Fecha: 21 de febrero de 2021

Estimados y estimadas,

En el documento publicado el mes pasado por los obispos de Cataluña, se encuentra todo un capítulo dedicado a la Palabra de Dios como centro de la vida de la Iglesia. «El gran libro de la revelación de Dios ―afirmamos los obispos― es la Escritura, y por eso ésta ocupa un lugar central en la vida de la Iglesia. La Biblia es el libro de los libros, ya que Dios ha querido expresarse en ella por medio de su Espíritu, el cual ha guiado los lenguajes humanos y los ha ennoblecido para que pudieran narrar las maravillas de Dios, sus hazañas poderosas y su amor fielmente mantenido». Uno de los rasgos del rostro que debe tener la Iglesia, y que sale del mismo Concilio Tarraconense, es el de unas comunidades cristianas fundamentadas en la Palabra de Dios. Afortunadamente, y sobre todo desde el Vaticano II, ha ido en aumento la convicción de que la Palabra de Dios, «leída en el interior de la gran Tradición de la Iglesia», es el nervio de la identidad cristiana.

Jesús de Nazaret fue educado en la escuela de los Salmos y, en Él, la «Palabra» llega a su culminación. Él es la «Palabra», como afirma el prólogo del Evangelio de san Juan. Su Madre, María, con la lectura del Antiguo Testamento, orando en comunidad ya solas con la Escritura en la mano, fue irrigando el pensamiento y el corazón hasta ser capaz de decir aquel «» incondicional y definitivo a la voluntad de Dios. En la resolución 50 del Concilio Tarraconense leemos: «La plegaria con palabras de la Escritura es, tradicionalmente, la más excelente: respondemos a Dios con sus mismas palabras. Por eso los salmos son, desde los inicios, la plegaria preferida de la Iglesia, junto con el padrenuestro».

Sin embargo, para entrar en el estilo de la Sagrada Escritura hay que estar iniciado. Por ello, los obispos, en el documento mencionado, «nos planteamos retomar y desarrollar la resolución 57 del Concilio Provincial Tarraconense, donde se habla de la necesidad de potenciar “la lectura espiritual y eclesial de la Sagrada Escritura”». Y añadimos: «La escucha compartida de la Palabra de Dios contribuirá al reforzamiento de la vida espiritual de nuestras parroquias y comunidades, a la profundización de la fe en Cristo, a la consolidación de su Evangelio y a la solidez del amor fraterno». Precisamente, el papa Francisco, en el mensaje para la Cuaresma de este año, hecho público el miércoles pasado, nos afirma que «acoger y vivir la Verdad que se manifestó en Cristo significa ante todo dejarse tomar por la Palabra de Dios, que la Iglesia nos transmite de generación en generación».

De ahí que el rostro de la Iglesia, signo de Jesucristo en el mundo, debe convertirse en un rostro irrigado por la vida que nace de la experiencia de fe en el Dios de Jesucristo, un Dios providente, celoso y fiel que, sin ahorrarnos los altibajos de la vida, nos acompaña siempre: «yo estaré contigo», «yo estaré a tu lado», nos hace decir por medio del texto bíblico con frecuencia, aunque la mayoría de las veces lo hace en el silencio. El rostro de la Iglesia debe ser un rostro que proyecte una experiencia de fe en el Dios acogedor, que se adelanta a perdonar, que ha dado a su Hijo para que tengamos vida y la tengamos en abundancia.

La Palabra de Dios es la piedra de toque para la identidad del seguidor de Jesucristo, que lo hace apto para un diálogo sincero y constructivo con el mundo.

Vuestro,