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Agustí Cortés Soriano

Agustí Cortés Soriano

22 de abril de 2018

No solemos fijarnos en el hecho de que la vocación en sentido cristiano es precisamente la llamada que nos dirige el Resucitado. Sin embargo, esto tiene una gran importancia.

Si bien el primer y principal problema que nos planteamos cuando hablamos de la vocación personal es que realmente cada uno viva su vida como respuesta a Cristo que le llama, no es menor la cuestión de los miedos, los complejos y las inseguridades, que se despiertan en el momento de concretar esa respuesta en la vida real.

Cada uno proyecta su futuro, ante todo, asegurando el éxito de su opción. Dicen que esta actitud, es lo que explica, por ejemplo, que pocas parejas decidan casarse; o que apenas se den “compromisos para toda la vida” en ámbitos importantes de la existencia… Se entienden desde aquí otros fenómenos, como la fuerte oposición de los padres con criterios ajenos al Evangelio a una posible vocación de un hijo o una hija, cuando éstos plantean una posible vocación que llamamos “especial” en la Iglesia, como el sacerdocio o la vida consagrada; y las profundas crisis que surgen cuando sobreviene algo absolutamente inesperado. Así mismo esto explicaría el éxito de las compañías de seguros…

La vocación cristiana, sin embargo, es siempre una voz del Resucitado. No es que la vocación cristiana sea contraria a la “seguridad”. Paradójicamente, quien la percibe como tal voz del Resucitado, experimenta firmeza y paz: el Resucitado desde los comienzos de la Iglesia transmitió una firmeza y una convicción a los que se iban convirtiendo y antes eran pusilánimes, que sorprendió “a la multitud”, como narra el libro de los Hechos de los Apóstoles. Lo que ocurre es que, al mismo tiempo esta voz suele ser algo no calculado, algo inesperado. Invita, además, a una vida que comporta arrojo y libertad. Es precisamente la firmeza en la confianza del Resucitado lo que permite lanzarse con libertad y osadía a realizar grandes cosas y lo que invita al riesgo de la entrega.

Desde este punto de vista, pensamos en principio que las vocaciones especiales en la Iglesia se han de dar entre los jóvenes, ya que ellos son los más propensos a lanzarse al riesgo y la aventura. De hecho siempre ha sido más frecuente entre los jóvenes la vocación al sacerdocio o la vida consagrada. La personalidad juvenil ayuda, pero estamos atentos a discernir si esta disposición nace de la inconsciencia o de un exceso de seguridad en uno mismo o, por el contrario nace de la seguridad en el Resucitado, cuyo amor ha vencido a cualquier forma de muerte.

En efecto, quien llama a arriesgar la vida es aquél, cuyo amor nunca podrá ser vencido, ni por cualquier forma de poder, de violencia, de sufrimiento, de fracaso, de pobreza, de peligro, ni por la misma muerte, como afirma San Pablo (cf. Rm 8,35-39).

Nos corresponde orar por las vocaciones en la Iglesia. Sobre todo por las vocaciones especiales, al sacerdocio y la vida consagrada. Pero también por “todas las vocaciones”, incluido el matrimonio y otras vías de amor arriesgado. Es decir, orar por que haya oídos y corazones capaces de escuchar y responder a la invitación del Resucitado, con arrojo y libertad, con firmeza y generosidad, con decisión y confianza.

Necesitamos escuchar los ecos de la voz del Resucitado en quienes se sienten así llamados, para que su presencia entre nosotros nos ayude a salir del miedo y de la molicie.

 

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