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Josep Àngel Saiz Meneses

Josep Àngel Saiz Meneses

18 de febrero de 2018

Hemos comenzado una nueva Cuaresma, tiempo privilegiado para la conversión, para la renovación del corazón. El camino cuaresmal de hecho es una peregrinación interior hacia Dios en la que Él mismo nos acompaña a través del desierto de nuestra pobreza y pequeñez, y nos sostiene en  la esperanza de llegar a la celebración de la Pascua y de llegar un día a la  Pascua eterna en la Jerusalén celestial. La cuaresma nos ayuda a mantener el sentido peregrinante de la vida, porque en definitiva, la  vida humana es como un camino que va del nacimiento a la muerte. Llegamos al mundo como los más necesitados y desvalidos seres de cuantos se afanan por sobrevivir; seres absolutamente contingentes, causados. Es decir, como hombres que caminamos acogidos por unos padres que nos cuidan y acompañan mientras dura el período de crecimiento personal. Al nacer somos una pequeña realidad con la esperanza de que todas nuestras potencialidades se vayan desarrollando a lo largo de la vida; somos una maravilla en potencia, y a la vez somos pura dependencia.

La historia de la humanidad está entretejida y atravesada por el éxodo, por la itinerancia, por la peregrinación,  y en esa historia el ser humano aparece como homo viator. Se trata de una dimensión constitutiva de la vida humana. Homo viator es el hombre que sigue un camino, el hombre que hace camino, el hombre que está en camino; un nómada, un viajero en esta tierra; por un lado, el camino material del viajero que se desplaza de un lugar a otro; por otro lado, el camino espiritual de quien hace de su vida una búsqueda de perfección y de desapego respecto al mundo, como un tránsito hacia la morada definitiva del cielo. Este concepto sintetiza y expresa la esencia antropológica del ser humano y del viaje. Nuestra vida es un largo camino, lleno de dificultades y encrucijadas, que transcurre entre el nacimiento y la muerte.

La especie humana se caracteriza por su condición viajera y  por ser consciente de las expectativas y las oportunidades que ofrece el viaje. Las otras especies se desplazan puramente  por instinto. El ser humano entiende y vive el desplazamiento como una búsqueda, como un camino hacia una meta concreta, como una experiencia que le afianza en la realidad de su propia existencia. A través de los tiempos, el ser humano aparece como el caminante que tiene sed de nuevos horizontes, que tiene hambre de justicia y de paz, que busca la verdad y el sentido de su existencia, que anhela el amor y vive en apertura existencial al absoluto, al trascendente.

El camino se ha convertido a lo largo de la historia en una reiterada metáfora filosófica que se inicia en los filósofos presocráticos y llega hasta la modernidad. El hombre se vio a sí mismo no sólo como animal creado, sino como caminante, con senderos que se abren bajo sus pies en todas las direcciones. La vida humana es camino porque la especie humana es un ser en camino, en tránsito fugaz antes de alcanzar su verdadero destino: la ciudad celeste. La fundamentación doctrinal de la vida como camino se la debemos, sobre todo,  a san Agustín. Según él nuestro paso por el mundo no es un fin en sí mismo, es más bien un tránsito fugaz y efímero antes de llegar a nuestro verdadero destino. Según esta concepción, el ser humano es un homo viator, un ser cuya condición de caminante, de peregrino hacia un destino superior, es la que mejor lo define; una visión que es del todo  armónica con la visión lineal del tiempo y de la historia del judeo-cristianismo.  Con estas reflexiones os invito a caminar por los senderos de la Cuaresma de este año.

 

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