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Enric Benavent Vidal

Enric Benavent Vidal

8 de diciembre de 2019

En el clima espiritual del Adviento celebramos este domingo la solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. La liturgia de esta fiesta nos ayuda a descubrir el papel de la Madre del Señor en la historia de la salvación y a prepararnos mejor para la celebración de la Navidad.

El plan que Dios ha pensado desde toda la eternidad para la humanidad nace de un amor incondicional al ser humano. La creación del hombre es el primer momento de una historia de gracia. El destino que Dios había proyectado para nosotros no es otro que hacernos hijos suyos por Jesucristo. Desde la eternidad nos ha elegido y nos ha destinado a ser partícipes del mismo amor con que ama a su propio Hijo. Para que la humanidad pudiera llegar a este destino de felicidad, desde el comienzo de la historia hemos sido enriquecidos con los dones de la gracia.

La respuesta que seguramente Dios esperaría de su criatura es que reconociera, agradeciera y alabara “la gloria de su gracia que tan generosamente nos ha concedido en el Amado” (1, 6). Sin embargo, de una manera incomprensible, el ser humano cedió a la tentación de la desconfianza: desconfió de su Creador, sospechó de sus intenciones llegando a pensar que no era posible un amor gratuito tan grande y generoso. Lo que por parte de Dios es una historia de gracia por parte de la humanidad es una historia de pecado, una realidad que reaparece constantemente cuando desconfiamos de Él; cuando dudamos de sus intenciones, de la verdad de su palabra o de su amor hacia nosotros; cuando pensamos que no nos ama como un padre sino que nos quiere sometidos a Él como si fuéramos sus esclavos y cuando, arrastrados por la desconfianza, le desobedecemos.

El pecado no ha llevado a Dios a dejar de amarnos, sino que ha sido una ocasión para demostrarnos con más claridad su amor. Él ha continuado buscando caminos para que su designio de amor llegue a realizarse en toda la humanidad. Y es aquí cuando aparece la Madre del Señor: Dios, con la fuerza creadora de su gracia ha hecho posible que de esta humanidad sugiera una criatura que le diera una respuesta nueva. Esa criatura, que es la primera de una humanidad renovada por la gracia de Dios, es la Virgen María.

En contraste con la desobediencia de Adán y Eva, María se fio de Dios, estuvo atenta a su Palabra, en ningún momento dudó de sus intenciones, creyó en la verdad de las palabras del ángel y respondió con una plena obediencia de fe. La desconfianza, la duda y la desobediencia que conducen al pecado han sido superadas por la fe de María. De este modo, si la humanidad en sus comienzos había iniciado un camino de alejamiento de Dios, con María reemprende el retorno. En Ella se ha producido un cambio de orientación, un regreso hacia la casa del Padre. Y esto es precisamente lo que el Adviento quiere que vivamos cada uno de nosotros: que libres de la desconfianza que nos lleva al pecado, nos orientemos de nuevo hacia el Señor que viene a salvarnos.

 

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