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Joan Josep Omella Omella

Joan Josep Omella Omella

12 de agosto de 2018

En pleno verano, el día 15 de agosto, se celebra la solemnidad de la Asunción de María, una fiesta profundamente arraigada en la tradición popular, día en que muchas poblaciones de Cataluña celebran su fiesta mayor.

María es el nombre de la Madre del Hijo de Dios. Es un nombre muy frecuente en nuestro país, como expresión de la devoción mariana y de las muchas ermitas que están dedicadas a la Virgen con diversas advocaciones. Antes de morir, Jesús, clavado en la cruz, nos regaló a todos a santa María como Madre.

La Asunción de María al cielo es un dogma que proclamó el papa Pío XII en 1950. Esta verdad de fe fue recogida por el Concilio Vaticano II, que expresa así la fe de la Iglesia: «La Virgen Inmaculada que había sido preservada de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida terrenal, fue llevada en cuerpo y alma hacia la gloria del cielo y exaltada por Dios en calidad de Reina del universo, para que tuviera una más plena semejanza con su Hijo, Señor de los Señores y vencedor del pecado y de la muerte.» (Lumen Gentium, 59)

La fiesta de la Asunción de Santa María proporciona a los cristianos una ocasión muy propicia para reflexionar sobre el futuro de nuestra existencia, en el más allá, en el cielo nuevo y la tierra nueva de que habla la revelación. Allí, después de la muerte y purificado de toda culpa, el hombre encontrará su glorificación definitiva en Dios.

María, con su amor materno, cuida de sus hijos, que todavía peregrinan y se hallan en peligros y angustias, hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada. La Madre de Jesús, glorificada en cuerpo y alma en el cielo, es una imagen y un comienzo de la Iglesia que ha de llegar a la plenitud en la gloria futura. Por eso, María es un signo de esperanza firme y de consuelo para el pueblo de Dios en marcha, hasta que llegue el día del Señor.

El Catecismo de la Iglesia Católica expone todo esto bellamente con estas palabras: «La Santísima Virgen María, terminado el curso de su vida terrenal, fue llevada a la gloria del cielo en cuerpo y alma. Allí ya participa en la gloria de la Resurrección de su Hijo, anticipando la resurrección de todos los miembros de su cuerpo.» (Cf. CEC, 966)

Queridos hermanos, Dios nos espera y en Él encontraremos la bondad de la Madre, a nuestros familiares y amigos, el amor eterno, la vida eterna y plena. Dios nos espera: esta es nuestra alegría y la gran esperanza que nace justamente de esta fiesta. María, ya ascendida al cielo, se ha adelantado a todos nosotros, pero no nos deja huérfanos sino que vela por todos y por cada uno de nosotros.

 

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