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Enric Benavent Vidal

Enric Benavent Vidal

16 de junio de 2019

El domingo posterior a Pentecostés celebramos la solemnidad de la Santísima Trinidad. Después de haber revivido los momentos más importantes del misterio de nuestra salvación realizada en Cristo (Encarnación, nacimiento, muerte, resurrección, ascensión al cielo y envío del Espíritu en Pentecostés), la Iglesia nos invita a que nos dirijamos a Dios en actitud de reconocimiento, gratitud, alabanza y adoración. Estos sentimientos los expresamos también en la liturgia de las fiestas y solemnidades cuando al cantar o recitar el himno Gloria a Dios en el cielo decimos: “Por tu inmensa gloria te alabamos, te bendecimos, te adoramos, te glorificamos, te damos gracias”. Y en cada Eucaristía el celebrante nos recuerda que “nuestro deber y nuestra salvación” consiste en dar gracias a Dios “siempre y en todo lugar”.

En los acontecimientos de la vida del Señor se nos ha revelado el amor de Dios a la humanidad, un amor que le lleva a desear que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Para buscar al hombre, que por el pecado vivía en un estado de lejanía y enemistad, Dios no se ha dejado arrastrar por la ira o el deseo de castigo. Al contrario, su obrar se rige por la ley de la gracia: cuanto más se alejaba el hombre de Él, más interés tenía en mostrarle con claridad su amor. Por eso envió a su Hijo al mundo y lo entregó a la muerte por nosotros.

La finalidad de toda esta historia de gracia y de amor es hacernos hijos suyos y establecer una alianza de amistad con cada uno de nosotros. Dios no quiere que su amor quede fuera de nosotros, sino que lo experimentemos y sea la luz que ilumine nuestra vida, tanto en los momentos de alegría como en las dificultades. Para ello ha derramado el Espíritu Santo en nuestros corazones sellando así una alianza de amistad personal.

El primer efecto que el Espíritu realiza en aquel en quien habita es despertar en su interior el amor a Dios. Ese amor se expresa en primer lugar en la oración, especialmente cuando rezamos empleando la plegaria que Jesús nos enseñó. Recitar el Padrenuestro no puede ser nunca algo rutinario, porque es un acto de amor a Dios donde le manifestamos nuestro deseo de que “su” nombre sea glorificado, que “su” reino llegue a ser realidad y que se realice “su” voluntad en el cielo y en la tierra. Es la oración que brota de un corazón que reconoce y agradece los dones que ha recibido de Él.

Por la oración nos adentramos en el corazón mismo de Dios, nuestra amistad con Él se hace más fuerte y nuestro corazón se ensancha y se hace capaz de amar a todos los seres humanos como hermanos nuestros, porque también nosotros queremos que se salven y lleguen a poseer la vida eterna, que consiste en que conozcan al Padre y a su enviado Jesucristo. Por este motivo hoy celebramos también la jornada de la vida contemplativa. Los monjes y monjas nos recuerdan nuestro deber de gratitud y de adoración, y nos enseñan que el amor más verdadero que podemos sentir hacia la humanidad es desear la salvación de todos y orar para que se haga realidad.

Con mi bendición y afecto.

 

 

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