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Mons. Francesc Pardo Artigas

Mons. Francesc Pardo Artigas

21 de mayo de 2017

Este domingo, quienes participamos de la Eucaristía escucharemos una invitación del apóstol san Pedro a “estar dispuestos siempre para dar explicación a todo el que os pida una razón para vuestra esperanza, pero con delicadeza y con respeto”. Ofrezco algunos pensamientos en relación a esta invitación.

- Es necesario remarcar el esfuerzo que realizan los sacerdotes, diáconos, laicos en misión pastoral y catequistas para dar razón de nuestra fe.

- Es necesario agradecer a los escritores, periodistas, directores de cine, músicos, pintores y escultores… quienes a través de sus intervenciones orales, escritas y obras artísticas, de diversas formas muestran la fe y la esperanza cristianas.

- Al mismo tiempo, debemos constatar que son muy pocos los “considerados pensadores” que des de los medios de comunicación dan razón de la fe, sobretodo afrontando la reflexión en temas polémicos y controvertidos. Por ejemplo, el catolicismo francés, con muchas raíces culturales, se muestra mejor dispuesto a intervenir en debates sobre cuestiones actuales para afrontarlas desde la propuesta cristiana.

- También, es bueno reconocer un cierto déficit en la formación cristiana de muchos cristianos, déficit que los bloquean cuando han de responder a preguntas y cuestiones que familiares, amigos o compañeros les presentan. Mantienen la fe con una gran fidelidad en el ámbito personal, pero sin atreverse a dar respuestas.

- Lamentablemente se considera que es misión tan solo de los obispos, sacerdotes, diáconos y de toda persona preparada dar razón de la fe, pero no de cualquier creyente en la medida de sus posibilidades. Esto vale para los padres respecto de los hijos, de los abuelos para con los nietos, para los “profes” respecto de sus alumnos —siempre desde la prudencia, ciertamente—, de los trabajadores para con sus compañeros, entre los amigos. Diferentes persones de forma sincera me han comentado en diversas ocasiones: “En Cataluña parecéis la Iglesia del silencio”.

Puede que por ello estos días he recordado a un gran defensor del cristianismo del siglo II, nacido en la actual ciudad palestina de Nablus, a 73 kilómetros de Jerusalén: Justino. En aquel momento, Nablus era una pequeña ciudad romana denominada Flava Neápolis. He pensado en ello porque en esa ciudad se halla el pozo donde Jesús se encontró con la samaritana.

Justino se declara filósofo, amante del saber. En su juventud buscó apasionadamente la verdad, que no encontró en las diversas escuelas y tendencias filosóficas.

Cuando tenía 30 años presenció el martirio de cristianos y quedó impresionado de su fortaleza y convicción. Estos hechos provocaron que leyera los escritos sagrados de los cristianos con la ayuda de algún catequista de la comunidad de Éfeso. Se convirtió, fue bautizado, se instaló en Roma y fundó una escuela para enseñar la que consideraba la verdadera filosofía: “La filosofía cristiana”.

Escribió una “Apología del cristianismo” para dar a conocer la vida y celebraciones de los cristianos y para reflexionar sobre el cristianismo y la razón (la filosofía). El escrito está dirigido al emperador, a sus hijos, al senado y al pueblo romano. Pide que se juzgue a los cristianos solo después de escucharles, porque son una comunidad pacífica, razonable y beneficiosa para todos. Su argumentación se basa en el carácter razonable de la vida y la fe cristianas.

Se trata de un esfuerzo para dialogar con la cultura y la política de su tiempo con cordialidad y simpatía. Este esfuerzo ha continuado a lo largo de los siglos. Es necesario que hoy también se realice entre nosotros.

 

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