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Mons. Francesc Pardo Artigas

Mons. Francesc Pardo Artigas

10 de diciembre de 2017

El segundo domingo de Adviento nos invita a escuchar la palabra del profeta Isaías y, al mismo tiempo, las exigencias de Juan Bautista, punto de inflexión entre el tiempo anterior a Jesús y la novedad de su venida, entre el Antiguo y el Nuevo Testamento.

Ambos personajes, en la celebración de este segundo domingo del tiempo de Adviento, nos piden: “Abrid un ruta al Señor, allanadle el camino”.

Podemos pensar que nosotros no necesitamos abrir camino alguno, dado que conocemos a Jesús, lo tenemos muy presente y creemos en Él. ¿A qué allanar un camino?

Sin embargo –seamos sinceros–, reconoceremos que en ocasiones Jesucristo no es verdaderamente el centro de nuestra vida, no goza del hecho de ser considerado el primero y el más importante. Tenemos muchos otros “señores” que nos piden sumisión. Siempre tenemos la tentación de convertir en señores de nuestra vida a actitudes, deseos, experiencias, personas…

El señor del propio yo (el ego) siempre está listo para erigirse en único y por encima de todo valor o criterio. Es el señor de la moda, del consumo, del que dirán. De los respetos humanos… que con frecuencia orientan nuestras decisiones. El ego es el señor del placer o bienestar por encima de todo, el señor de la eficacia, de la máxima ganancia sin tener en cuenta otras consideraciones.

Allanar el camino exige suprimir los obstáculos que impiden la venida de Jesús a nuestra vida, a nuestro entorno o pequeño mundo, a la sociedad y a la humanidad.

El obstáculo de la sordera

Con frecuencia podemos taparnos las orejas para así evitar escuchar a Jesús, pero también para no oír el clamor de las personas.

Acudimos a la iglesia y escuchamos las lecturas, que pueden quedar como un mensaje puntual como tantos otros de cada día, pero sin que echen raíces en nuestra vida. El peligro radica en que la Buena Noticia que transmiten no nos afecte y conmueva. Durante la semana puede que tampoco nos preocupemos de leer o escuchar fragmentos o narraciones del Evangelio. Nos llegan muchas y muchas palabras, pero nos falta la Palabra que Dios nos dirige.

De forma semejante, también podemos hacer oídos sordos al clamor de las personas, incluso de las más próximas. Nos reclaman atención, ser escuchadas, comprensión, valoración, ayuda, si es preciso; y nosotros sin darnos cuenta de ello…

Durante el Adviento se nos invita a escuchar la palabra de Dios –con mayor atención a las lecturas bíblicas del domingo–, a leerlas, a meditarlas, dejando que nos conmuevan y nos ofrezcan pautas para nuestra vida. También hay que afinar el oído y hacer un esfuerzo para estar más atentos al clamor de personas concretas que necesitan ser escuchadas.

El obstáculo de la ceguera

En muchos momentos somos como ciegos, y no nos damos cuenta de lo que vivimos y de quienes lo hacen posible.

Se trata de la mirada contemplativa e interior que no solo observa, sino que se siente afectada y se deja impresionar.

¿Nos damos cuenta y somos conscientes de la presencia de Jesús, que ya nos ha salvado, y que sigue a nuestro lado día tras día? ¿Nos damos cuenta de que él está con nosotros a través de la fe, la esperanza y el amor?

Durante el Adviento es necesario que renovemos nuestra confianza en la presencia y acción de Jesús en nuestra vida. La plegaria y las celebraciones son los momentos privilegiados para vivirlo; al mismo tiempo, los hechos que se suceden, las personas que nos acompañan, ayudan y reclaman nuestra atención, también pueden convertirse en señal de su presencia.

Preguntémonos esta semana por los obstáculos que hemos de superar al preparar el camino para que venga el Señor.

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