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Enric Benavent Vidal

Enric Benavent Vidal

21 de abril de 2019

Después de la muerte del Señor, los discípulos vivían una situación de desconcierto. Seguramente no entendían cómo Dios había abandonado a Jesús. Él había pasado por el mundo haciendo el bien, había sido fiel a la voluntad del Padre. ¿Cómo era posible que Dios lo dejara morir en manos de unas autoridades que habían actuado con mentiras y por envidia? El final de Jesús no suponía para los discípulos únicamente desilusión o desengaño en Aquel en quien habían puesto sus esperanzas y por quien lo habían dejado todo. Era algo más profundo: lo que se cuestionaban era la misma fe en Dios. ¿Qué Dios es este que en el momento de la prueba, en lugar de proteger al justo lo abandona en manos de los malhechores? Los discípulos no solo necesitaban recuperar una ilusión humana, tenían que ser conducidos a la fe en el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo.

En el fondo, la prueba de la fe que tuvieron que vivir los discípulos es la de todos los tiempos: el sufrimiento de los justos, el éxito del impío, la prepotencia del mal, la muerte de los inocentes, la fuerza de la injusticia… Tantas cosas que tuvo que sufrir el Señor y que hoy continúan estando presentes en nuestro mundo. Los discípulos estarían convencidos de que la Cruz era la última palabra sobre Jesús. Hoy también muchos pueden pensar que el mal tiene la última palabra, que estamos viviendo en un mundo sin remedio. Si así fuera, no tendríamos esperanza.

En Pascua se nos anuncia que Dios resucitó a Jesús al tercer día y, al actuar así, demuestra que no lo había dejado en poder de la muerte y que le había dado la razón frente a quienes lo condenaron. Después de la resurrección los discípulos no tenían motivos únicamente para creer en Jesús: es su fe en Dios la que se había visto reforzada. Por eso su testimonio no dice únicamente que Cristo ha resucitado, sino que Dios lo ha resucitado. La resurrección de Cristo es la confirmación de nuestra fe en Dios.

Este anuncio es el que puede iluminar nuestro mundo, porque nos dice que la palabra definitiva no la tiene la muerte, sino la vida; que la prepotencia del mal ha sido vencida por el amor; que aunque la injusticia parece que tantas veces puede vencer, las causas justas siempre acaban venciendo; que vivir amando y haciendo el bien no es una opción ilusoria, sino la de aquellos que saben dónde está la auténtica vida; que trabajar por la paz y la justicia es lo que nos hace seguir el camino de Jesús, que es camino de vida.

La luz de Pascua es la verdad sobre Dios y también sobre el mundo. La gran prueba de la fe ha quedado clarificada; el éxito de los injustos es aparente; la victoria del mal no es definitiva; la mirada verdadera de la historia es la que nos da el mensaje de la resurrección de Cristo. Esto no quiere decir que la lucha se haya acabado. Jesús dijo a sus discípulos antes de la muerte: “en el mundo tendréis luchas; pero tened valor; yo he vencido el mundo” (Jn 16, 33). La celebración de la Pascua no nos evita las luchas. Al contrario, para los apóstoles fue el comienzo del testimonio que los llevaría a dar la vida por el Señor. Pero la Pascua nos libera del miedo para seguir luchando. Y en esa libertad podemos seguir trabajando por el Reino de Dios. Pascua es un mensaje de alegría y de esperanza, porque nos da la seguridad en la victoria definitiva de la voluntad del Padre y de su designio de salvación.

Que este mensaje ilumine nuestra vida en todo momento.

Feliz Pascua de resurrección.

 

 

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