Fecha: 19 de diciembre de 2021

Estimados y estimadas. Al término del camino de Navidad nos encontramos con Jesús. Lo hemos ido recordando estos domingos de Adviento. En el prólogo de su Evangelio, San Juan anuncia que Jesús es la Palabra de Dios hecha carne: «La Palabra se ha hecho carne y ha habitado entre nosotros» (Jn 1,14), escucharemos en el Evangelio de la Misa del día de Navidad. En Jesús, Dios se manifiesta quien es. Jesús es la verdad de Dios, la transparencia de Dios.

En Jesús nuestras palabras tienen un modelo de lo que debe ser la palabra de la persona humana: manifestación, transparencia y fuerza de lo que llevamos dentro. Dios nos ha dado el don de la palabra para iluminar, no para esconder. Debemos tenerlo especialmente presente en nuestro trabajo sinodal. Si mentimos, cambiamos la finalidad de la palabra y ofendemos a quienes nos la han dado. Para recorrer el camino de Navidad es necesario hacer un buen uso de los regalos de Dios. El engaño divide a la misma persona que quiere engañar. Rompe su armonía interior indispensable para que genere paz. La mentira hace que la persona no se atreva a llegar al fondo de sí misma, porque sabe que pisa un terreno roto. «Yo miento y no tengo mala conciencia», dice o piensa la persona que se atreve a mentir. Señal de que ha llegado a un estado de amoralidad. Quien ha perdido el gusto del paladar se tragará alegremente una comida corrompida. Pero tarde o temprano le hará daño. El engaño, la mentira, deshacen la convivencia social. Lo dice suficientemente la experiencia: «De esa persona, de ese estamento yo no me fío, porque dice lo que le conviene según sus intereses». La mentira es un corrosivo de la sociedad.

Puede engañarse también con la conducta. Con el comportamiento expresamos nuestras intenciones. Cuando no es así, mentimos. La palabra pide verdad y la conducta no pide menos. Jesús llega a decir que el diablo es el padre de todo mentiroso, y añade: «Desde el principio… no se mantuvo en la verdad, porque en él no hay ni rastro de verdad. Cuando miente, habla con propiedad, porque es mentiroso y padre de la mentira» (Jn 8,44).

En la Carta apostólica Patris corde sobre San José, el papa Francisco escribe: «El dedo que señala y el juicio que hacemos de los demás son a menudo un signo de nuestra incapacidad para aceptar nuestra propia debilidad, nuestra propia fragilidad. Sólo la ternura nos salvará de la obra del Acusador (cf. Ap 12,10). Por esta razón, es importante encontrarnos con la Misericordia de Dios, especialmente en el sacramento de la Reconciliación, teniendo una experiencia de verdad y de ternura. Paradójicamente, incluso el Maligno puede decirnos la verdad, pero si lo hace, es para condenarnos. Sin embargo, sabemos que la Verdad que viene de Dios no nos condena, sino que nos acoge, nos abraza, nos sostiene, nos perdona».

El camino que lleva a Belén es un camino de sinceridad. José y María eran pobres, pero eran transparentes. A Belén no se llega cuando se carece de sinceridad; resultaría un Belén de burla. Y el Jesús de Belén es la Palabra de Dios.

Vuestro,