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Enric Benavent Vidal

Enric Benavent Vidal

21 de octubre de 2018

 

El pasado 14 de octubre se celebró la canonización de seis nuevos santos, entre los que destacan dos por la repercusión universal que han tenido para la Iglesia: el papa Pablo VI, que concluyó el Concilio Vaticano II, y Óscar Romero, arzobispo de San Salvador asesinado mientras celebraba la Eucaristía el día 24 de marzo de 1980 por defender la verdad y la justicia. Recuerdo perfectamente el impacto que nos produjo a los alumnos del seminario de Valencia, donde yo estudiaba en ese momento, la noticia de su asesinato. Sobre el papa Pablo VI escribí cuando fue beatificado.

Hoy os quiero presentar brevemente la figura de Mons. Óscar Romero, que sin duda es uno de los grandes santos del siglo XX. El papa san Juan Pablo II visitó su sepultura en el primer viaje que hizo a El Salvador, y en la celebración dedicada a los testigos de la fe del siglo XX durante el jubileo del año 2000 incluyó su nombre en la oración final, modificando de este modo el texto que se había preparado y en el que no era mencionado. El papa Benedicto XVI, el nueve de mayo de 2007 respondió a la pregunta de un periodista sobre la canonización de monseñor Romero afirmando: “Monseñor Romero ha sido ciertamente un gran testigo de la fe, un hombre de gran fortaleza cristiana, que se comprometió por la paz y contra la dictadura y que fue asesinado durante la celebración de la misa. Estamos ante una muerte verdaderamente creíble de testimonio de fe”. Con el pontificado del papa Francisco, la causa de canonización ha llegado a su término y la Iglesia tiene un nuevo modelo de santidad y un intercesor ante Dios.

En el conflicto civil que vivió su país en aquel momento, se mostró como un pastor padre de los pobres que, por fidelidad al evangelio, denunció valientemente en sus homilías los abusos de los poderosos y defendió los derechos de los más débiles, que eran gravemente violados. Estaba convencido de que, aunque sus palabras podían ser instrumentalizadas políticamente y sería acusado de comunista y revolucionario, su silencio contribuía a que se agravara la falta de respeto a los derechos humanos en El Salvador, y que la violencia institucional y de los grupos paramilitares se recrudeciera. Para muchos su palabra era la única voz que les quedaba. Por fidelidad al Evangelio y a su misión de pastor del Pueblo de Dios decidió no callar. Consideraba que si lo hacía se convertía en cómplice de las injusticias que se cometían en su país. Mantuvo su opción hasta el final siendo plenamente consciente de que su vida estaba en peligro. De hecho, pocos días antes de su muerte habían intentado atentar contra él colocando un artefacto explosivo donde tenía que celebrar la Eucaristía.

Su testimonio nos recuerda a los pastores de la Iglesia que estar atentos a los problemas de los más necesitados y defender a los más débiles forma parte de nuestra misión, si de verdad queremos llevar a la práctica el mandamiento del amor al prójimo. Y a todos nos recuerda que el verdadero cristiano es el que llega hasta las últimas consecuencias en sus compromisos y no se deja vencer por el miedo. Es lo que han vivido los mártires de todos los tiempos.

Con mi bendición y afecto.

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