Fecha: 22 de marzo de 2020

Estimados,

Estamos en plena crisis sanitaria por el contagio del Coronavirus. Como el caballo de Troya de la Eneida de Virgilio, se ha infiltrado dentro de nuestros muros de bienestar aparentemente infranqueables. La naturaleza nos obliga a practicar una Cuaresma forzada, con el agravante de ignorar cuándo llegará la alegría pascual.

Hago mía la reflexión de la psicóloga Francesca Morelli, que estos días ha circulado en Italia. El universo, dice, restablece el equilibrio según sus propias leyes, cuando las cosas están alteradas. En un momento en que el cambio climático llega a niveles preocupantes, en una época basada en la productividad y en el consumo, se nos obliga a un paro forzoso, a permanecer quietos. En un momento en que ciertas políticas e ideologías discriminatorias pretenden retornarnos a un pasado vergonzoso, un virus nos hace experimentar que, en un abrir y cerrar de ojos, podemos convertirnos en discriminados y se nos prohíbe cruzar fronteras, porque somos transmisores de enfermedades. En una época en que la educación de los hijos se ha relegado a otras figuras e instituciones, se nos obliga a cerrar escuelas y catequesis, y se nos fuerza a buscar soluciones alternativas, como que regresen padre y madre, para, de nuevo, ser familia. En una época en la que pensar en uno mismo se ha convertido en norma, se nos dice que la única salida es cerrar filas, dejar que aflore en nosotros el sentimiento de ayuda al prójimo, de pertenencia a un colectivo, a fin de hacernos corresponsables unos de otros. Hasta aquí la reflexión de la señora Morelli.

Es bueno, por tanto, pensar qué podemos sacar de positivo de todo ello. Parece que la humanidad esté en deuda con el universo y sus leyes, y que esta pandemia nos lo descubre, eso sí, a muy alto precio. ¿Podemos aprender de este evento que está sacudiendo nuestras vidas? Con las limitaciones que se nos han impuesto, podemos aprender una lección de austeridad. Estar recluidos, con tantas actividades suspendidas, puede convertirse en una llamada a buscar la riqueza de una sobriedad verdadera, que nos lleve a lo más profundo y auténtico de nosotros mismos y de los demás. Hay otra manera de vivir, se nos sugiere. Una forma de vivir más sencilla, más sobria, más austera. La pobreza y la fragilidad de nuestro planeta, ¿no son dos caras de una misma realidad que puede llamarse insolidaridad? Es lo que dice el Papa Francisco en su Carta Encíclica Laudato si’: «El desafío urgente de proteger nuestra casa común incluye la preocupación de unir toda la familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral». Y añade: «El Creador no nos abandona, nunca hizo marcha atrás en su proyecto de amor, no se arrepiente de habernos creado.» (n.13). De ahí que el Papa haga «una invitación urgente a un nuevo diálogo sobre el modo como estamos construyendo el futuro del planeta. Necesitamos una conversación que nos una a todos […]. Necesitamos una solidaridad universal nueva» (n.14).

En estos días, debemos unirnos especialmente a los enfermos y a las familias que sufren esta pandemia. Rezo también por el personal sanitario, agradeciendo el esfuerzo sobrehumano que están realizando. Hay que fiarse de las autoridades, que toman las medidas con el asesoramiento de los sanitarios. Se nos invita a confiar. Perder la calma, nos haría mucho daño. Tengamos un cuidado especial por los más débiles, sin olvidar esa llamada de Cáritas o de la comunidad de Sant’Egidio, a «no dejar abandonados a los “amigos” sin techo».

Estos días también está mi corazón con los sacerdotes, los religiosos y religiosas y los laicos entregados, que acompañan al Pueblo de Dios en esta crisis: que el Señor les dé fuerza y también capacidad e ingenio para elegir los mejores medios de ayuda. Aunque no haya celebraciones públicas, que todo el Pueblo de Dios se sienta acompañado por el consuelo de su Palabra, por el calor espiritual de nuestras parroquias y comunidades —aunque sea telemáticamente— y por la oración sincera.