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Jaume Pujol Balcells

Jaume Pujol Balcells

21 de octubre de 2018

El lema de este año para la jornada del Domund, que se celebra este domingo, parece un poco pretencioso o irreal: «Cambia el mundo».

¿Cómo cambiarlo? La historia ha visto pasar un sinfín de reyes y filósofos, de científicos y artistas, de diplomáticos y militares… y el mundo a veces ha ido mejor y otras ha ido peor. Considerado humanamente podríamos pensar que no tiene solución y que el anhelo de felicidad y paz que anida en todo corazón humano es solo un ideal inasequible.

El Papa Francisco, en su mensaje para esta jornada, da la clave: el mundo cambiará no por el esfuerzo en cambiar estructuras, sino por una renovación sincera de nuestro corazón. En este sentido escribe a los misioneros: «No tenemos un producto que vender (…), sino una vida que comunicar: Dios, su vida divina, su amor misericordioso, su santidad.»

Añade el Papa: «No se trata simplemente de replantear las motivaciones para mejorar lo que ya hacéis. La conversión misionera de la Iglesia requiere santidad personal y creatividad espiritual. Por lo tanto, no solo renovar lo viejo, sino permitir que el Espíritu Santo cree lo nuevo.»

Anastasio Gil, recientemente fallecido, que ha sido Director de las Obras Misionales Pontificias, recuerda en referencia a esto que hace un siglo Benedicto XV, en su carta apostólica Maximum illud, ya denunciaba la necesidad de cambiar los corazones para así cambiar el mundo. Es de donde parte también hoy Francisco, quien con frecuencia pregunta a un obispo de los que le visitan: «¿Cuántas horas al día reza usted?»

Esta anécdota entronca con otra de Santa Teresa de Calcuta. Un periodista que había pasado algunos días observando el trabajo de su institución, antes de despedirse tuvo ocasión de hablar con la fundadora y le dijo: «Es admirable lo que ustedes hacen, pero ¿por qué no recortan tanto tiempo de rezos ante la magnitud de la tarea que tienen entre manos?» La madre Teresa contestó: «Gracias por lo que dice de nuestra labor, pero usted no ha entendido nada.»

La tarea misionera no solo se realiza lejos de casa, donde nuestros misioneros hacen un trabajo tan admirable; también somos misión en nuestros hogares, con nuestras familias, en los ambientes de trabajo, en las parroquias y movimientos, entre los más pobres, compartiendo nuestros bienes con ellos a imitación de las primitivas comunidades cristianas.

Con este comportamiento, surgido de dentro, nacido del corazón, «por contagio», como dice el Papa, cambiaremos el mundo. Esta tarea no es hercúlea, sino posible, porque la santidad de vida no es propia de gimnastas espirituales capaces de ganar un campeonato, sino de todas las personas, ya que a todos nos ha llamado Dios para ser santos.

 

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