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Mons. Agustí Cortés Soriano

Mons. Agustí Cortés Soriano

21 de mayo de 2017

La ruptura que llevó a cabo el Espíritu Santo, la novedad revolucionaria del cristianismo, consistió en el derribo  de las barreras que limitaban la fraternidad en las fronteras de Israel, como un privilegio nacional.

Con ello no se establecía una especie de fraternidad universal (todos somos hermanos) como proclamó la Revolución Francesa, la Ilustración y otros ideales políticos. Lo que nació fue una nueva humanidad, que se accedía por medio de un "nuevo nacimiento" (como dice el Evangelio de San Juan: Jn 3.3), la transformación en "un hombre nuevo" (como dice San Pablo: cf. 1Cor 15; Rm 5). Este acceso a la nueva humanidad se producía por medio de la fe, el agua y el Espíritu (la fe y el bautismo): el resultado era una nueva familia, un nuevo parentesco entre hermanos, que lo eran porque tenían el mismo Padre. Quien nos había otorgado esta posibilidad fue Jesucristo, el Hijo, regalándonos su propio Espíritu (cf. Rm 14,17).

Es como si un hijo, abría la puerta de su casa, saliera a las calles y, tomándolos de la mano, invitara a entrar a todos los que fuera encontrando heridos, abatidos, solitarios, abandonados, para que pudieran disfrutar de la calidez de su propio hogar. Eso propiamente es lo que quiere decir la frase "somos hijos en el Hijo". En el caso de nuestra reflexión, tenemos que decir "somos hermanos en el Hermano".

Es el caso de la Carta a los Hebreos, donde hay una observación, muy esclarecedora para el tema que tratamos. Después de recordar que, por medio de su sufrimiento, Jesús llevó muchos hijos a la gloria, dice:

"Tanto el que santifica, como los que son santificados tienen un mismo origen; por esta razón, no se avergüenza de llamarlos hermanos "(Hb 2,11)

Cada vez que oigo esta palabra me acuerdo de una chica, conocida desde muchos años, que toda su vida tuvo que sufrir un trauma profundo. Nació con una deficiencia física, que en ciertos ambientes, ante muchas personas, causaría burla, como en efecto le había sucedido más de una vez. Incluso había sido privada de la educación y la enseñanza (incluyendo el aprendizaje de lectura y escritura), según la convicción de que no era capaz de asimilar cualquier formación o no le serviría de nada. Lo peor de todo era que esta mentalidad regía a su familia: precisamente el padre y dos hermanos se avergonzaban de ella y la había "escondido" en casa la mayoría del tiempo. La integración en la comunidad cristiana de la parroquia fue para ella una liberación real, aunque el sufrimiento todavía seguía estando en su casa.

Jesús no se sentía avergonzado de nuestras profundas deficiencias, esas que merecerían desprecio y burla. Las compartió con nosotros, "haciéndonos sus hermanos".

La comunidad cristiana, que nace de la fe y el bautismo, es una comunión salvadora, también en un sentido pleno: quien se siente integrado y tratado como un hermano, tiene un amor particular que le renueva y le llena de luz. Pero esto sólo es posible en una comunidad de hermanos absolutamente abierta, es decir, no pone condiciones para el amor.

La nueva fraternidad tiene vocación de universalidad. Aunque todavía no lo sea, tiene dentro de ella el germen del amor, que apunta por él mismo a abrazar a todo el mundo. Quiere ser hogar para todo ser humano, particularmente de los más abandonados y necesitados.

Aunque la gente nos muestre a veces una cara realmente inhumana, no nos avergonzaremos de amar a todos como hermanos. Por esta razón hemos nacido de nuevo.

 

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