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Josep Àngel Saiz Meneses

Josep Àngel Saiz Meneses

21 de abril de 2019

¡Santa Pascua de Resurrección a todos! ¡Cristo vive y es nuestra esperanza! Hoy quiero hacer referencia a la Exhortación Apostólica postsinodal del Santo Padre Francisco Christus vivit, dedicada a los jóvenes, fruto de la XV Asamblea Ordinaria General del Sínodo de los Obispos que se celebró del  3 al 28 de octubre de 2018, que fue presentada el pasado dos de abril. Las dos primeras palabras del texto, que se convierten en el título de la exhortación, resumen su contenido y nos ofrecen una clave hermenéutica para interpretar todo el texto. El mensaje fundamental que el Papa quiere transmitir, tal como se destacó en la presentación,  es que Jesucristo no pertenece solo al pasado, sino también al presente y al futuro, porque Él es la Vida eterna. Por eso, cada generación de creyentes descubre en él un contemporáneo y un compañero de camino.  El Papa Francisco ha querido que la publicación de este documento tenga lugar en el aniversario de la muerte de San Juan Pablo II, el Papa que escribió la primera Carta a los jóvenes del mundo en 1985, con ocasión del Año Internacional de la Juventud.

¡Cristo vive y es nuestra esperanza! En el capítulo cuarto de la mencionada Exhortación Apostólica el Papa se refiere al gran anuncio que debemos escuchar atentamente: que Dios es amor, que Cristo te salva y vive, que el Espíritu da vida.  Dios es misericordia, es Amor, nos ama personalmente. La Buena Nueva del Evangelio es que somos hijos de Dios. Estamos llamados a contemplar y a vivir la experiencia del amor de Dios, a contemplar y  hacer experiencia de Dios Padre misericordioso. Estamos llamados a vivir y a ser testimonios de esta experiencia de filiación. También contemplamos la grandeza del ser humano, que es dignificado hasta el punto de ser hijo de Dios, llamado a formar una familia en fraternidad y comunión. Por último, tenemos que vivir la actitud filial confiando plenamente en el Padre y en su providencia amorosa, “como un niño en brazos de su madre” (Sal 130, 2).

Cristo nos salva. Entregó su vida en la cruz para salvarnos; dio la vida por todos y por cada uno de los redimidos. Con san Pablo podemos repetir: «Vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Ga 2,20). Desde la contemplación de la cruz percibimos el inmenso amor de Dios a todas las personas, de todos los lugares, de todos los tiempos. Un amor infinito, encarnado en la actuación misericordiosa de Jesús, que alcanza en la cruz su máxima realización. Lo que da valor redentor a la crucifixión no es tanto el dolor padecido sino el amor inmenso de Dios que no se detiene ante el sufrimiento máximo. Lo que salva a la humanidad  es el amor infinito de Dios encarnado en esa muerte. Pero el Crucificado "resucitó al tercer día, según las Escrituras" (1Cor 15, 4). La Resurrección del Señor es, en definitiva, su consagración como el Salvador, como el Señor que conquista la vida y domina ya sobre la misma muerte, que ha sido vencida.

El Espíritu da vida. Es el principio vivificante de la Iglesia, el “alma de la Iglesia”, el “corazón de la Iglesia”. La caridad cristiana es un amor sobrenatural, y es el horizonte donde el Espíritu Santo coloca a los fieles de Cristo; también  ese mismo Espíritu promueve en nuestro interior una auténtica oración cristiana, viene en ayuda de nuestra flaqueza para enseñarnos a pedir lo que nos conviene; es creador de unidad dentro de la comunidad cristiana a través del vínculo del amor, y también impulsa a entablar relaciones de caridad con todas las personas, sin discriminar a nadie. El Espíritu Santo prepara los corazones para recibir el anuncio salvador y los dinamiza para que den frutos propios de la vida pascual: amor, paz, paciencia, afabilidad, bondad, lealtad, modestia, alegría (cf. Ga 5, 23). ¡Santa Pascua una vez más a todos vosotros!

 

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