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Enric Benavent Vidal

Enric Benavent Vidal

29 de julio de 2018

Hace unos días hemos celebrado la memoria de los santos Joaquín y Ana. Aunque no se mencionan en los evangelios canónicos, una antigua tradición, atestiguada en escritos que según algunos estudiosos habría que datar en el siglo II en su redacción más antigua, serían los padres de la Virgen María. Su culto se difundió desde tiempo muy antiguo en las iglesias de Oriente y fue extendiéndose a toda la Iglesia universal. Según estas fuentes, Joaquín y Ana eran un matrimonio piadoso que no habían sido bendecidos con descendencia, lo que era para ellos una fuente de sufrimiento. A pesar de ello, no dejan de confiar en Dios, a quien sirven con oraciones y ayunos. Dios escucha sus plegarias y los bendice con una niña que estaba predestinada a ser la Madre del Señor.

En el trasfondo de esta tradición hay una teología de una gran profundidad. En san Joaquín confluyen todos los hombres justos del Antiguo Testamento que, al igual que Abraham, se han fiado de Dios en medio de las pruebas y han sido bendecidos; i en Ana las mujeres estériles que también se han visto agraciadas por el Señor (Sara, Ana «la madre del profeta Samuel», Isabel «la madre de Juan Bautista»). Todos ellos son el verdadero Israel, el pueblo de los creyentes del cual tenía que nacer el Señor, el Hijo de la Hija de Sion. Cristo tenía que ser acogido por el pueblo creyente, que le tenía que acompañar en su crecimiento humano durante los primeros años de  su vida.

La gloria de estos santos no es conocida por su fama ni por unas acciones de las que queda memoria en los libros de historia de la humanidad. En un sermón de San Juan Damasceno en la fiesta del nacimiento de la Virgen María, encontramos la siguiente afirmación: “¡Oh bienaventurados esposos Joaquín y Ana! Sois conocidos por el fruto de vuestro vientre, tal como dice el Señor: Por sus frutos los conoceréis. Vosotros os esforzasteis en vivir siempre de una manera agradable a Dios y digna de aquella que tuvo en vosotros su origen”. Por la santidad de María intuimos la de sus padres, que crearon en el hogar familiar el ambiente de fe, de atención y disponibilidad hacia las cosas de Dios, que María, dócil a la gracia del Señor, vivió de una manera plena.

El testimonio de estos santos encierra un mensaje también para la Iglesia y las familias cristianas en este momento, en el que experimentamos dificultades en la transmisión de la fe. Hoy tenemos la sensación de estar viviendo rupturas intergeneracionales en la vivencia de la fe. Para muchos niños y jóvenes que están en la época en la que deberían ser iniciados en la fe cristiana, los padres ya no son un punto de referencia, porque como consecuencia del ambiente de secularización en muchos hogares se vive una profunda desafección hacia lo cristiano. En muchas familias son los abuelos quienes conservan la tradición viva de la fe, quienes enseñan las primeras oraciones a los nietos y les inician en ella. Dada la importancia que actualmente tiene la relación de los abuelos con los nietos para su educación, ya que por las exigencias del trabajo de los padres la relación entre ellos es más frecuente, este testimonio, aunque nunca podrá substituir de los padres, es muy importante para la transmisión de la fe.

Que San Joaquín y Santa Ana bendigan a todos los abuelos que con vuestro testimonio os esforzáis por iniciar a los nietos en la fe. Os deseo un provechoso tiempo de vacaciones.

Con mi bendición y afecto.

 

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