Fecha: 27 de marzo de 2022

Estimados y estimadas, una de las imágenes más significativas de la Cuaresma es la del hijo pródigo, el hermano pequeño de la parábola que leemos este cuarto domingo. ¿Quién no se ha sentido nunca identificado con él, deseoso de irse lejos de la casa solariega y capaz de dilapidarse la herencia en un santiamén? ¡Cuántas catequesis no hemos hecho sobre la indigencia humana y la bonita oportunidad que esta brinda para buscar de nuevo nuestro sitio y reencontrar el calor del Padre amoroso!

Hoy, sin embargo, quisiera fijarme en la reacción del hermano mayor, a veces poco reflexionada e interiorizada. De hecho, el evangelista Lucas da el punto clave de las parábolas en la introducción anterior: «Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos» (Lc 15,2). Es precisamente para combatir el juicio de las autoridades judías que Jesús se apresura a dejar clara su postura respecto a los pecadores. Y es el hermano mayor quien, asumiendo el rol de estas autoridades, interpreta el desagradable papel de aquel que se enfada con la forma de actuar de Dios.

No se trata de dejar mal a unos u otros, sino de combatir una mentalidad que separa y aleja, contraria a la mentalidad de Dios que siempre une y hermana. En nuestra Iglesia actual, también cada uno de nosotros o cada una de nuestras comunidades, puede caer en esa trampa. El perdón que Dios ofrece a todos, porque todos estamos necesitados de misericordia, no implica solo la salvación personal, sino que sobre todo afecta a la fraternidad y a la comunión, notas características de haberse convertido en un solo cuerpo. En efecto, una de las catequesis de la parábola es la preocupación por el hermano, tema recurrente en el mundo bíblico. Así, mientras el padre se convierte en imagen de quien vela por la familia, siempre pendiente de su hijo y vislumbrándolo aún en la lejanía, el hijo mayor representa la indiferencia de aquel que sigue trabajando y viviendo de espaldas a su hermano. Fijémonos cómo la parábola contrasta la expresión del sirviente y del padre, que hablan del pequeño como «tu hermano»; en cambio el hermano mayor le llama despectivamente «aquel hijo tuyo».

El regreso del hijo pequeño, de hecho, debe posibilitar la comunión familiar, la fiesta del perdón mutuo que recompone: «había que celebrarlo y alegrarse». Sin embargo, parece que el mayor no comprende ni comparte la prioridad de la comunión, sino que prefiere contar méritos y esperar recompensas individualistas, hasta el punto de desvivirse por una herencia que no sabe disfrutar ni compartir. Aquí está su drama, quizás nuestro drama.

En pleno proceso de reflexión sinodal para redescubrir la Iglesia de comunión, no dejemos perder la oportunidad de sentir que el pecado del hermano es mi pecado y que la fiesta por su regreso es mi fiesta, de igual modo que mi pecado y mi fiesta son suyos, son de toda la Iglesia. Una ocasión para vivir lo que nos dice el papa Francisco en la carta apostólica Misericordia et misera (20-XI-2016): «Estamos llamados a hacer que crezca una cultura de la misericordia, basada en el redescubrimiento del encuentro con los demás: una cultura en la que ninguno mire al otro con indiferencia ni aparte la mirada cuando vea el sufrimiento de los hermanos» (n. 20).

Vuestro,