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Agustí Cortés Soriano

Agustí Cortés Soriano

9 de diciembre de 2018

Un día asistí a un hecho muy desagradable. Un grupo de personas había sido citado a una hora determinada para una entrevista con un importante responsable. Llegó la hora convenida y no fueron llamados. Al cabo de un cuarto de hora un miembro del grupo, sin mediar otra palabra, se dirigió a la persona encargada de la cita y le espetó con inusitada agresividad: «¿No sabe usted quién soy yo?... ¿Piensa que mi tiempo es menos importante que el suyo?... ¿Dónde se ha visto tal falta de respeto?» Cualquier explicación o disculpa resultaba inútil. El indignado marchó sin más.

De esto hace tiempo, pero pude interpretar la anécdota como un síntoma de la enfermedad que hoy está universalmente extendida, como una especie de epidemia. Los inventores o creadores en el ámbito de la tecnología saben muy bien que padecemos todos la enfermedad de la impaciencia. Saben que no nos gusta nada tener que esperar. Lo que deseamos debemos obtenerlo ya. Es una obsesión, convertida casi en derecho. Los instrumentos que la técnica pone a nuestro alcance, no han hecho sino alimentar este virus. Los viajes cada vez más cortos, la comunicación verbal, visual o escrita instantánea, las compras al momento, las soluciones inmediatas.

La vida real, sin embargo, nos hace sufrir a veces largas esperas. No sólo nos referimos a las colas y a las esperas en el ámbito de la salud o de la administración, sino a esperas más importantes, profundas y vitales, de esas que provocan «desesperación» o depresión. Pero parece que hay solución. Viene la psicología a dar buenos consejos: «hay que ser siempre positivos», «ya vendrá tu hora», «tú puedes, de verdad», «todo se soluciona con el tiempo»... Una bocanada de aire optimista. Buenas palabras, quizá cargadas de mejores intenciones. No dejan de ser útiles, aunque sólo sea para salir del paso.

Las esperas más profundas de la vida, sin embargo, no se solucionan con esta especie de aspirinas que calman el dolor. Son esperas como la de aquel que se ve víctima de una gran soledad, aun rodeado de gente, o como la de aquel que siente una sincera ansia de que todo cambie y todo sea claro y luminoso y se haga definitivamente justicia, o la de aquel que desea la desaparición de la decrepitud o la muerte, o la de aquel que sueña con la fraternidad universal, o la de aquel que anhela el perdón y la reconciliación interior y exterior... Estas esperas requieren respuestas igualmente profundas.

Estos días proclamamos y tratamos de vivir la virtud de la esperanza cristiana. Desde ella, no hablaremos de «soluciones», sino de respuestas que permiten vivir con sentido y paz profunda la vida cotidiana. Igualmente la esperanza cristiana es incompatible con las impaciencias y las obsesiones por la inmediatez; más bien llama a la humildad y al esfuerzo confiado. No apela simplemente al «empoderamiento» del débil, aunque reconozca que esto es bueno. Tampoco consiste en provocar sueños estimulantes por su atractivo.

La esperanza cristiana se basa en un fin garantizado y por el presente de Jesús vivo. Es una virtud lúcida y realista: Jesús, que vivió una existencia tan difícil y sufriente como la nuestra, vive ya resucita do y nos llama a seguir en la historia llevando y compartiendo el amor de Dios que Él nos transmitió. Una forma de vivir, que hoy vemos urgente y necesaria.

 

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