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Mons. Agustí Cortés Soriano

Mons. Agustí Cortés Soriano

10 de diciembre de 2017

Podemos decir que vemos nuestras vidas y nuestra sociedad como cuerpos sin alma. Ahí radica nuestra esterilidad. Pero hemos de advertir con Charles Péguy:

“El mundo pagano tenía alma. De un alma pagana se puede hacer un alma cristiana. De un cero de alma no se puede hacer nada. Los perfectamente inútiles son esos tipos que no son nada, ni viejos, ni jóvenes, ni plásticos ni musicales,  ni espirituales ni carnales, ni paganos ni cristianos, aquellos tipos que son tan perfectos que no tienen ni de qué arrepentirse”

Cada día nos encontramos con personas así. Pero además, la esterilidad que nos preocupa no es solo la ausencia de frutos, sino la ausencia de frutos buenos o, también, la abundancia de frutos malos. Tengamos en cuenta que muchas veces los frutos malos van disfrazados: mucha imagen, mucha palabra, pero poca realidad; frutos vacíos, engañosos, “bordes”.

Se trata, entonces, de recuperar el alma. El primer paso es el que ya hemos mencionado: despertar, abrir los ojos. El segundo será ver más allá, con los mismos ojos, el mundo nuevo.

Hubo un momento en la vida de Charles Péguy que resultó decisivo para su búsqueda y para su futuro, cargado de fracasos, soledades y sufrimiento. Él había dedicado a su amigo Marcel Baudouin un ensayo titulado “Marcel, primer diálogo de la ciudad armoniosa”. En él volcaba su sueño de ciudad, de mundo, donde reinaba la armonía personal y social. Pero un hecho concreto, público, escandaloso (el entonces famoso “caso Drayfus”), le provocó una profunda decepción sobre la manera como se ejercía la política. Los ideales habían sucumbido a los prejuicios (en aquel caso el antisemitismo) y al ansia de poder. Así llegó a escribir:

“Habiendo ejercido todos una poderosa acción en favor de la realización de la justicia y la manifestación de la verdad, unos siguieron (ese mismo camino), pero la mayor parte empezaron a estimar más la acción, el poder, que no aquella realización y aquella manifestación; no podían renunciar a la tentación singular de ejercer una influencia enorme, intensa, concentrada, condensada, una embriaguez de influencia...”.

Es en situaciones como esta cuando la voz del profeta es más necesaria, no solo para la denuncia, sino también para el anuncio de un futuro. Porque la voz profética auténtica es de Dios, y Dios nunca denuncia si no es para anunciar, para estimular al cambio, abrir camino, hacer crecer.

Tendremos entonces que hablar de “predisposición” al mundo nuevo. Es la gran virtud del Adviento.

¿Qué significa predisponerse? No significará precisamente “coger fuerzas” o “crecer en autoestima” o aprestarse a trabajar duro… Si esperamos realmente dar frutos del Reino de Dios, antes nos tendremos que predisponer abriéndonos al don y a la gracia.

Ya vemos y escuchamos el anuncio de un mundo nuevo. Pero ese mundo nuevo es objeto de la promesa: Dios, que se compadece de nuestra esterilidad, sigue prometiendo que vendrá y actuará en nosotros. Por eso estamos en sintonía con el antiguo Israel, que vivía sostenido por la promesa, confiado, aferrado a la Ley y los sacrificios del Templo, fiel en su pobreza. De ese Pueblo solo algunos entendieron que la conversión a la que estaban llamando los profetas era propiamente la conversión a la gracia, al don que solo pueden recibir los pobres de espíritu. Como Juan Bautista penitente, como María humilde y totalmente abandonada a la gracia.

Recuperamos el alma fecunda en frutos buenos cuando abrimos ventanas y puertas y desbrozamos el camino para que Él mismo venga. Vendrá y hará morada en nosotros.

 

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