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Enric Benavent Vidal

Enric Benavent Vidal

9 de diciembre de 2018

Hace unos días hemos iniciado el Adviento. La Iglesia se sitúa en actitud de espera y acogida del Mesías que viene a salvarnos. En este camino que nos conduce a la Navidad, la celebración de la solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen nos invita a dirigir nuestra mirada a la Madre del Señor. A todos nosotros, que estamos sometidos a un ritmo de vida acelerado, con tantas cosas y tan urgentes que difícilmente podemos prestar atención a las cosas de Dios, María, que tuvo siempre su corazón centrado en Él, nos enseña a estar atentos a los signos de su presencia en el mundo. En este tiempo de Adviento Ella es para todos nosotros un modelo que nos ayuda a no dejarnos arrastrar por un estilo de vida que nos cierra el corazón a Dios.

Esta actitud la llevó a una disponibilidad total a la voluntad de Dios y a una obediencia sin reservas. Por ello, cuando le pidió que colaborara en la obra de la Redención de la humanidad, obedeció desde la fe. Estamos ante una entrega libre de toda ambigüedad. Ella no se ha reservado nada para sí misma. Su obediencia ha sido un con todas las consecuencias. En ningún momento dudó de que esa opción era la mejor que hubiera podido hacer; jamás pensó que otra posible decisión habría sido mejor. Una vez le dijo al Señor: “Hágase en mí según tu palabra”, ya nunca miró hacia atrás: confiando en Dios se puso en sus manos mirando siempre hacia el futuro. Contemplando a la Madre del Señor en este tiempo de Adviento, descubrimos que nuestra generosidad para con Dios es pobre y llena de ambigüedades.

El hecho de que Ella haya dado un del que ya no se vuelve atrás, no significa que todo esté predeterminado. María pertenece a nuestro linaje necesitado de redención. Por ello, aunque no conoció el pecado, experimentó momentos de dificultad y pasó por la prueba del dolor. De hecho, cuando contemplamos su camino de fe descubrimos que tuvo que sufrir situaciones de las más duras que una persona puede sufrir durante su vida. Su la llevó a un auténtico abandono en las manos del Padre. Su camino de fe se convirtió en un camino de obediencia. La plenitud de la gracia de Dios la hizo capaz de vivir y sufrir, incluso los momentos de mayor oscuridad, al margen de todo pecado. En este tiempo de Adviento, la Madre del Señor nos enseña que la fuerza de la gracia nos ayuda a mantener la esperanza incluso en los momentos de más dificultad que se nos puedan presentar.

La plenitud de la gracia fructificó en María en una vida cristiana plenamente vivida. Cuando contemplamos su camino de fe, descubrimos una humildad tan grande que podemos pensar que en Ella no destaca nada. Este aparente “no destacar nada” no significa mediocridad, sino la armonía con la que supo integrar todas las dimensiones del Evangelio en su propia vida. En realidad este “no destacar nada” significa que destaca la totalidad del Evangelio vivido con una plenitud y perfección absolutas. Por ello la devoción a la Virgen es fecunda en frutos de santidad para toda la Iglesia.

Que Madre del Señor nos acompañe en el camino hacia la Navidad.

 

 

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