Fecha: 16 de junio de 2024

Estimadas y estimados. Este año la Iglesia se está preparando para la gran fiesta jubilar del Año Santo de 2025. Como ya indicamos, es voluntad del Papa Francisco que esta antesala del Jubileo sea «un año intenso de plegaria», haciendo del Padrenuestro el verdadero programa de los seguidores de Jesucristo. De aquí que a comienzos de año dedicáramos ocho Cartas Dominicales a glosar su contenido. Pero también, era voluntad del Papa que, en el marco de una Iglesia «llamada a intensificar su compromiso sinodal», volviésemos al magisterio genuino de los textos del Concilio Ecuménico Vaticano II (1962-1965). Sobre todo, sus cuatro Constituciones, junto con el Magisterio de los últimos decenios, «seguirán orientando y guiando al pueblo santo de Dios, para que progrese en la misión de llevar el anuncio jubiloso del Evangelio a todo el mundo» (Carta del Papa a Mons. Fisichella, para pedirle organizar la fiesta jubilar del Año Santo de 2025).

Por este motivo, a partir de este domingo, como hicimos con el Padrenuestro, dedicaremos unas cuántas Cartas Dominicales a glosar la importancia del Concilio Vaticano II para la vida de nuestra Iglesia. Esta reflexión nos puede ayudar a extraer los cimientos del nuestro hoy eclesial, que no son otros que los del Evangelio de nuestro Señor Jesucristo.

Cuando en octubre del año 1962 se inauguraba solemnemente el Concilio Vaticano II, un servidor todavía no había iniciado la preparación catequética para la Primera Comunión. Esto quiere decir que mi generación ya no es de las que vivió el acontecimiento conciliar cuando este tenía lugar. Tan solo recuerdo de aquellos años el día en que mi madre en la plegaria del anochecer ―la madre nos hacía rezar cada día― nos dijo a mi hermana y a mí que teníamos que rogar mucho por el papa Juan XXIII porque se encontraba gravemente enfermo. Eran los primeros días del mes de junio de 1963, que culminarían con su traspaso y con la elección del nuevo papa: Pablo VI. La vida y la obra del Concilio, por lo tanto, la descubriría unos años más tarde, en la etapa de formación en el Seminario.

¿Qué decir pues, del Concilio Vaticano II después de 60 años? ¿Cuál fue su objetivo primordial? ¿Qué queda de toda aquella magna obra? ¿Cuál es su legado? ¿Nos tenemos que acercar a él como si hiciéramos tan solo una simple clase de historia? Dado el carácter huidizo de todo acontecimiento histórico, y en el marco del ritmo aceleradísimo del mundo de hoy, incluso, algunos se han hecho esta pregunta: ¿puede tener un significado permanente un Concilio de los años sesenta del siglo pasado y que, además, no definió dogmáticamente ninguna doctrina? Para responder a todos estos interrogantes, nos conviene profundizar en el acontecimiento conciliar en sí mismo, así como en la recepción de sus documentos en el postconcilio. Es lo que, de hecho, nos han pedido los últimos papas.

A modo de ejemplo, el mismo papa Benedicto XVI, en la Carta Apostólica Porta Fidei, pedía volver a los textos del Vaticano II que los Padres conciliares nos dejaron como herencia, para «que sean conocidos y asimilados como textos cualificados y normativos del Magisterio, dentro de la Tradición de la Iglesia» (PF 5). De forma sencilla, procuraremos glosar este acontecimiento en las próximas Cartas Dominicales.

Vuestro,