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Francesc Pardo Artigas

Francesc Pardo Artigas

18 de febrero de 2018

Hoy es el primer domingo de Cuaresma, primera referencia o señal de un camino de cuarenta días que culminaremos con la celebración de la Pascua. Es necesario vivir la Cuaresma porque queremos vivir la Pascua.

Cada domingo, la Palabra del Señor ha de ser brújula y señal de nuestro itinerario. Este domingo se nos invita a ser conscientes de la tentación y de la necesaria conversión.

“El Espíritu lo empujó al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás”. A nosotros, desde nuestra mentalidad utilitaria, productiva, puede parecernos que Jesús se organizó mal y perdió el tiempo. Durante treinta años permaneció escondido en su pequeño pueblo, y cuando inicia la vida pública, su actividad, hace un retiro de cuarenta días en el desierto. Sin embargo, no se trataría de una pérdida de tiempo cuando es el Espíritu el que le empuja a hacerlo.

Los cuarenta días de Jesús evocan los cuarenta años del pueblo de Israel en el desierto. Aquellos años tras la salida de Egipto hasta alcanzar la tierra prometida durante los cuales el pueblo se va constituyendo, purificando y forjando como pueblo de Dios.

Al mismo tiempo, el desierto, para el pueblo de Israel, supuso un lugar y un tiempo de prueba y tentación, de descubrimiento del amor misericordioso de Dios, y de lucha por mantenerse fiel a ese amor.

También durante este tiempo cuaresmal el Espíritu nos empuja a nosotros, cristianos, a una actitud de retiro interior, de “desierto”, de conversión. Por ello hemos de procurarnos un “desierto de bolsillo”, es decir, un tiempo para detenernos, para apartarnos de las prisas, los sonidos, distracciones; para reencontrarnos sin engaños con nosotros mismos y con nuestro Dios.

La tentación

Es precisamente durante este tiempo de retiro cuando puede aparecer la tentación. ¿Qué significa la tentación?

El evangelio de Marcos, que leemos este domingo, no concreta las tentaciones de Jesús. Pero la tentación significa siempre la posibilidad de apartarnos del camino que Dios quiere para cada uno de nosotros, porque aparentemente otros caminos son mucho más atractivos y parecen ser portadores de una mayor felicidad.

Permitidme concretar tres tentaciones actuales, porque amenazan nuestra vida, y que durante estos días podemos afrontar.

Dejadez de la vida cristiana

Es la tentación de permitir que se debilite nuestra vida cristiana, de no darle importancia: dejar de ir a Misa, dejar la oración, alejarse de la comunidad, aparcar las convicciones evangélicas de nuestra vida.

Todo ello puede ser un signo de que en nuestro corazón hay lugar para otros dioses con sus seducciones, que reclaman nuestra atención y nuestra sumisión.

La tentación de la comodidad y de la vida fácil

La vida, de hecho, no es nada fácil para la mayoría de nosotros, pero con frecuencia escogemos aquello que es más fácil o más cómodo, sin pensar si es lo mejor, como afectará a los demás o que repercusiones tiene… La tentación es reducir los criterios para actuar con facilidad y comodidad.

La tentación del cansancio

Se trata de la pregunta que, con frecuencia, nos hacemos algunos de nosotros: “¿Por qué yo, Señor?” ¿Es qué no hay otros que puedan hacer este servicio, o este trabajo, o afrontar esta dificultad? Yo también tengo derecho a vivir la vida, y parece que no pueda hacerlo”

Podemos pensar en el cansancio de nuestras responsabilidades, trabajos normales, obligaciones, compromisos…

Por ello la necesidad de conversión al Evangelio.

 

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