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Agustí Cortés Soriano

Agustí Cortés Soriano

21 de abril de 2019

Mientras vamos de camino, nos movemos entre las exigencias de la justicia y el don de la misericordia. Así es toda nuestra vida en la tierra. Igualmente la vida de la Iglesia.

Hay que decir que, si no fuera por el don de la misericordia, no podríamos sobrevivir. Porque, si bien muchos no saben reclamar otra cosa que “justicia”, ella sola, la justicia, ni es posible, ni es capaz de darnos la vida. Entre las injusticias que no dejamos de cometer y las que otros cometen dejando un rastro de víctimas; entre las pretendidas “soluciones” a base de normas, reformas y progresos materiales, el mundo seguiría siendo un desierto.

Hoy proclamamos bien alto que este drama, que determina nuestra historia y provoca tanto sufrimiento, acaba con el triunfo de la misericordia. Esto es lo que significa nuestra fe en la Resurrección de Jesucristo.

El mundo nuevo, la persona humana, la Iglesia nueva, no nacen de nuestros compromisos y buenas acciones, sino de Jesucristo resucitado. Porque solo en Él y por Él el Padre ha perdonado al mundo. La misericordia que Jesús practicó como hombre, aquí entre nosotros, ha obtenido la respuesta en la misericordia que Dios Padre ha derramado sobre el mundo, resucitándole de entre los muertos. Aquí radica toda novedad (y el cumplimiento de todos los sueños más profundos).

Esta verdad es el corazón de nuestra fe. Es lo que nos permite vivir cada día.

El libro del Apocalipsis fue escrito para devolver la esperanza a los cristianos que sufrían persecución y muerte. Este libro comienza con la contemplación de Cristo resucitado y glorioso, y acaba con la visión de la Ciudad Santa, llena de luz y resplandor: el mundo y la Iglesia resucitados. Así, nuestra mirada va desde el Resucitado a nuestra resurrección, desde Jesús de Nazaret victorioso a la Iglesia y el mundo nuevos. Detrás de la mirada va el corazón, donde radica la esperanza, la fuerza para seguir viviendo, la profunda alegría que devuelve la belleza al mundo. Hemos de desarrollar esta experiencia. Y pedir al Espíritu, no tanto que nos solucione los problemas, sino que en ese camino nos permita recuperar la alegría.

Pero, a fin de prevenir toda impaciencia y adelantarnos a cualquier protesta, el primer mensaje que escuchamos es aquel que nos advertía la carta a los Colosenses: la Iglesia, la comunidad de hermanos, que ya ha resucitado, permanece “oculta con Cristo en Dios, hasta que aparezca Cristo, vida nuestra, y ella junto a Él” (cf. Col 3,3-4). El cielo hoy, entre nosotros, es real, existe, aunque permanece escondido y en espera.

Como en Jesucristo. El cielo se hizo realmente presente en su humanidad, en su historia, en su corazón y en su cuerpo humanos. Pero no lo hizo aplastando a la humanidad, con su gloria, propia de Dios (como esperaban la mayoría de los judíos y hoy desearían muchos), sino que se ocultó bajo las formas de pobreza, sufrimiento, muerte y sacrificio de amor.

Que el Espíritu nos permita vivir esa gloria real, aunque escondida.

 

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