Fecha: 13 de marzo de 2022

Estimados y estimadas. El tiempo de Cuaresma debe prepararnos y disponernos para la celebración festiva de la Pascua. En esta ocasión querría fijarme en las tres prácticas cuaresmales, oración, limosna y ayuno, leídas en clave sinodal. Estas tres disciplinas nos hacen profundizar en las tres dimensiones relacionales de la persona. Así, la oración aviva y enciende nuestra relación con Dios, la limosna nos lleva al encuentro con los hermanos y prójimos, sobre todo con los más pobres, y el ayuno nos ayuda a unificar nuestro corazón en el Señor.

En cuanto a la oración, Jesús nos dice: «Tú, en cambio, cuando ores, retírate a tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.» (Mt 6, 6). Es muy importante el diálogo personal, íntimo y honesto con Dios, pero éste no justifica una oración individualista. De hecho, la oración que Jesús nos enseña se dirige al Padre de todos, explicitando que somos hermanos y compartimos unos mismos sentimientos. De hecho, uno de los rasgos de la oración cristiana, como nos explica el libro de los Hechos de los Apóstoles, es reunirse en comunidad. Por eso, la oración, vivida en clave sinodal, nos empuja a rezar juntos, movidos por el anhelo de encontrarnos unos con otros. La eucaristía es el ejemplo por antonomasia. ¡Qué bueno sería, también, que encontráramos espacios de oración comunitaria, en la parroquia o en casa, para rezar juntos, por ejemplo, los laudes, las vísperas o el Santo Rosario!

En cuanto a la limosna Jesús nos dice: «Cuando tú des limosna, que tu mano izquierda ignore lo que hace la derecha, para que tu limosna quede en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.» (Mt 6,3-4). En efecto, de nada serviría una limosna hecha desde el deseo de aparentar, ¡por puro afán de vanagloria! Pero hay que tener claro también que la limosna cristiana no es consecuencia de una bonhomía, sino del mandamiento de Jesús que nos manda amarnos los unos a los otros y, en consecuencia, considerar a los otros como nuestra propia familia, también a esa persona necesitada a la que no conocemos, y a la que ayudamos. Todos formamos parte unos de otros, porque todos formamos la única humanidad amada por Dios.

Finalmente, en cuanto al ayuno, Jesús nos recomienda: «Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno no sea conocido por los hombres, sino por tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.» (Mt 6,17-18). ¡Cuántas cosas superfluas no nos provocan una división interior desviando nuestro corazón hacia metas no realmente deseadas! Si nuestro anhelo es de comunión, miremos dentro de nosotros para identificar todo lo que nos aleja de los demás, todas aquellas actitudes que no reconstruyen la familia y de las que debemos ayunar a partir de hoy. Entonces, el signo de habernos unificado en el Señor se notará en nuestro rostro radiante, porque, como dice Jesús, «Si todo tu cuerpo está iluminado, sin nada de sombra, tendrá tanta luz como cuando la lámpara te ilumina con sus rayos» (Lc 11,36).

Hagamos, pues, de este tiempo de Cuaresma, no sólo la ocasión para una verdadera renovación personal, sino también eclesial, de encuentro y comunión con los hermanos.

Vuestro,