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Mons. Josep Àngel Saiz Meneses

Mons. Josep Àngel Saiz Meneses

30 de julio de 2017

Un saludo cordial desde Portugal a toda la familia diocesana. Me encuentro en el santuario mariano de Fátima, participando en la IV Peregrinación Diocesana de Jóvenes con 200 jóvenes, 15 sacerdotes y el Obispo Auxiliar. Hemos venido a este lugar en el que María, la Madre, quiso hablarnos de un modo particular a principios del siglo XX.  Hemos venido para congregarnos en su presencia como familia y para implorar su protección maternal. En el año del centenario de las apariciones  hemos querido peregrinar hasta este santo lugar  para volver después como apóstoles y evangelizadores. Con el lema “guiadnos hacia el cielo” vamos haciendo camino y profundizando en nuestra relación con Dios, con María, con la Iglesia y con el mundo.

Hace cien años, el 13 de mayo de 1917, la Virgen María se apareció en este lugar a tres pequeños pastores: Lucía, Jacinta y Francisco. Les invitó a ofrecerse como víctimas de reparación y se ofreció a guiarlos hasta Dios. Entonces, de sus manos maternas salió una luz que penetró en su interior,  y les hizo sentirse sumergidos en Dios. La Iglesia ha dado su aprobación a la realidad de estas apariciones.  El beato Pablo VI visitó Fátima en la celebración del cincuentenario; san Juan Pablo II peregrinó  un año después de sufrir un atentado en la plaza de San Pedro, y consagró a la Iglesia y a todos los pueblos al Inmaculado Corazón de María; volvió en el décimo aniversario del atentado, y en su tercera visita, el 13 de mayo del 2000, beatificó a Francisco y Jacinta, con asistencia de Sor Lucía y de una multitud de peregrinos. Benedicto XVI también visitó Fátima (12/13-V-2010), consagrando a la Virgen especialmente a todos los sacerdotes de la Iglesia. Recientemente, el hecho de que el santo padre Francisco haya canonizado a Jacinta y Francisco (13-05-2017), refuerza la aprobación de la Iglesia a las apariciones de Fátima.

¿Cuál es el mensaje? El mensaje de la Virgen de Fátima es una invitación a la penitencia, a la conversión y a la oración. Hoy día se mantiene vigente, más aún, se puede decir que es urgente que sea llevado a cumplimiento. Nos encontramos inmersos en un proceso de secularización aparentemente imparable, y en parte del antiguo Occidente cristiano no es exagerado afirmar que se ha llegado a una visible apostasía. Por otra parte, la Iglesia sufre hoy fuertes persecuciones exteriores, procedentes de corrientes antiguas y modernas que van configurando una cultura cada vez más refractaria a Dios y al mensaje cristiano; y también  sufre hoy la Iglesia por las infidelidades que se dan en su propio interior.

El camino de la conversión, la penitencia y la oración  es el buen camino, aunque en ocasiones cueste mantener el rumbo o superar las tentaciones que se hacen presentes. Toda nuestra vida ha de ser un camino de renovación, de crecimiento, de inmersión en Cristo, un proceso constante de transformación interior y de progreso en el conocimiento y en el amor del Señor. Es preciso que se reavive su gracia en nuestros corazones para que podamos pasar de la muerte a la vida, de la oscuridad a la luz, de la hipocresía a la verdad, de las discordias a la unidad. María, Madre de Dios y Madre nuestra nos sigue llamando hoy con renovado amor a la conversión, a la oración y la penitencia. Aquí hemos puesto a sus pies nuestros gozos y esperanzas, nuestros sufrimientos y trabajos, y le hemos pedido por la conversión de nuestra diócesis y del mundo entero.

 

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