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Josep Àngel Saiz Meneses

Josep Àngel Saiz Meneses

8 de diciembre de 2019

 

 

Hace poco más de un mes, el lunes 4 de noviembre, tuve el gozo de presidir la misa en la iglesia de Sant Pere de Terrassa con motivo de la visita de las reliquias de Santa Bernardette, aquella joven humilde y sencilla que se encontraba cerca de la gruta de Masabielle, en Lourdes, cuando según relata ella misma, se le apareció una “dama vestida de blanco” el día 11 de febrero de 1858. Aquella Señora le fue transmitiendo diversos mensajes a lo largo de las apariciones hasta que al final se identificó a ruegos de la pequeña Bernardette, y el 25 de marzo le dijo: “Yo soy la Inmaculada Concepción”.   

Hacía pocos años que el papa, el beato Pío XI, había proclamado el dogma de la Inmaculada Concepción, concretamente el 8 de diciembre de 1854 con la bula Ineffabilis Deus cuando afirmaba: “...declaramos, proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano, está revelado por Dios y debe ser por tanto firme y constantemente creída por todos los fieles ...”. Sólo cuatro años después de esta solemne proclamación magisterial, Bernardettte escuchó directamente esas palabras en la aparición de la Virgen María.

No sólo pues la Iglesia ha proclamado que María es inmaculada desde su concepción sino que Bernardette nos recuerda que ella misma lo ha comunicado al ser humano en un entrañable diálogo de madre a hija. Hoy nosotros lo celebramos con toda solemnidad, como cada año, en medio del camino que nos prepara para la celebración de la Encarnación y Nacimiento del Hijo de Dios. Precisamente el evangelio de este día nos refiere el momento en el que Dios se hace carne humana gracias al sí de María al arcángel Gabriel.  

La anunciación es el punto de partida del camino de fe de la Virgen María, preservada de la mácula original. Tiene lugar en un clima de oración, de silencio y de misterio y supone una irrupción poderosa e impensable de Dios en la vida de María. El ángel le anuncia un mensaje desconcertante: la propuesta de convertirse en la madre del Mesías. Es la propuesta de Dios, que abre al ser humano y a la historia humana unas dimensiones infinitas. Ella responde aceptando el plan de Dios, dando su consentimiento humilde y generoso. En su respuesta no hay otra seguridad que su confianza en la Palabra de Dios. Responde con una fe absoluta, una fe que desempeña un papel decisivo en este momento único e irrepetible de la historia de la humanidad. En este momento María inicia un camino de fe y de unión con su Hijo que mantendrá hasta el final, que la llevará al calvario y finalmente a recibir la gran noticia de la Resurrección.

La Virgen María nos acompaña en el camino de la vida. Desde el calvario María queda convertida en madre de todos los seres humanos; su maternidad establece un nuevo signo del gran amor que impulsó a Jesús a entregar su vida por la salvación de todos los hombres. Y ella ejerce esa misión maternal para con todos nosotros. A través de Bernardette, aquella que es proclamada Inmaculada Concepción, nos indicó como tenemos que vivir para ser fieles a Aquel que también a nosotros nos ha creado y redimido: desde la conversión, la oración, la penitencia y la atención a los más necesitados.  He ahí el mejor camino para prepararnos para celebrar el Misterio del Nacimiento del Hijo de Dios.

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