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Agustí Cortés Soriano

Agustí Cortés Soriano

13 de octubre de 2019

En la vida de St. Josep Oriol hay una anécdota que nos resulta hoy muy significativa. Con edad avanzada y mucho camino espiritual recorrido, salió andando de prisa desde Barcelona hacia el norte, sin un céntimo en el bolsillo, la cara algo transpuesta, con ánimo decidido. La Providencia hizo que dos sacerdotes le reconocieran y se interesaran por sus intenciones: quería ir a Jerusalén, predicar a los paganos y sufrir el martirio. Le convencieron de que regresara y preparara mejor el viaje…

Recordamos con qué frecuencia tales gestos se ven en las vidas de muchos y grandes santos de la época gloriosa de santidad y evangelización del s. XVI. San Ignacio de Loyola, San Francisco Javier, Sta. Teresa de Ávila, San Juan de Ávila, San Luis Bertrán, San Pedro Clavé, los mártires en Japón, Corea, China, etc. Y otros testimonios más recientes, como el de Carlos de Foucauld y la gran eclosión de generosidad que despertó en el clero de toda España, la llamada que les dirigió Juan XXIII a la misión en Hispanoamérica durante los años anteriores al Concilio Vaticano II, cuando entre nosotros existía una gran abundancia de vocaciones.

Estos y otros muchos testimonios permiten preguntarnos por qué hay una relación tan estrecha entre la santidad y la voluntad de ir a la misión lejos de la patria.

Hay una razón clara: la santidad, la obra del amor de Dios en nosotros, entre otros efectos, “ensancha el corazón”. El santo se siente muy constreñido y encerrado en los límites “naturales” de su familia, su pueblo, su cultura, su nación, su pequeña iglesia; y siente un impulso irresistible a ir más allá, como si buscara el infinito del Dios a quien ama. Hasta ese punto el auténtico misionero en el fondo relaciona su voluntad de ir a misiones con la voluntad de dar la vida radicalmente, es decir, el martirio.

Precisamente la profunda experiencia de sentir “el corazón dilatado” va unida en la oración de los salmos, como si fuera una condición indispensable, a la doble exigencia: por un lado, de cumplir la Ley del amor y, por otro, de afrontar los sufrimientos y contradicciones de la vida (cf. Sal 118,32; Sal 13,2-6; Sal 4,2). Lo entendemos perfectamente. Es un mismo amor el que nos lleva a cumplir la Ley y el que nos hace capaces de dar la vida, sobre todo en medio del sufrimiento. Pablo VI, a los pocos días de ser elegido Papa, recibió la visita conmovedora de sus paisanos de Brescia, que se lamentaban de “haber perdido su proximidad” para servir “lejos” al Señor. Él, citando a San Agustín, les transmitió un único mensaje: “que se ensanchen los espacios del amor”.

Es la misma experiencia que funda el ser misionero en la Iglesia. En este mes dedicado a las misiones recordamos que todos y cada uno de los bautizados llevamos dentro un don que busca expandirse más allá de los límites naturales de la patria, la familia, la cultura propia. Es la fuerza que activa la misión evangelizadora de toda la Iglesia.

Tenemos el mandato que Jesús Resucitado nos dio: “Id y haced discípulos a todas las gentes, bautizándoles en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28,19) Nosotros lo vivimos como quien goza de un bien inmenso y no puede resistir el impulso de compartirlo con el mundo entero. Como quien va invitando a todos, especialmente a los que están lejos, a formar parte de la propia familia: “¡Ven, hallarás luz y vigor para vivir con esperanza! Hallarás la razón para vivir, la fuerza para obrar y la firmeza para esperar”.

“Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1Tm 2,4). Así contagiaba Pablo el espíritu misionero a su discípulo Timoteo. Nosotros, que ya tenemos noticia de esa verdad, quisiéramos llevarla en el corazón y dejar que allí fructifique.

 

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