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Mons. Enric Benavent Vidal

Mons. Enric Benavent Vidal

30 de julio de 2017

Durante el verano somos muchos los que podemos gozar de un merecido descanso después de las ocupaciones del curso que ha terminado. Es bueno recordar que el creyente está llamado a vivir cristianamente tanto su trabajo como su tiempo de descanso. En estas últimas palabras del curso, me permito ofreceros algunas sugerencias para que este tiempo nos ayude a reemprender el trabajo del próximo curso con ánimo alegre y confiado.

En primer lugar os invito a no olvidar a aquellas personas que no pueden disfrutar de un tiempo de vacaciones, bien porque no tienen trabajo o porque durante estas semanas trabajan para que otros puedan descansar. La Iglesia enseña que, tanto el derecho a un trabajo digno como el derecho al descanso, son necesarios para que el ser humano pueda vivir y desarrollarse como persona. Sabemos que actualmente no todos pueden ejercer plenamente estos derechos: muchos porque no encuentran trabajo y otros porque tienen unas condiciones laborales tan precarias que no le es reconocido el derecho al descanso. A pesar de esta situación, que todos lleguen a tener un trabajo que les permita vivir dignamente y en condiciones humanas ha de ser un objetivo de todo ordenamiento social y económico. Quienes crean y ofrecen a otras personas un puesto de trabajo tienen el deber moral de procurar que todos los trabajadores puedan gozar de este derecho.

Para aquellos que pueden determinar por ellos mismos el ritmo de su trabajo, el descanso es una obligación moral que nos libera de la tentación de la idolatría del dinero, de la eficacia como valor absoluto en la vida y de la esclavitud a un ritmo de actividad que nos deshumaniza, porque nos lleva a olvidar el deber de ofrecer a Dios el culto debido y de prestar atención a las otras personas. La Palabra de Dios, desde las primeras páginas de la Biblia, nos ha inculcado la obligación del descanso semanal, y Jesucristo enseñó que el sábado había sido creado para el hombre. El descanso dominical y el tiempo de vacaciones nos debe llevar a valorar las cosas según su justa medida.

Las vacaciones no pueden convertirse en un paréntesis en el esfuerzo por vivir aquellos valores que nos ayudan en nuestro crecimiento personal. Hay quienes las viven como un momento de excesos que no son positivos para la persona. Al cristiano los periodos de descanso deben ayudarle a crecer en su propia santificación. Además de liberarnos de las obligaciones cotidianas, debemos dedicar especial atención a la familia y amigos, así como a los más necesitados, a los enfermos, etc… Poder disponer de más tiempo libre nos permite tener espacios para la reflexión, el silencio, el estudio y todo aquello que pueda favorecer el crecimiento de la vida interior y cristiana, como el desfrute de la naturaleza y de todas las cosas buenas que el Señor nos regala cada día.

Que en todo sepamos descubrir los signos de su amor. Buenas vacaciones a todos y hasta el mes de septiembre.

 

 

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