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Mons. Agustí Cortés Soriano

Mons. Agustí Cortés Soriano

23 de abril de 2017

Uno de los primeros y principales efectos de la Resurrección de Cristo en el mundo, fue la creación de una nueva fraternidad. Formaba parte del mundo nuevo, de la nueva humanidad, que nacía, tras haber muerto en Jesucristo el hombre viejo, y con Él haber vuelto a la nueva vida.

Seguimos sintiéndonos comprometidos con el objetivo de trabajar por la comunión fraterna dentro y fuera de la Iglesia. Compartimos la preocupación de mucha gente que desearía una humanidad más fraterna. En nuestro caso, esta preocupación no sólo sería consecuencia de una ilusión o de una ideología, sino que tendría toda la carga de la fidelidad a Jesucristo resucitado.

¿A qué fraternidad se refería Jesús cuando nos mandaba “amaos unos a otros”?

No estoy seguro del resultado, hoy, de una posible encuesta en la que se preguntara a la gente: “¿cree usted que todos somos o hemos de ser hermanos?” Bien es verdad que, fuera de los ámbitos creyentes, no se oye hablar mucho hoy de la fraternidad universal. Eso sí, hay un sentimiento, muy extendido, de que todos somos iguales, en el sentido de que todos tenemos los mismos derechos. Una idea que se proclama sobre todo cuando se trata de defender los propios derechos.

No siempre ha sido tan evidente este principio. Cuando en el siglo XVI la Iglesia en España afrontó el problema del trato que se debía dar a los indígenas que habitaban en América recientemente descubierta, se planteó la gran cuestión de si estos indígenas eran seres humanos como nosotros, si se podían considerar hermanos con una dignidad igual a la nuestra. Los teólogos de la Escuela de Salamanca afirmaron que sí, elaborando el llamado “Derecho de gentes”. La razón fundamental era que ellos tenían la misma naturaleza que nosotros.

En el siglo XVIII la Ilustración y la Revolución Francesa levantaron la bandera de “libertad, la igualdad y la fraternidad” para todos: la razón universal tenía que regir el mundo. Posteriormente el marxismo ofreció una fraternidad universal como utopía que había que realizar mediante la lucha de clases, la colectivización de bienes y el pensamiento único. La conciencia de igualdad ha quedado integrada en la cultura occidental y ha constituido uno de los factores esenciales de la Declaración Universal de los Derechos humanos.

La fraternidad que nace del Resucitado es realmente nueva. Aunque algunos, subrayando los elementos comunes, quieran identificarla simplemente con los programas políticos o los proyectos solidarios, es algo muy diferente.

La nueva fraternidad tiene tras sí una larga historia, tan larga como la historia de la humanidad.

El hombre y la mujer fueron creados en fraternidad, admirándose mútuamente y disfrutando de su presencia. Dios se paseaba por el jardín, a la fresca, como un amigo. Pero esta armonía, fue rota por el pecado: una de sus primeras consecuencias fue un crimen fratricida.

Desde entonces Dios no ha dejado de soñar y trabajar, para que en el mundo se recuperara la fraternidad. Vale la pena rastrear sus trabajos, aunque muy brevemente, para conocer sus caminos, darle gracias y alabarle por el inmenso regalo de los hermanos.

 

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