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Agustí Cortés Soriano

Agustí Cortés Soriano

8 de diciembre de 2019

Hemos hecho una llamada general a “crecer”, como idea fuerza de nuestra tarea pastoral. Crecer, ascender, es nuestra ilusión, porque entendemos que es lo que Dios espera hoy de nosotros. Pero la segunda palabra de Adviento desconcierta: “¡Convertíos!, ¡Allanad el camino!”

Esta palabra cambia el escenario imaginado. Desaparece aquella imagen de un pueblo fuerte y comprometido que sube hacia una cumbre utópica, hacia un mundo mejor conquistado solidariamente.

Esta segunda palabra de Adviento nos pone dos correctivos sorprendentes. Primero, que, en lugar de ascender, hay que allanar el camino. Esto quiere decir abajar lo que está alto y rellenar lo que está bajo, es decir, no se trata simplemente de que nosotros ascendamos, sino de que antes arreglemos el camino, lo dejemos expedito y transitable. Segundo, que el objetivo, la meta, no es llegar a la cima más alta, a modo de “conquista” de nuestro esfuerzo, sino facilitar un encuentro con alguien que se acerca por ese mismo camino que nosotros recorremos.

El cambio de escenario, lo que normalmente imaginamos para entender cuál es nuestra tarea, es tan importante que, si no lo conocemos y lo asimilamos, no viviremos la alegría de la salvación.

El gran luchador a favor de la causa obrera (y de todas las causas que reclamaban un compromiso de transformación social), que fue Guillermo Rovirosa, entró en la lucha social a raíz de haberse convertido a la fe: la doctrina social católica iluminaba su gran anhelo de cambiar el mundo. Pero, cumplidos ya sesenta años, afectado por las consecuencias del accidente en el que perdió un pie, escribe un libro íntimo, “El primer santo: Dimas, el ladrón”. En este libro narra su experiencia de “una segunda conversión”, la verdadera y profunda conversión. Él se siente “Dimas”, el buen ladrón que está crucificado junto a Jesús y se ve seducido por el amor que el mismo Cristo ha comunicado, a él precisamente, durante toda la pasión, hasta el punto de que se ve amado y perdonado de una forma absolutamente gratuita. Experimenta así una alegría inmensa e insospechada. Frente a Dimas hallará a Judas, el personaje antagónico, que tampoco le es ajeno en su vida pasada: es el gran luchador, revolucionario comprometido con la causa del pueblo, que siguió a Jesús, como el gran líder, con cuya fuerza y poder llevaría a cabo la revolución soñada. Judas, sin embargo, no encuentra sino la oscuridad, por no haberse dejado amar.

Guillermo Rovirosa puede resumir su experiencia diciendo que antes “vivía aun en el antiguo Testamento”, en aquella forma de esperar luchando a base de esfuerzos para cumplir la ley de la justicia. La “segunda conversión” consistía en abrirse, abrir los brazos para recibir el don, es decir, la persona de Jesús, que quiere compartir nuestra vida para ser encontrado como hermano y amigo.

Ahora entendemos mejor eso de “ascender mientras descendemos”. Porque el camino de Jesús fue, y es, un auténtico descenso de su gloria, para encontrarnos. Era lo que le pedía el amor auténtico. Nos enseñó así la vía de la humildad, es decir, el camino del verdadero crecimiento.

 

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