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Mons. Enric Benavent Vidal

Mons. Enric Benavent Vidal

25 de junio de 2017

El día 29 de junio celebramos la solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo. Para los católicos esta fiesta tiene un significado especial, porque la referencia al ministerio apostólico es uno de los elementos característicos de nuestra manera de entender la Iglesia y de vivir en ella.

En este momento, para gran parte de nuestra sociedad la idea de Iglesia se ha vuelto extraña. Muchos la ven como una institución lejana, en su conciencia se ha instalado un sentimiento de desconfianza hacia ella y la miran con ojos de sospecha. Los pastores somos conscientes de que nuestras enseñanzas, que en otras épocas eran recibidas sin discusión, actualmente no gozan en principio de una acogida favorable, por lo que constantemente nos tenemos que justificar ante la sociedad. Estos sentimientos los viven también muchos cristianos.

Hay un segundo rasgo que caracteriza la vivencia de la fe en el momento actual. En otras épocas la fortaleza institucional de la Iglesia le confería prestigio ante nuestro mundo. Para los católicos era también un motivo de orgullo. Esta solidez favorecía la evangelización, porque era valorada positivamente dentro y fuera de ella. Hoy estamos ante una sensibilidad distinta: se valora la sencillez, la cercanía, la espontaneidad, la familiaridad o el sentimiento a la hora de vivir la fe. A veces tengo la sensación de que una fortaleza institucional es hoy más una dificultad que una ventaja para la evangelización. Muchos cristianos se sienten cómodos en su grupo, comunidad y parroquia, pero la idea de Iglesia les resulta extraña.

La celebración de esta fiesta es un momento para reforzar nuestro sentido de pertenencia a la única Iglesia fundada por Cristo, quien confió a Pedro la misión de apacentar sus ovejas y de confirmar a sus hermanos en la fe, dándole la autoridad para realizarla. Es la misma Iglesia que se edificó sobre el ministerio de los apóstoles que fueron por todo el mundo anunciando el evangelio del Reino e invitando a todos a creer en Cristo, hasta dar la vida por Él. Esta Iglesia hoy se mantiene unida gracias al ministerio de los obispos en comunión con el Papa, que es el sucesor de Pedro y el principio de la unidad del Pueblo de Dios.

La memoria del martirio de estos dos amigos del Señor, a quienes honramos el mismo día y con idéntica veneración, debe fortalecer nuestra comunión con el Papa y con nuestros obispos. Reconociendo que todos somos seres humanos envueltos en debilidad y que nos podemos equivocar, no se entiende que un católico confíe más en ideologías ajenas o contrarias a la fe cristiana que en las enseñanzas de sus pastores, que deben ser recibidas con actitud de confianza como criterio seguro desde el que orientar la vida cristiana.

Por otra parte, no podemos quedarnos encerrados en nuestra pequeña comunidad. La Iglesia no es una agrupación de grupitos con espíritu sectario. Para un católico lo decisivo no es su grupo sino la Iglesia, y pertenecer a ella, a pesar de las debilidades de todos sus miembros, es un honor porque es una gracia de Dios: de la Iglesia hemos recibido la fe y recibimos cada día la gracia que nos santifica.

Orad por el Papa y por los obispos. La oración de la comunidad nos sostiene en nuestro ministerio.

 

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