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Agustí Cortés Soriano

Agustí Cortés Soriano

16 de junio de 2019

Cuando detectamos fallos o defectos en la Iglesia, sea simplemente para criticarla, sea para reformarla con buena intención, olvidamos que la oscuridad solo se detecta si tenemos (o creemos tener) luz. En el fondo, olvidamos que la oscuridad solo es ausencia de luz.

Por eso, lo más importante es conocer la luz. La crítica a la Iglesia o los intentos de reformarla son correctos o no, según la luz que se tome como base para descubrir sus oscuridades. Además, tener claro cuál sea la luz, será decisivo a la hora de saber hacia dónde se ha de caminar en todo intento de renovación.

Fue un gran acierto que la última redacción del documento más importante del concilio Vaticano II, la Constitución sobre la Iglesia Lumen Gentium, comenzara recordando que Dios – amor, según nos reveló Jesucristo, es un solo Dios en Trinidad de personas. La Constitución, después de exponer el designio salvador del Padre, explica la misión del Hijo Jesucristo y del Espíritu, para acabar diciendo:

“Así, toda la Iglesia aparece como el pueblo unido por la unidad del Padre, el Hijo y del Espíritu Santo” (n. 4)

Es una expresión feliz tomada de la tradición (San Cipriano). Ya San Agustín había dicho que solo hallaremos perdón allí donde se comunica el amor de Dios, es decir, el amor del Padre, del Hijo y del Espíritu de una manera indivisible (Sermón 71,33). ¿Qué significa esto? Significa que cuando Dios determinó salvar la humanidad mediante su amor, lo hizo creando una comunión de amor como Él es en sí mismo. Solo que en este caso, es una comunión de amor ya en la tierra y entre los seres humanos. Y esto es propiamente la Iglesia.

Por tanto, la luz, esa luz que hace posible detectar las sombras y que nos guía en el camino de toda reforma, es esa comunión de amor que existe en la Trinidad. Más aún, esta es la luz que necesita el mundo. Así comienza el documento fundamental del concilio Vaticano II:

“Cristo es la luz de los pueblos. Por eso, este sagrado Sínodo, reunido en el Espíritu Santo, desea vehementemente iluminar a todos los hombres con la luz de Cristo, que resplandece sobre el rostro de la Iglesia” (n. 1)

Hay luz donde hay comunión de amor. Esa comunión de amor, que naciendo del Padre, se comunicó por medio del Hijo Jesucristo y se expande a todos los pueblos a través del Espíritu. La Iglesia no es la luz, pero sí su reflejo; es y ha de ser, reflejo en el mundo y en la historia concreta, de esa misma comunión de amor.

El libro del Apocalipsis, que nos ha acompañado como un profeta vivo y clarividente, en la búsqueda de una nueva Iglesia, nos dice:

“Las naciones caminarán a luz de la ciudad y los reyes del mundo le traerán sus riquezas” (Ap 21,24)

Una comunión de amor, la unidad en la diversidad de personas, que brilla infinitamente en Dios, y que irradia en una comunidad humana abierta a todo pueblo, cultura y nación, constituye una luz atrayente y seductora para todo el que busque salvación. Aspiramos a esa luz, con ella descubrimos las sombras y hacia ella caminamos.

 

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