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Joan Josep Omella Omella

Joan Josep Omella Omella

9 de diciembre de 2018

Europa, y en particular nuestro país, está pasando momentos de crisis política y social que son, en parte, consecuencia de la severa crisis financiera y económica global que comenzó en el año 2007. Ante esta situación, hemos querido encontrar un culpable externo y, poco a poco, nos hemos encerrado en nosotros mismos. No podemos perder la esperanza. Cualquier crisis, una vez descubierta y aceptada, es una gran oportunidad de ponernos todos de acuerdo en lo que es verdaderamente fundamental.

Es el momento de recuperar el sentido más auténtico de la política. El Concilio Vaticano II nos recuerda que la política es un instrumento decisivo al servicio de la persona, de la comunidad y de la convivencia social, que busca siempre el bien común de los ciudadanos (cf. GS 74).

Jacques Maritain (uno de los redactores de la Declaración Universal de los Derechos Humanos) nos recuerda que la política no es la reunión de los iguales, sino la convivencia y la comprensión entre personas diferentes. Él desarrolla una teoría de la cooperación para mostrar cómo las personas de diferentes posiciones intelectuales pueden alcanzar objetivos comunes.

La diferencia no debe ser fuente de discordia, sino de enriquecimiento mutuo y cooperación. Lo que nos une es mucho más de lo que nos separa. Debemos recuperar el gran valor de la fraternidad. En este sentido, Chiara Lubich, la fundadora del movimiento de los Focolares, decía: «Después de la revolución francesa, y hasta nuestros días, la libertad y la igualdad se han ido desarrollando como verdaderas categorías políticas, lo que no sucedió [...] con la fraternidad. Sólo las tres juntas podrían dar como resultado una política que respondiera a los problemas de hoy».

La democracia es el mejor de los sistemas posibles, siempre que nuestros representantes políticos busquen ante todo el bien común. El problema surge cuando, en lugar de ser un instrumento al ser vicio de la sociedad, se transforma en una plataforma para acceder al poder, enriquecerse y poder dominar.

Los populismos buscan romper este statu quo y fomentan un clima de polarización y confrontación, que podría interpretarse como una especie de revolución encubierta. El mejor antídoto es volver a la política de verdad, la que busca, por encima de todo, el bien de los ciudadanos. Hay que resolver los problemas evitando la vía del enfrentamiento y sin ceder a la tentación de soluciones mágicas a problemas complejos.

Finalmente, os invito a meditar unas palabras del papa Francisco: «La varita mágica no funciona en política. Un realismo saludable sabe que incluso la mejor clase dirigente no puede resolver todos los problemas en un instante. [...] [Evitemos] las críticas [que] no son constructivas. Si el político se equivoca, díselo, hay tantas formas de decírselo: [...] pero decirlo constructivamente. Y no mirar desde el balcón esperando a que fracase. No, así no se construye la civilización.» (Discurso del Santo Padre en su visita pastoral a Cesena, 1 de octubre de 2017).

Oremos por nuestros políticos y gobernantes a fin de que sean coherentes con su voluntad de ser vir a todos, especialmente, los más vulnerables y necesitados.

 

 

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