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Agustí Cortés Soriano

Agustí Cortés Soriano

28 de julio de 2019

En la cima de la ecología cristiana están mensajes tan tradicionales como: la creación considerada vía para acceder a Dios (san Pablo, santo Tomás de Aquino), lo bueno y lo bello natural como manera de expresar a Dios y la relación con Él (san Agustín), la instalación de monasterios en extraordinarios parajes naturales (monaquismo), la contemplación en el desierto (monjes, Charles de Foucauld), la tradición de la pobreza franciscana y la contemplación carmelitana (san Francisco, san Juan de la Cruz), la teología del Cristo cósmico (Teilhard de Chardin); la tradición ortodoxa (Olivier Clément, Patriarca Bartolomé) y la profundización de la moral social ecológica de los tres últimos papas (“Laudato si´”).

Pero, sin duda, la expresión paradigmática de la ecología cristiana es el “Cántico de las criaturas”, de San Francisco de Asís. Es la más bella oración nacida de la experiencia genuinamente “cristiana ecológica”. Para algunos es la síntesis vital del su carisma.

¿Nos imaginamos a un turista en vacaciones que se pasa horas tomando el sol en la playa o en la montaña, con un vaso de Coca Cola en la mano, para lograr el tono piel adecuado y al mismo tiempo recitando esta oración?:

“Loado seas, mi Señor, con todas tus criaturas,

especialmente el hermano sol,

el cual hace el día y nos da la luz.

Y es bello y radiante, con grande esplendor:

de Ti, Altísimo, lleva significación”.

Según los estudiosos, esta estrofa es tan importante que a veces da título a todo el Cántico: “Cántico del hermano sol”. El sol es la primera criatura motivo de la alabanza.

La profundidad de la fe cristiana ha llevado a san Francisco a una sintonía insospechada con la naturaleza: le ha permitido abrir los ojos a un significado poético, y más que poético, de las cosas creadas. Éstas son consideradas “hermanas”; no señoras ni siervas, sino vinculadas con amor fraterno, participantes del amor filial debido al Padre creador.

El sol es mucho más que una fuente de energía, más que un cuerpo astronómico, más que un bronceador dermatológico, más que un foco de luz colocado en un cuadro o una fotografía: San Francisco dice “(el sol) de Ti, Altísimo, lleva significación”.

El valor del sol, su sentido, radica en que habla del Dios altísimo, es decir, el Dios trascendente, inefable, que está más allá de todo. Sin ser Dios, como dirían algunas religiones, lo puede significar, y su contemplación estimula la alabanza al Padre Creador. El Cántico había comenzado con la alabanza al Dios tan grande que “nadie podía hacer de Él mención”. Pero, contemplando el hermano sol (la tierra, el agua, el viento, el fuego) podemos dirigirle la alabanza debida.

Un ejemplo típico de la mirada ecológica cristiana sobre la naturaleza y el medio ambiente. ¿Cómo no respetarla, sentirnos vinculados a ella, tratarla para el bien común de la humanidad, al servicio de todos, especialmente de los desvalidos, los preferidos del “Dios Altísimo y bondadoso”…?

Alcanzar esta cima de actitud y sensibilidad ecológica no es posible sin el espíritu de pobreza y humildad que nacen de la fe en Jesucristo, a cuya luz el cosmos resplandece.

 

 

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