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Agustí Cortés Soriano

Agustí Cortés Soriano

18 de febrero de 2018

Los primeros pasos en el camino de la Cuaresma están determinados por la llamada que nos llega desde el desierto, diciéndonos “Venid aquí, recorred el camino de la libertad”.

Es una llamada de Dios mismo, de acuerdo con aquel deseo que Él manifestó a su pueblo por medio del profeta Oseas, utilizando la imagen del matrimonio: “Le seduciré, le llevaré al desierto y le hablaré al corazón” (Os 2,16). El desierto, en efecto, desde la experiencia del Éxodo, era camino de libertad y lugar del amor más puro, ese amor que desembocó en Alianza y en posesión de la Tierra Prometida.

La llamada se dirige, no sólo a cada uno de nosotros, sino también a la Iglesia como Pueblo de Dios caminante. A nuestra Iglesia concreta, precisamente a nuestra Diócesis.

Intuimos que somos llamados por Dios al desierto en un doble sentido. Por un lado, en el sentido de que creemos una atmósfera, un ambiente, de desierto (el silencio, la soledad, la conciencia de precariedad, el esfuerzo, la oración, etc.); por otro, en el sentido de que reconozcamos sincera y humildemente el desierto real, en el que estamos inmersos. En ambos sentidos, lo que Dios quiere es que “vivamos” espiritualmente, es decir, realmente, en desierto. En él hallaremos la verdad.

Al asumir como Iglesia esta invitación de Dios, resulta muy interesante recordar el pensamiento del escritor Fritz Hochwälder. Este autor, desde convicciones católicas, fue un hombre entregado al establecimiento de la justicia y la paz en la tierra. El argumento de su primera obra de teatro, titulada “El experimento santo” o “Así en la tierra como en el cielo”, se enmarca en las conocidas “reducciones” del Paraguay. Los jesuitas, según encargo del rey Felipe III, para librar a los indios nativos de las masacres a las que estaban sometidos por la ambición de los colonos, proyectaron la construcción de una sociedad (una civilización) que significara el Reino de Dios en la tierra. La historia de este extraordinario programa es conocida: con sufrimientos y vicisitudes sin número se mantuvo más de siglo y medio, hasta que sucumbió, víctima, sobre todo, de intereses políticos y económicos, del acoso de pueblos vecinos y también de contradicciones internas provocadas por la realidad de hechos inevitables: la necesidad de autodefensa militar, la ambigüedad de las conversiones, el riesgo de un régimen teocrático, etc. Hochwälder concentra el drama en los últimos momentos, cuando en la persona del provincial de los jesuitas, moribundo, expresa el gran reto de dar razón evangélica del fracaso y la pérdida de una obra tan inmensa. Ch. Moeller, comentando la escena, dice:

Es preciso que la Iglesia de Dios se despoje de las propias riquezas de Dios, que torne al desierto, a fin de que golpeada, perseguida, sufriendo hambre y sed, pueda asumir, desde el fondo de su destierro, la pobreza humana, aquella que se despertará un día con su rostro huraño apoyado en el hombro de Jesucristo. “¡Hijos míos!, dirá el provincial, Cristo no pone a cubierto a nadie. No da de comer, ni da vestido. Él mismo es pobre y está desnudo”. Pero Cristo es nuestra esperanza, porque Él es quien nos revela a Dios nuestro Padre.

Decimos con demasiada facilidad que “optamos por la construcción del Reino”. La Palabra de Dios, la historia y quizá el mismo Espíritu Santo, nos lleva al desierto para que veamos más claro, purificarnos y ser verdaderamente libres.

 

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