Fecha: 6 de abril de 2025

La Cuaresma es tiempo de conversión. Y un aspecto que sería bueno revisar en este tiempo cuaresmal es la necesidad de convertirnos del defecto de la crítica y la murmuración. Nos es más fácil abrir la boca para criticar y condenar, fijarnos en los defectos y errores de los demás, que intentar comprenderlos y buscar factores que puedan disculparlos. Más de una vez el Papa Francisco ha pedido a los cristianos que «cerremos las puertas a los celos, envidias y murmuraciones que dividen y destruyen nuestras comunidades».

Pero la realidad es que nos gusta mucho eso de echar piedras a los demás; con facilidad opinamos y sentenciamos sobre lo que hacen o dejan de hacer. La murmuración y la crítica es demasiado habitual entre nosotros y también es frecuente entre nosotros eso de pasar las culpas a otro.  Son muy pocos los que son capaces de asumir las responsabilidades que les corresponden y con demasiada frecuencia vemos cómo se pasan la factura unos a otros. Nadie quiere asumir la responsabilidad cuando algo, algún proyecto, no nos sale bien o no termina como nosotros quisiéramos.

Es una tendencia humana que está en relación también con el tema de la falta de compromiso, del miedo al compromiso. Asumir la culpa, asumir la responsabilidad propia significa asumir nuestro compromiso ante los demás.   No queremos responsabilidades y a la vez tenemos mucha facilidad en pedir cuentas a los demás. Ocurre en el ámbito de la familia, del trabajo, de la política y de la economía, en nuestras relaciones humanas en general y muchas veces sin el más mínimo sentido de autocrítica.

El evangelio de este domingo nos presenta el caso de una mujer acusada de adulterio y condenada por los judíos a ser apedreada. Le preguntan a Jesús qué deben hacer y él, después de unos momentos de silencio, les hace caer en la cuenta de la fragilidad de su juicio y de su responsabilidad con unas sencillas palabras: «Aquel de vosotros que esté sin pecado que tire la primera piedra» (Jn 8,7)

La experiencia nos enseña que nuestros juicios humanos son muy débiles y a menudo erróneos, y además en el evangelio Jesús nos dice también: «No juzguéis y no seréis juzgados. Porque tal y como juzguéis seréis juzgados, y la medida que uséis la usarán con vosotros. ¿Cómo es que ves la mota en el ojo de tu hermano y no te das cuenta de la viga que hay en el tuyo?» (Mt. 7, 1.-3).

Este es un propósito que podríamos plantearnos en esta Cuaresma, lanzar una campaña contra la crítica y la murmuración. Arrojar de nosotros la lacra de la murmuración. Un propósito de verdadera conversión que nos hará bien a nosotros y a todos aquellos que nos rodean.