Fecha: 13 de noviembre de 2022

Estimadas y estimados, hoy, por iniciativa del papa Francisco, celebramos la Jornada Mundial de los Pobres, que llega ya a la sexta edición. Como lema, el mensaje del papa reproduce el pasaje de la segunda Carta a los Corintios, en la que, con la afirmación «Cristo se hizo pobre por nosotros» (2 Co 8,9), el apóstol se dirige a los primeros cristianos para fundamentar el compromiso solidario con los hermanos necesitados. Pero también el pasaje y la propia Jornada, dice el Papa, se convierten en «una sana provocación para ayudarnos a reflexionar sobre nuestro propio estilo de vida», que no debe ser otro que imitar a Cristo.

A propósito de esta Jornada, quisiera reflexionar sobre este «estilo de vida» propuesto por Cristo mismo. El Concilio Vaticano II, en el pasaje más importante dedicado a la Iglesia y la pobreza, por tres veces seguidas se afirma que «así como ha hecho Cristo», «así debe hacer la Iglesia» (LG 8). Y, además, en el decreto sobre la actividad misionera, el Concilio volverá con la misma argumentación, afirmando que quien hará avanzar a la Iglesia «por el camino de la pobreza» será la docilidad al Espíritu del mismo Cristo (AG 5).

La pobreza evangélica, más que una norma o una ley, es esencialmente teologal, es un acto de fe, es el ejercicio de una dependencia que transforma las relaciones con los hermanos, es un «camino» hacia Cristo, un escuchar su Espíritu, un participar en su misterio. El resorte positivo del espíritu de pobreza, como toda vida cristiana auténtica, siempre va más allá de la ley. Lo dice claramente un escrito del siglo II, cuando describe lo que son los cristianos: «[Estos] observan las leyes promulgadas, pero con su vida van más allá de las leyes […]. Son pobres, y enriquecen a muchos. Les falta todo, pero nadan en la abundancia» (Carta a Diogneto, V,10.13). El espíritu de pobreza se encuentra siempre en relación con la noción de la libertad, que no es otra que la libertad de los hijos de Dios, dado que tanto individual como eclesialmente, la pobreza evangélica implica una doble liberación: por un lado, liberación de la obsesión por las riquezas ―tanto de las que se tienen como de las que no se tienen― y, en segundo lugar, la liberación de la esclavitud de la miseria que puede haber a nuestro alrededor. Éste es el verdadero «poder» del «no poder» de la pobreza, la libertad de los hijos de Dios.

La invitación a seguir a Jesús, que optó preferencialmente por los pobres y desvalidos, implica para todos los bautizados una conversión constante al espíritu de las bienaventuranzas evangélicas. Éste es el gran trabajo a realizar en la vida de la propia Iglesia, convirtiéndose en un testimonio clave para el anuncio del Evangelio. Además, se trata de un don que siempre debe pedirse por medio de la oración. Tan sólo desde esta óptica, se podrá cotejar adecuadamente uno de los grandes retos que tiene la Iglesia en los momentos actuales, que es la de dar respuesta, en el marco de la fe, a la situación de los marginados en la tierra, de los explotados del tercer y cuarto mundo; y, al mismo tiempo, hará creíble el testimonio cristiano en la sociedad actual.

Vuestro.