Fecha: 24 de enero de 2021

«Dios, que comenzó en ti la obra buena, Él mismo la lleve a término”. Estas son las palabras del ritual de ordenación de obispos que se le dijeron hace 50 años, al joven presbítero tarraconense que, nombrado por el Papa S. Pablo VI, llegaba a Urgell como Obispo de nuestra Diócesis y Copríncipe de Andorra (y en 2001 fue nombrado Arzobispo «ad personam«), Mons. Joan Martí Alanis (El Milà, 29 de noviembre de 1928 – Barcelona, ​​11 de octubre de 2009). Y ahora más que entonces podemos dar testimonio con agradecimiento de que el Señor fue llevando a término la obra buena de aquella consagración episcopal en el hombre que se ofrecía del todo, hasta su último aliento de vida. Se entregó por completo en un largo pontificado desde 1971 hasta 2003, y después fue obispo emérito hasta su muerte en Barcelona, ​​el 11 de octubre de 2009. Yo pude convivir y colaborar con él como Obispo Coadjutor suyo durante dos años, aprendiendo mucho de sus virtudes y de su gran maestría.

Hoy os invito a todos los diocesanos y a todos los que amábamos al Arzobispo Joan, a dar gracias a Dios por el don de aquella vida entregada en servicio nuestro como Obispo y a la vez Jefe de Estado de Andorra. El Señor nos regaló en su persona un gran sucesor de los Apóstoles, una imagen viva y concreta del Buen Pastor, para que guiara nuestra Diócesis durante 32 años. Glosaré algunos aspectos de su rica personalidad y de su misión en medio de nosotros.

  1. Fue un hombre de fe, recibida y vivida ya desde muy pequeño, con su hermana Rosa, que aún vive en Barcelona, ​​y su hermano Antoni difunto, con sus padres y con todos los suyos de El Milà. Igualmente en el Seminario de Tarragona, presbiterio en gestación que le iba configurando. Un presbiterio insigne, el de Tarragona, que lo acogió y del que él también fue honorable miembro: fue Vicario episcopal, profesor y director generoso, pastor lleno de celo. El Arzobispo Joan fue un gran creyente; sin exageraciones, a la catalana, con una piedad sincera, auténtica, lo saben bien los que lo conocían y trataban.

 

  1. Fue un hombre de cultura, que amó la lengua y la cultura catalanas. Después Dios le llevó a ser Jefe de un Estado, el único en el mundo, que tiene la lengua catalana como única lengua propia y oficial. Un gran humanista que ya antes y después de recibir el episcopado trabajó por Cataluña y por Andorra, su nuevo País. Licenciado en lenguas clásicas en la Pontificia Universidad de Salamanca, y diplomado en filología inglesa y francesa, también aprendió y se dedicó a los medios de comunicación social. Amante de las artes, de la pintura en especial, que cultivó en la edad madura, fue miembro de la Reial Acadèmia Catalana de Belles Arts de Sant Jordi. Pintó mucho nuestro querido Pirineo. Un hombre atento a los signos de los tiempos para poder responder adecuadamente hasta el final, hasta el último momento. Gran lector de libros que luego regalaba a los sacerdotes.

 

  1. Fue un hombre de Iglesia, que aplicó con prudencia, inteligencia y caridad pastoral el espíritu y la letra del Concilio Vaticano II en Urgell, en todos los ámbitos que el Concilio reclamaba, ya que es «brújula que nos debe orientar en el siglo XXI», como dijo S. Juan Pablo II. Vivió el Concilio como ilusionado joven sacerdote y lo aplicó en el postconcilio en Tarragona y sobre todo como Obispo en Urgell, promoviendo la transformación eclesial querida por Dios. Él conduce la Iglesia con la acción misteriosa de su Espíritu Santo y la colaboración de los pastores.