catala espanol
Facbook Facebook Facebook

Francesc Pardo Artigas

Francesc Pardo Artigas

5 de agosto de 2018

La experiencia del fracaso la experimentamos de muchas maneras a lo largo de la vida. Esta experiencia se produce cuando no conseguimos lo que nos hemos propuesto, cuando no podemos afrontar situaciones y hechos que provocan sufrimiento, cuando no hallamos sentido en todo cuanto hacemos, cuando somos incoherentes al afirmar algo de palabra y negándolo con nuestras acciones, cuando no nos sentimos valorados, amados… La experiencia del fracaso es una de las situaciones más sufridas por las personas. Y todos, en uno u otro momento, hemos vivida dicha experiencia.

Vivimos en un mundo que admira a los triunfadores, a los que pueden con todo, a los famosos y valorados, a los que tienen éxito. La estima social viene hoy determinada por el hecho de tener estudios de primer nivel, de ser el primero en las diversas competiciones, en tener un trabajo bien remunerado, de disfrutar de poder, de dinero, de buena posición social.

Hasta hace poco tiempo se valoraba más la persona virtuosa: justa, cariñosa, compasiva, leal, honrada, prudente, paciente, humilde… porque se la consideraba digna de admiración, de estima y de imitación.

E. From ya señalaba en 1946 que el dinero, el prestigio y el poder  se habían convertido en las finalidades e incentivos del ser humano y que todo tenía más importancia que su propia vida y “el arte de vivir”. El fracaso es contemplado desde una perspectiva que valora el tener más que el “ser”.

El teólogo P. Congar afirma que el fracaso es un hecho ambivalente y que es nuestra manera de asumirlo lo que lo convierte en derrota definitiva o en inicio de un nuevo esfuerzo. 

Ahora bien, no podemos quedarnos con la romántica idea de que todo fracaso es una ocasión de aprendizaje afrontándolo como una forma adecuada de enriquecimiento personal. En ocasiones el fracaso es tan real y duro que afecta a la dignidad personal dejando profundas heridas.

Aunque también es cierto que con frecuencia nos preguntamos cómo es que ciertas personas afrontan  los fracasos con firmeza convirtiéndolos en nuevas oportunidades, mientras que otras quedan debilitadas y hundidas ante la más mínima dificultad.

El fracaso puede convertirse en sabia experiencia si se dan dos condiciones.

•La comprensión de la persona con un sentido trascendente que va más allá de la inmediatez de los hechos. Me refiero a la visión cristiana de la vida y por ello a la visión cristiana del fracaso.

Pienso concretamente en la experiencia de fracaso que vivieron los discípulos de Jesús con motivo de su muerte en la cruz. Los dos discípulos de Emaús, abandonando el grupo, son un buen ejemplo.

Algunos autores reflexionan sobre “la sabiduría de la cruz”, en el sentido de que la cruz, aparente fracaso de Jesús, se convierte en instrumento de salvación.

La convicción de los discípulos cambia radicalmente con la experiencia de Jesús Resucitado. Es entonces cuando entienden la vida, las acciones y las palabras de Jesús cuando se refería al fracaso y a la cruz.

Quien cree en Jesús ha de enmarcar sus fracasos, sus cruces con esperanza y con la convicción de la fuerza y la ayuda que ofrece el Señor.
 
•La convicción en las propias posibilidades: “yo puedo”. Todos conocemos personas con dificultades y limitaciones físicas o psíquicas pero con un gran espíritu de superación y coraje para afrontarlas.

Afrontar el fracaso como compañero de camino no supone en forma alguna renunciar a la lucha por conseguir los ideales, pero impide el desánimo y la inacción.

 

ir atras - anar enrera - go back
La voz de la iglesia
subir arriba
Este sitio utiliza cookies, puedes ver la política de cookies, aquí -
Política de cookies +