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Agustí Cortés Soriano

Agustí Cortés Soriano

21 de octubre de 2018

Un año más celebramos la Jornada Mundial de la Evangelización de los Pueblos (DOMUND). El mensaje que ilumina nuestro compromiso misionera este año es “La misión cambia el mundo”. Un mensaje que sintoniza con el deseo, compartido por una gran mayoría de nosotros, de que el mundo realmente cambie.

Desde hace muchos años vivimos del prejuicio (muchas veces no confesado) de que todo cambio es a mejor. La necesidad de huir, del sufrimiento o del problema presente, nos lleva a olvidar la pregunta de si realmente la situación nueva será mejor. Nos ocurre esto incluso en la convivencia y las relaciones personales: cambio de domicilio, de amigos, de pareja, de trabajo, de ideas, etc.

Es verdad que la acción misionera de la Iglesia cambia el mundo. Recordamos que nos referimos a la misión en la frontera de la fe, la llamada “missio ad gentes”, es decir, la evangelización en los lugares donde la fe o la Iglesia no está establecida. ¿En qué sentido la misión cambia el mundo? Se trata de un cambio verdaderamente revolucionario.

Nos fijamos en la persona, en el misionero o la misionera, que entrega su vida a la evangelización. El cambio del que hablamos antes ha de estar en el misionero: su cambio personal hará posible el del mundo. El cambio, la revolución, se produce en el corazón del misionero: él es un creyente en Cristo, que, al vivir sinceramente su fe, siente un gran impulso a salir de sí mismo y abrirse al mundo entero para anunciar, comunicar el tesoro que lleva dentro. Un impulso casi irresistible, que rompe toda cerrazón, todo individualismo. Ya en esto se produce una gran revolución, pues la mayoría de las personas viven centradas en sí mismas, buscando solo la satisfacción de sus propias necesidades…

La salida de sí mismo, que es propia del misionero, tiene como objetivo llegar a la persona del otro, también a su corazón (como decía San Pablo a los corintios, a quienes había evangelizado: “Vosotros sois nuestra carta de recomendación escrita en vuestros corazones”, 2Co 3,2). Entonces, el cambio revolucionario se produce en aquellos que, por la palabra, el testimonio y la vida del misionero, llegan a creer en Cristo. En ellos también se produce el cambio del mundo.

En esto también hay una novedad. El individualismo que existe en nuestro mundo incluye aquella actitud que dice: “que cada uno piense y crea lo que quiera, siempre que no estorbe o perjudique a los demás…” El misionero no comparte esta postura, pues no se puede desentender de la vida de los otros: para él son hermanos, a pesar de la distancia física o cultural. Y sabe que, a pesar de reconocer sus valores, esas vidas no hallarán el camino de la verdad y la salvación si no se produce en ellas el cambio de mente y de corazón, que a él mismo le aportó la libertad y la paz.

Las misiones no tienen sentido si no partimos de la novedad radical que Jesucristo trajo al mundo. Esta novedad constituye lo esencial de todos los cambios que la fe cristiana ha producido y produce en la humanidad. Esa novedad viaja en cada uno de nosotros allá donde vivimos la fe con autenticidad, es decir, allá donde alcanza nuestro amor. El misionero es aquel cristiano que ha visto trasformado su amor hasta tal punto que decidió entregar a Cristo su vida, traspasando las fronteras, para servirle en las personas y en los pueblos que más necesitan vivir el cambio y la novedad de la fe.

Quizá nosotros amamos en ellos a los que están lejos y son también hermanos.

 

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