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Francesc Pardo Artigas

Francesc Pardo Artigas

15 de septiembre de 2019

Ha empezado el nuevo curso escolar con el horario normal de los centros docentes, pero también con las actividades extraescolares que complementan la educación de los niños en materias y habilidades que los padres consideran importantes para su vida. Podemos citar, por ejemplo, el refuerzo escolar, el aprendizaje de idiomas, de música, y la dedicación de horas a deportes y a otras actividades. No hay que olvidar tampoco el tiempo que los chicos pasan ante la televisión, e incluso con sus móviles, buscando distracción. A menudo, la agenda de los niños resulta más apretada que la de los adultos.

Y ahí nos podemos preguntar: ¿Tienen tiempo para jugar con otros niños sin estar sometidos a unas exigencias? ¿Pueden usar su imaginación para ser creativos durante el tiempo libre? ¿Participan en algunos movimientos de educación en el tiempo libre? ¿Pueden cuidar de su dimensión religiosa y espiritual?

Precisamente su educación religiosa o espiritual es la que me parece más importante para dedicarle una reflexión, porque la considero esencial para su crecimiento como personas. Pienso sobre todo, desde nuestra cultura, en la dimensión espiritual cristiana.

En relación con la educación de esta dimensión hay que señalar un error muy común: la convicción de que la dimensión religiosa de ninguna forma es importante para la vida de la persona, para su crecimiento humano y para su realización. Se considera que esta dimensión no forma parte de la «humanidad» de la personas y que es una coletilla innecesaria.

Algunos creen que los niños son demasiado pequeños para ser educados en su espiritualidad, y que ya llegará el momento en qué ellos libremente ya lo decidirán cuando sea la hora.

Otros, en cambio, consideramos que la espiritualidad es algo que hay que enseñar, transmitir y compartir. El niño es como una tierra donde hay que sembrar la semilla de la fe. Por eso conviene preparar y abonar esa tierra, retirar las malas hierbas y preparar los surcos para que crezca la semilla, que es labor de la familia y de las parroquias. También se puede pensar en las escuelas que han asumido el calificativo de cristianas, y en las clases de religión a las escuelas públicas. Ciertamente que esta convicción y planteamiento son muy adecuados. Pero hay que constatar un peligro: creer que hay que imponer al niño esta educación.

Es fundamental afirmar que la espiritualidad del niño no se adquiere a partir de su educación, sino que forma parte de su dimensión humana desde su nacimiento. Reconociendo esta dimensión reconocemos su dignidad. Esta dimensión es determinada por Dios mismo, y es universal del ser humano.

La mejor definición que he encontrado: «La espiritualidad infantil es el modo en que Dios está en el niño, y el niño con Dios». Se nos exige aprender a ver y a conocer para poder cuidar y educar. Sí, el niño nace ya con una dimensión espiritual innata que deberá ser educada y favorecida. Ciertamente que la forma de vivir la dimensión espiritual es infantil, como lo es, en los niños, su sistema digestivo o su conocimiento, o su relación con los padres –que irá cambiando con el paso del tiempo–, pero no por ello vayamos a creer que carece de importancia porque el niño no tiene la autonomía y la madurez para decidir.

En definitiva, no esperaremos que el niño lo decida para enseñarle a hablar, a andar, a comida, a leer, a llevarlo al parvulario o la escuela e incluso para compartir con él nuestras aficiones. El mismo razonamiento, pues, tiene que aplicarse para educarle en la espiritualidad cristiana.

 

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