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Agustí Cortés Soriano

Agustí Cortés Soriano

17 de junio de 2018

La virtud más preciada del político cristiano es el don del discernimiento. El político se encuentra forzado constantemente a tomar decisiones, muchas de ellas de gran transcendencia para la sociedad, de ahí la importancia de “saber acertar”. En general para un político este “saber acertar” significa hacer lo conveniente o lo posible; para un cristiano significa cumplir la voluntad de Dios.

Según el libro de la Sabiduría, cuando Salomón heredó el reinado de su padre David, se puso a orar con unas palabras modélicas para un responsable político.

“Dios de mis antepasados, Señor misericordioso,

que por tu palabra has hecho todas las cosas…

 dame la sabiduría, que reina junto a ti…,

porque soy tu siervo, hijo de tu sierva,

hombre débil, de breve existencia,

incapaz de entender la justicia y las leyes…

Tú me has escogido por rey de tu pueblo

y por juez de tus hijos e hijas…

 Contigo está la sabiduría, que conoce tus obras

y que estaba presente cuando hiciste el mundo;

ella sabe lo que te agrada

y lo que está de acuerdo con tus mandamientos.

Envíala desde tu santo cielo…,

para que me acompañe en mi trabajo

y me enseñe lo que te agrada.

Ella… me guiará con prudencia en todas mis acciones.

Mis obras serán entonces de tu agrado,

y gobernaré a tu pueblo con justicia” (Sab 9)

Esta oración transpira humildad. Una virtud que raramente se le pide a un político. Más bien se le exige seguridad, firmeza, dominio de la situación… Pero el político cristiano es sabio, no porque haya acumulado muchos recursos, sino porque recibe la sabiduría de Dios, una vez que la ha pedido como un siervo, un mendigo o un discípulo.

De hecho, el político cristiano se ve a sí mismo solo como un servidor para una misión: ejercer el poder político para el bien común de todo el pueblo. Nada podría justificar su trabajo, ni el triunfo de una ideología, ni la ganancia de dinero, ni la eficacia transformadora de una acción, fuera de aquel servicio.

Esta oración se basa en la convicción de que la sabiduría, el orden de las cosas, lo que es justo, lo que es verdadero, lo que responde a los derechos de todos y al bien común, la respuesta a todos los interrogantes… ya se manifestó en la creación, se reveló en Jesucristo, pero permanece escondida en Dios, para manifestarse a aquellos que se ejercitan en discernirla.

El verdadero carisma del político cristiano consiste en saber discernir la sabiduría de Dios en lo concreto de las vicisitudes de la vida social.

Todo esto no resultaría tan extraño, si recordamos los encuentros fecundos que nos transmite la tradición entre políticos o gobernantes y “hombres de oración”, tal como nos muestra, por ejemplo, la tradición ortodoxa. Así mismo, si traemos a la memoria las grandes experiencias religiosas de políticos santos.

 

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