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Agustí Cortés Soriano

Agustí Cortés Soriano

17 de febrero de 2019

Si algún valor nos queda en común en este mundo globalizado ése es la igualdad. Mejor dicho, compartimos mayoritariamente la sensibilidad frente a las desigualdades, aunque en no pocas regiones del mundo perduren estructuras ancestrales de castas, clases y privilegios.

Hemos conocido muchos y muy diversos movimientos, ideológicos y políticos, que han luchado contra la desigualdad. ¿Por qué la mayoría de ellos han fracasado? ¿Por qué han acabado implantando regímenes todavía más opresores?

No entraremos en descalificaciones simplistas, ni en análisis complejos de los fines y procedimientos que han seguido estos movimientos. Resulta más interesante aquí manifestar que hay una causa oculta, pero muy real, por la que tantos movimientos liberadores han fracasado. Esta causa es que quienes hacen la revolución, exacerbados por desigualdad flagrante, pasan a la acción sin haber descubierto que en su interior anida la misma ansia de poder y de riqueza que llevó a sus enemigos a ser ricos y saciados.

De hecho uno se puede apuntar a la lucha contra la desigualdad, no por defender la igualdad, sino por otros motivos: por odio, por venganza, por envidia por afán de poder, por recuperar la dignidad, etc. Son motivos que no se suelen confesar y, si se reconocen, inmediatamente se disculpan, aduciendo el sufrimiento que les había provocado la situación de desigualdad.

Dios creó la diversidad, pero no la desigualdad. La pluralidad de personas es algo querido por Dios. Otra cosa son las diferencias en lo referente a derechos y dignidades. Esto es abiertamente contrario al proyecto de Dios. En el Reino de Dios todos son iguales hijos de Dios.

Un cristiano que, llevado por su amor, ayuda un pobre no ha de buscar únicamente solucionarle un problema eventual, sino elevarlo hasta hacer visible su dignidad. Lo que hace el amor cristiano hacia el pobre es elevarlo, situarlo en una posición de igual a igual. Todo esto tiene importantes consecuencias:

-          Sólo un autentico pobre en el espíritu puede liberar a los pobres en este mundo, aunque sea parcialmente.

-          Para liberar hay que ser libre, de otra forma generarás más esclavitudes.

-          La ayuda al pobre puede convertirse en un acto de poder que compromete y sitúa al que es ayudado en una posición inferior.

Todo cambia cuando Jesús se identifica con el pobre. Entonces, dirá San Agustín, lo mejor será que uno y otro, el que ayuda y el ayudado se sometan a Cristo, a quien nadie puede comprometer.

Es cierto que la rehabilitación total del pobre y del hambriento Jesús la remite al Reino de Dios. Pero Él y nosotros la vemos ya iniciada: forma parte de nuestro credo y, aunque sea a tientas, también forma parte de nuestra vida.

 

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