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Mons. Enric Benavent Vidal

Mons. Enric Benavent Vidal

10 de diciembre de 2017

Estos días todo nos habla de la cercanía de la Navidad. El ambiente de las calles de nuestros pueblos y ciudades, los planes que las familias se hacen para poder encontrarse durante estas fiestas, los preparativos para las celebraciones familiares… todo nos invita a sumergirnos en un ritmo que tiene algo de especial y que hace que estas fechas sean diferentes al resto del año.

En algunas circunstancias de la vida las personas, casi sin darnos cuenta, caemos muy fácilmente en una tentación: cuando nos preparamos para un acontecimiento importante, nos preocupamos tanto de los preparativos de la celebración, que llegamos a ella cansados y con ganas de que termine todo. La excesiva preocupación en preparar las cosas nos puede impedir disfrutar de lo que realmente debería ser fundamental. La obsesión por los medios nos puede llevar a olvidar que lo esencial es el fin. Las celebraciones se disfrutan más cuando más sencilla es la preparación. Con las fiestas de Navidad ocurre esto cada vez con más frecuencia: muchos llegan a ellas cansados y con ganas de que pasen cuanto antes. Una preparación incorrecta puede desfigurar la celebración.

Ciertamente hemos de reconocer que no es fácil aislarse de este ambiente, pero los cristianos no deberíamos dejarnos arrastrar por él. Sin alejarnos del mundo concreto en el que vivimos, hemos de intentar buscar espacios para no ser engullidos por las cosas, tanto en estos días que preceden a la Navidad como en los que la liturgia de la Iglesia nos ayuda a entrar en el misterio del Nacimiento del Señor. Para ayudarles a vivir las fiestas con ojos de fe me permito ofrecerles unas sugerencias concretas.

En primer lugar me gustaría animarles a que durante el tiempo de adviento avivemos cada día en nosotros, escuchando y meditando la Palabra de Dios, el deseo de que el Señor entre en el corazón de los hombres. Si contemplamos la realidad que nos rodea, ciertamente vemos muchos signos de la presencia de Cristo en tantos hombres y mujeres que son un testimonio de amor, de perdón y de paz. Pero también descubrimos que Cristo es para muchos alguien totalmente desconocido, y que su mensaje de misericordia y de reconciliación no acaba de ser realidad en nuestro mundo. Que el Aviento sea un tiempo para crecer en el deseo de que la presencia del Señor sea más intensa en la humanidad.

No olvidemos tampoco que las personas son más importantes que las cosas, y eso tanto en nuestra relación con el Señor como con los demás. En Navidad celebramos que el Hijo de Dios vino al mundo para hacerse hermano de todos los hombres. Para acoger a Cristo, lo importante no es que preparemos muchas cosas, sino que nos preparemos nosotros. Y para encontrarnos con nuestros familiares y amigos, lo realmente bonito sería que nos preparásemos poniendo unión donde haya divisiones y perdón donde haya habido ofensas.

Con mi bendición y afecto.

 

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