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Mons. Agustí Cortés Soriano

Mons. Agustí Cortés Soriano

25 de junio de 2017

La imagen de la nueva fraternidad que nace de la fe en Jesucristo, tal como la hemos descrito (el grupo de los discípulos de Jesucristo en torno a la mesa de la Eucaristía), es totalmente correcta. Es una comunidad concreta y delimitada. Allí no se ven los no creyentes ni, por supuesto, los que no quieren estar (ellos mismos protestarían si les consideráramos miembros de esa fraternidad).

Pero nos podemos preguntar: ¿en realidad los no creyentes o quienes se auto-excluyen o, incluso todo el resto de la humanidad, están totalmente ausentes de esa fraternidad?

El Papa Benedicto XVI es un maestro de la fraternidad. En sus dos encíclicas “Dios es caridad” y “La caridad en la verdad”, insistía constantemente en el vínculo absolutamente necesario entre el amor cristiano compartido al interior de la Iglesia y su proyección social. El amor de Dios, que los cristianos recibían como don y que compartían como hermanos, se veía inmediatamente proyectado en las obras de justicia social, en el mundo de la economía, de la política, de la organización social y las instituciones, en la cultura, en la ecología, en el trabajo: el amor es el alma de la Doctrina Social de la Iglesia.

De hecho nos recordaba el caso típico que nos refiere la Carta de San Pablo a Filemón. San Pablo está encarcelado y encuentra allí, como compañero de cautiverio, a Onésimo. Éste es un esclavo que huyó de la casa de Filemón, no se sabe por qué. En el trato cotidiano San Pablo ve la posibilidad de anunciarle la Buen Noticia de Jesucristo. Onésimo se convierte a la fe de Cristo y se bautiza, y el Espíritu suscita entre ambos un verdadero amor fraterno. Entonces San Pablo escribe esta carta remitida a Filemón, pero también dirigida a toda la fraternidad, a la esposa de éste, Apfia, y al presidente de la comunidad que se reúne para el culto en aquella casa, Arquipo.

Uno, releyendo la Carta a Filemón, no deja de admirar el peso que en ella tiene la palabra “hermano”, tanto por su frecuencia, como por su profundo significado: Onésimo se ha convertido en hermano de Pablo, como lo es Filemón y los miembros de la comunidad que celebra la Eucaristía en casa de éste. Onésimo ha entrado, por la fe y el bautismo en ese círculo, en esa corriente de amor compartido. Entonces, San Pablo reivindica un nuevo estatus de relaciones:

“Te lo envío de nuevo: trátalo como a mí mismo. Tal vez Onésimo se apartó de ti por algún tiempo para que ahora le tengas para siempre, no ya como un esclavo sino como algo mejor: como un hermano querido. Yo le quiero mucho, pero tú debes quererle todavía más, no solo como persona sino también como hermano en el Señor... Así pues, si me tienes por hermano en la fe, recíbele como si se tratara de mí mismo” (12-18)

Pasará mucho tiempo hasta que la nueva fraternidad fructifique, desde dentro de la sociedad y la cultura, en la abolición de la esclavitud en tanto que estructura social. Entonces se apelará a una derecho humano fundamental. Pero los cristianos, no sólo defenderemos ese derecho como fundado en la dignidad de ser creados por Dios, sino que iremos siempre más allá: el amor del Espíritu supera toda barrera y discriminación, pues en Cristo ya no hay ni esclavo o libre, ni judío o pagano, ni hombre o mujer, porque en Él todos somos uno.

La nueva fraternidad vive el amor mutuo como una fuerza expansiva. Es como una energía (fuerza, “virus”, “virtus”) que transforma por contagio. La fraternidad cristiana transforma el mundo.

 

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