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Francesc Pardo Artigas

Francesc Pardo Artigas

21 de octubre de 2018

Para ofrecer esta reflexión he mantenido un diálogo sobre las misiones con el sacerdote Joan Soler, misionero durante nueve años en el Togo (África). También he recordado conversaciones con otros misioneros, sacerdotes y laicos.

¿Por qué año tras año hemos de referirnos a las misiones? La respuesta es muy sencilla: porque la misión ocupa el centro de la vida de la Iglesia, y la Iglesia ha nacido para la misión: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación” (Mc 16,15). La cuestión es cómo llevar a cabo dicha misión. Y es en este punto donde surgen tres aspectos importantes a tener en cuenta.

En primer lugar hay que tomar conciencia de que, pese a la urgencia de la misión, ésta no nos pertenece. Porque la misión es una llamada de Dios. Es Dios quien toma la iniciativa y quien otorga a cada uno la misión que le corresponde: “Llamó a los que quiso (…) para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar” (Mc 3, 13-14).

Y de aquí deriva el segundo aspecto. Si bien acabamos de decir que la misión procede de Dios, siempre pasa por una persona que responde. Es la vocación. Y la vocación empieza en el hecho de estar con Jesús. La primera llamada que te hace Dios, antes de enviarte, es la de estar con Él. No se puede ser un auténtico misionero o misionera si antes no se ha sido una persona de plegaria, una persona que encuentra el tiempo necesario para descansar en el silencio del corazón de Dios…

Y es después de haber estado con Jesús cuando el hombre entiende la misión que Dios le ha confiado. Y es éste el tercer aspecto de la misión. Descubrir cuál es la nuestra, porque hay tantas misiones como personas, pero todas tienen un centro común: dar a conocer a Jesucristo, anunciar la buena nueva del Evangelio, predicar que el Reino de Dios ya está aquí.

Y éstos son los aspectos de la misión, aunque resta una última pregunta: ¿Hacia quién nos envía Dios? Y es en este punto donde ha habido la gran confusión. Con frecuencia se ha asociado misiones con las Missiones Ad Gentes, es decir, el misionero era aquel que iba a tierras lejanas. ¡Pues no! Todos hemos de ser misioneros sabiendo hacia a quien nos ha enviado Dios. Hay misioneros llamados a trabajar en los países más pobres, otros a trabajar entre los ancianos, con los jóvenes, con las personas que tienen dificultades, en los colegios, en las parroquias, en las universidades, en los hospitales… ¡No importa! Lo importante es que allá donde estemos tomemos conciencia de que hemos sido enviados.

Hoy, más que nunca, nos hacen falta misioneros en el Obispado de Girona. Personas enamoradas de Cristo, personas con una enorme libertad de Espíritu, personas que se sientan enviadas para proclamar el evangelio a todos los ciudadanos y ciudadanas de nuestra diócesis, a los de siempre y a los recién incorporados. A los que son de larga tradición cristiana y a los que se acercan por primera vez desde otras tradiciones religiosas. Porque todo el mundo tiene derecho a escuchar la buena noticia y nosotros tenemos el deber de predicarla. Olvidémonos ya de las misiones como una aventura en tierra lejana y asumamos que la misión también la tenemos ahora y aquí. Es nuestro momento. ¿Te apuntas?

¡Es el momento de la misión en todo el mundo y aquí!

 

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