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Francesc Pardo Artigas

Francesc Pardo Artigas

9 de desembre de 2018

Hoy o ayer sábado, en pleno tiempo de adviento, celebrábamos la fiesta de la Inmaculada Concepción de María, la llena de gracia. Ella es una figura insigne en este tiempo de esperanza, por su sí a la encarnación de Jesús, y por ser modelo en la espera de Jesús y en su acogida.

En el prefacio, plegaria de acción de gracias de la Misa, damos gracias con estas palabras: “Porque preservaste a la Virgen María de todo pecado original para que, enriquecida con la plenitud de tu gracia, fuese digna Madre de tu Hijo…”.

Para comprender de alguna manera y para reconocer que María, madre de Jesús y madre nuestra, es la Inmaculada, hay que referirse al pecado, y muy especialmente al que la Iglesia, siguiendo la tradición bíblica, ha denominado pecado original. Se trata de reflexionar sobre “el pecado desde los orígenes”, pese que a menudo pasamos de puntillas sobre el tema, porque no sabemos exactamente cómo tratarlo, cómo explicarlo, por aquello de la manzana y de los primeros padres, pensando en qué culpa tenemos nosotros.

¿Qué quiere enseñarnos el autor de los primeros capítulos del primer libro de la Biblia al hablarnos del paraíso, de Adán y Eva, del hecho de no hacer caso a Dios comiendo una fruta que pensaban les haría más libres y felices?

El papa Benedicto XVI decía que se trata de una catequesis para mostrarnos que todos llevamos un veneno en nuestro interior. Somos tentados a creer que Dios limita nuestra libertad y que seremos plenamente “humanos” cuando lo hayamos arrinconado, cuando hayamos hecho lo contrario a su propuesta y queramos ocupar su lugar: “ser como dioses”. Éste es el pecado desde los orígenes: creer que la plenitud de la vida, la felicidad, la realización humana no viene de Dios, sino de nuestra capacidad y voluntad. No indica un pecado personal, sino la condición humana y la fragilidad de nuestra “libertad herida” inclinada a prescindir de Dios y de su voluntad. La fiesta de Inmaculada nos recuerda que María fue llena de gracia y liberada de dicha situación de pecado que vivimos como personas humanas que somos. La Inmaculada revela que Dios escogió a María como madre de su Hijo preservándola del pecado original, de la inclinación a prescindir de él y rechazarlo.

De todas formas hay que reconocer que Dios nos ha bendecido con todo tipo de bendiciones, nos eligió para que fuésemos santos, irreprensibles a sus ojos y por amor nos ha destinado a ser hijos suyos por Jesucristo (de la carta de san Pablo a los efesios). También podemos contemplar la acción de Dios en nosotros por Jesucristo. Pero nosotros, sintiendo nuestra libertad herida podemos rechazar este plan de Dios, podemos rechazar a Jesucristo. Nosotros no somos María. Aunque Dios no nos ha dejado sometidos a nuestra condición, nos ha enviado a Jesús como Salvador. Por dicho motivo el pecado original, en la liturgia de la vigilia pascual, es denominado “FELIX CULPA” que nos ha merecido un tan gran Salvador.

Preparémonos, pues, en este tiempo de adviento a celebrar el nacimiento del Salvador y su venida a nuestra vida y a nuestra historia humana para liberarnos del pecado y de la muerte.

 

 

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