre asfalto.

El Papa Francisco en su preciosa «encíclica ecológica», Laudato si’, afirma: «Quien ha crecido entre los montes, o de niño se sentaba junto al arroyo a beber, o quien jugaba en una plaza de su barrio, cuando vuelve a estos lugares se siente llamado a recuperar su propia identidad.»

Es una sensación común de quienes hemos nacido en un pueblo, una bella experiencia volver a parajes que nos traen recuerdos lejanos. Como también lo es descubrir otros nuevos, que para un cristiano tienen un atractivo especial pues —como dice la misma encíclica— «todo el universo material es un lenguaje del amor de Dios, de su desmesurado cariño hacia nosotros.»

Pensemos en algunos personajes que han disfrutado del contacto con la naturaleza. Verdaguer fue uno de ellos y su poesía está muy ligada a la belleza que observa. Gaudí tomó de la naturaleza la inspiración para su genio arquitectónico. Alguien a quien mostraba la fachada de la Navidad, exclamó: «¡Esto es un canto a la Naturaleza!». El maestro corrigió: «Sí, pero… llámela ¡Creación!»

Se me ocurre también la figura del beato Pere Tarrés, tan enamorado de los valles y las montañas, sobre todo las de Nuria y Montserrat, lugares en los que dejó huella enseñando a mucha gente a amar lo que consideraba un libro abierto del amor de Dios por sus criaturas. O la figura de San Juan Pablo II, desde su juventud hasta su ancianidad deseoso de hallar la paz en los parajes polacos primero y al final en los alpinos.

Cualquier lugar es bueno para elevar el corazón, también el mar para los amantes de los cruceros o de bañarse en las playas. El secreto de unas vacaciones cristianas está en salir de nosotros mismos para buscar la felicidad en familia o ayudando a otras personas para que disfruten de estas sensaciones que se nos ofrecen a la vista como verdaderos regalos.

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