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Agustí Cortés Soriano

Agustí Cortés Soriano

26 de enero de 2020

Esa tensión, ese anhelo que nos hace ir desde el mero pacto hasta la comunión personal, pasando por la alianza y la presencia, viene iluminado por la Revelación del misterio de Dios. No solo “viene iluminado” sino que la Revelación da respuesta a esa ansia humana.

En realidad es un anhelo que está en la naturaleza humana, porque estamos hechos para la comunión de amor. De forma que bastaría con que investigáramos los anhelos más profundos del ser humano, para llegar a esa misma conclusión. El hecho de que exista ese anhelo continuo explica las frustraciones que habitualmente se dan en quienes esperan de la política, de la convivencia social humana, de las amistades, de la familia, del grupo, más de lo que ellas pueden dar de sí.

Decíamos que Dios, a la vista de los resultados de la Alianza Antigua y conociendo el corazón humano, buscó el “cara a cara”, la presencia junto al ser humano, para establecer con todos nosotros una relación personal. Tuvo que tomar para ello una carne humana como la nuestra: “Se encarnó por obra del Espíritu Santo”, proclamamos en el Credo.

Pero este tú a tú a través de realidades humanas no tenía otro objeto, sino llegar a establecer con nosotros esa relación de comunión soñada por la humanidad. Por eso nos llamó y nos llama a través de su humanidad. Una humanidad que era hace dos mil años, la de Jesús de Nazaret y hoy es todo lo humano que, según su voluntad, forma parte de su Iglesia. El mismo Espíritu que hizo posible la Encarnación es el Espíritu que anima y hace presente a Jesucristo en el mundo y la historia nuestra.

Ese paso de Jesucristo, la fe y la comunión con Él, hacia la Iglesia, la comunión entre hermanos se entiende fácilmente, si tenemos en cuenta que quien se siente amado y unido gratuitamente se convierte en fuente de amor y comunión. Hay un traspaso “casi automático” del mismo Espíritu de amor del creyente en Cristo a la comunidad de hermanos.

Es muy grave que nos olvidemos de la palabra “comunión” en nuestro lenguaje cotidiano dentro de la Iglesia y en la predicación. Detrás del silencio de la palabra, viene inexorablemente el olvido de la realidad misma, de lo que la palabra significa. No se puede sustituir con la palabra, más de moda, de “solidaridad” o “fraternidad”. Comunión es mucho más que lo que estas palabras, tan dignas, significan.

La realidad de la comunión, no solo es esencial en la obra salvadora de Dios, sino que también es la máxima aspiración de la humanidad. Porque es aquella forma de existir tan unidos que uno está en el otro y ninguno ve anulada su peculiar personalidad, una unidad tal que ninguno se entiende a sí mismo si no es en relación al otro, un vínculo tan estrecho que es indisoluble... Es la comunión que existe en la Trinidad.

No es una osadía insensata que la observación de los pactos políticos y sociales en general nos haga pensar en la Trinidad. Es algo que ocurre en el interior del creyente y que no se atreve a proclamar sin explicarlo bien en el contexto de “los que pueden entender”. Pero ese pensamiento resulta muy útil para mantenernos en esa sana tensión entre la crítica y el anuncio. Entendemos mejor el ser humano, recuperamos la serenidad y podemos proyectar el mañana con esperanza.

 

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