Fecha: 13 de septiembre de 2020

Estimados y estimadas:

Quizá para algunos es demasiado tarde para dirigirme a los padres que este año habéis acompañado a vuestro hijo o hija en su primera comunión. Sin embargo, sé que en muchas parroquias, a causa de la pandemia, habéis retrasado la celebración al inicio de este nuevo curso. Además, estas líneas pueden ser útiles para aquellos padres que, Dios mediante, tenéis previsto celebrarla durante el nuevo año.

Mi comentario tiene que ver con la homilía de un sacerdote que él mismo me explicó. No recordaré sus mismas palabras, no importa. Lo que interesa es el pensamiento de fondo.

El sacerdote situaba a los padres en el marco de la fiesta y de las preocupaciones que implica: vestidos, comida, invitados, agradecimiento de los regalos, etc. «Pero yo quiero hablaros —les dijo— de un regalo que solo vosotros podéis hacer y que, si no habéis caído en ello, todavía estáis a tiempo».

Supongo que algún padre, ajeno al sentido religioso de la fiesta y víctima de la sociedad de consumo, pensaría: «Ha llegado el momento de las críticas y, como solo el sacerdote tiene la palabra, tendremos que abrir el paraguas». Pero no fue así. El sacerdote dijo algo inesperado y positivo.

«Me refiero —prosiguió el sacerdote— al regalo de vuestro amor. No el amor que tenéis a vuestros hijos, que lo tenéis muy claro y no hace falta recordároslo, sino el amor que los padres os tenéis el uno al otro».

La reflexión del sacerdote sorprendió a muchos. El silencio se cortaba. El amor mutuo de los padres es un regalo que no puede ser suplido por nada ni por nadie. Y, en cambio, es necesario para el desarrollo humano y para el equilibrio del hijo. Es un regalo que da seguridad a los hijos. Puede que el hijo se relacione más con la madre que con el padre o al revés; no importa. Él intuye que el amor de la madre está apoyado por el padre y que en el amor del padre está presente el de la madre.

Algunos padres han dañado este amor de fidelidad y no pueden hacer este regalo. Más de uno se esfuerza en convencerse de que nada ha afectado al hijo porque le han razonado reposadamente lo que venía al caso; incluso, tal vez lo han llevado a un psicólogo para que le explicara mejor y no le provocara ningún trauma. De todas maneras, preguntad a los maestros o a los mismos psicólogos.

El amor mutuo de los esposos es un regalo para los hijos. Comienza siendo un regalo de Dios, que debéis compartir con ellos. Un amor forjado en el día a día, con ilusiones y contradicciones. Un amor amasado con el amor de Dios entre la cruz y la resurrección.

El amor matrimonial figura entre los valores de primer orden a la hora de educar a los hijos. No estropeéis este regalo porque, tarde o temprano, os arrepentiréis. En cambio, con esfuerzo, con serenidad y espíritu de concordia, cultivad vuestro amor. Vuestros hijos os lo agradecerán durante toda su vida.

Vuestro,