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Francesc Pardo Artigas

Francesc Pardo Artigas

17 de febrero de 2019

El pasado lunes celebrábamos la fiesta de Nuestra Señora de Lourdes asociada a los enfermos, y por ello en dicho día se celebra la Jornada Mundial de los Enfermos.

Hace unas semanas fui intervenido quirúrgicamente, y durante algunos días experimenté de nuevo la enfermedad y la fragilidad. Cuando estás enfermo no solo piensas en los demás enfermos, sino que vives intensamente la experiencia, con todo lo que ello significa.

Hace un tiempo que vi por televisión un reportaje sobre un matrimonio con un hijo de seis o siete años que padecía una enfermedad poco frecuente. No podía respirar por sí mismo, ni comer, ni moverse, de tal forma que sus padres estaban pendientes de él las 24 horas del día. Quedé impresionado por las atenciones continuadas de aquellos padres, de su sacrificio por amor. Ello me hizo pensar en otras situaciones semejantes que requieren también de una atención intensa y continuada.

Puede que por tal motivo he reflexionado de nuevo pensando en los enfermos, y también en los ancianos más dependientes. Y me he formulado la pregunta de si nos acordamos de ellos o únicamente lo hacemos cuando nos afecta de cerca la enfermedad porque la padecemos o porque la padecen personas próximas a nosotros.

Con frecuencia pensamos que los enfermos son únicamente una carga, y no nos damos cuenta que nos humanizan con sus actitudes, nos recuerdan nuestra fragilidad y activan nuestro amor hecho servicio. Los enfermos nos hacen a todos más humanos.

He pensado también en sus familiares, en los profesionales de la salud, médicos, enfermeras, personal auxiliar, administrativos, responsables de la atención religiosa en hospitales y clínicas, equipos de pastoral de la salud en las residencias de la tercera edad y en las parroquias.

Pero el hecho de que los profesionales de la salud y cuantos atienden a los enfermos ejerzan su labor con dedicación y acierto, no anula nuestra responsabilidad en relación a los que sufren enfermedades o impedimentos físicos y psíquicos. Conviene recordar las palabras de Jesús en el juicio al final de la vida (Mateo 25) y las obras de misericordia: “Estaba enfermo y me visitaste”.

Ciertamente que en los hospitales y en las clínicas debe uno acomodarse a los criterios y horarios establecidos, pero ello no ha de ser obstáculo para que no nos planteemos visitar a los enfermos, especialmente en el caso de aquellos con los que tenemos una relación personal. Las visitas a los enfermos en sus domicilios hay que hacerlas de acuerdo con la familia.

Puede que, por diversas razones, no podamos visitar a algunos enfermos, pero no hemos de olvidarnos de ellos sino intentar que nos sientan cercanos. ¿De qué forma? Mediante la oración.

A menudo ya oramos por los enfermos, pero si conocemos o sabemos de alguien que padece una enfermedad, llevémoslo a la plegaria.

Respecto a la situación de cada enfermo, cada persona tiene una historia, unas experiencias, una edad… Puede que haga tiempo que tiene problemas de salud. Si tiene familia o si es alguien sin familia cercana, será bueno tenerlo presente.

La visita a los enfermos propicia la cercanía y la escucha, no siempre debemos estar hablándoles. Aunque no lo parezca, el enfermo está muy atento a todo lo que pasa a su alrededor, a los comentarios, gestos y miradas.

Pienso en las familias que tienen enfermos en casa, personas a las que hay que cuidar, y que muestran un gran amor, un espíritu de servicio constante. Hay que animar y ayudar, si es el caso, a estas familias cuidadoras de enfermos, a menudo con muchos sacrificio por su parte.

Profesionales de la medicina, gracias también por vuestra sapiencia y profesionalidad.

 

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