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Mons. Agustí Cortés Soriano

Mons. Agustí Cortés Soriano

30 de julio de 2017

No deberíamos dejar pasar la ocasión de pensar en lo que significa para uno mismo el tiempo de vacaciones. Esta cuestión es tan importante que, quien sepa responderla, sabrá qué es vivir, según él, y eso ya es mucho.

Solemos identificar las vacaciones con “el tiempo de descanso”. Las vacaciones, según esta manera de hablar, se entienden como la ocasión de compensar el cansancio (físico y psicológico) que produce el trabajo cotidiano. (Muchos que sufren el paro, ya desearían necesitar esta compensación.) Entonces, la vida puede convertirse en una sucesión aburrida de ciclos de “trabajo (esfuerzo, tensión, cansancio) – descanso (comodidad, relajación, recuperación)”. Aquí vendría esa pregunta tan frecuente: ¿trabajamos para vivir o vivimos para trabajar?

Hemos leído el interesante artículo del profesor Joan Carles Mèlich titulado “Filosofía del verano”. Hay que agradecer a la filosofía la ayuda que nos presta para vivir un poco más conscientemente lo cotidiano. En principio, como él dice, las vacaciones se entienden como el tiempo del deseo, tiempo abierto, no condicionado, frente al tiempo de la obligación. Sin embargo, reconocemos con él que muchas veces lo que llamamos el deseo está inconscientemente tan estructurado y condicionado, como el trabajo cotidiano. Lo ve en tres hechos concretos, propios de las vacaciones: el viaje, la lectura y el aburrimiento. El viaje en vacaciones parece ya una cosa impuesta. Lo malo es que muchas veces viajamos “llevando la casa a cuestas”, en realidad no salimos de casa y nada nos puede sorprender, seguimos en el mundo de siempre. Igualmente podemos leer sin aventura, sin novedad que cambie en algo la propia vida. El aburrimiento puede ser un tiempo deseado, pero insoportable si no hay iniciativa, creación, disposición a lo inesperado…

Ante estas reflexiones, que en gran medida son ciertas, uno no puede sino recordar la importancia que tiene para nuestra fe “el descanso” y la paz, como expresión de la plena felicidad, la plenitud humana. Dios descansó el séptimo día de la creación, estableciendo el día de descanso en la tradición judía; entrar en el descanso de Dios es la aspiración de toda la humanidad, impedida a los que tienen endurecido el corazón (cf. Sal 94,11). Y Jesús se dirigía a los judíos aplastados por el yugo de la Ley: “venid a mí los que estáis cansados y agobiados y hallaréis vuestro descanso” (Mt 11,29)…

¿Nos parece que estamos en otra dimensión; que nada tiene que ver esto con las vacaciones? Creemos que no. Las vacaciones son más que una necesidad psicológica; son más que la compensación evasiva del estrés.

Las vacaciones son un signo de que deseamos profundamente el paraíso. Y el paraíso que nos ha abierto Jesucristo nos es revelado como plenitud de amor.

Aquel profesor nos presentaba una manera de vivir el verano que nos permitiera “crecer” mediante el cambio real, la creatividad, la aventura, etc. Ojalá todos le hiciéramos caso. Pero crecer ¿qué significa; hacia dónde; en qué; cómo?

San Agustín, que sentía un fuerte atractivo hacia el denominado “santo ocio” (la compañía de los amigos, la lectura, el estudio, el trabajo en el campo y la oración) escribió, comentando la Primera Carta de San Juan:

“La culminación de todas nuestras obras es el amor. Ese es el fin; para conseguirlo, corremos; hacia él corremos; una vez llegados, en él descansamos” (10,4)

Quisiéramos que las vacaciones nos sirvieran para correr más y mejor hacia ese descanso.

 

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