Fecha: 4 de diciembre de 2022

Estimadas y estimados. En su casa la llamaban «María», pero Dios la llamaba «la Llena de Gracia». Así es como la saludó el ángel de la anunciación; como si en el mundo no hubiera nadie más. Y es cierto. Dios la necesitaba, la amaba con locura y por eso lo que hizo con ella no lo hizo con nadie más: le anticipó la gracia del Calvario.

Nosotros, una vez nacidos, entramos a formar parte del pueblo de Dios por el bautismo. Ella ya nació en ese pueblo. Antes de que Ana, su madre, dijera a su esposo: «Joaquín, creo que tendremos un hijo», Dios ya la miraba complacido.

Es natural que así fuera: ¿Quién no libraría de todo mal a su madre, si pudiera? Dios podía y por eso la salvó del pecado antes de caer en él. Sin embargo, fue una mujer normal. Nació, se hizo joven y hermosa como las otras muchachas de Nazaret y, como las mujeres de su pueblo, tenía el rostro bronceado por el sol y las manos estropeadas de hacer la colada sobre las piedras.

En Nazaret todo el mundo, incluso José, la llamaba «María». Dios, sin embargo, la llamaba «la Llena de Gracia». Este lenguaje no es un lenguaje de novela. Es el lenguaje de la fe. Es necesario entrar en el mundo de la fe, de la resurrección, para comprender que las cosas fueran así. A nosotros, por el bautismo, se nos hace participar de la resurrección de Cristo. María llevaba en las venas la vida de la resurrección desde el primer instante.

Hoy me complace recordar, aunque sea en unas líneas el primer gran nombre de la literatura catalana, el beato Ramon Llull, que en la Edad Media hablaba así de la plenitud de gracia de María:

«Si la bienaventurada Virgen no hubiera estado dispuesta a que el Hijo de Dios asumiera carne en ella, es decir, que no estuviera corrompida, ni tuviera ningún pecado, actual u original, el Hijo de Dios no habría podido asumir carne de ella, pues Dios y el pecado no pueden coincidir en ningún sujeto. Y, como la asunción de la carne, que Dios asumió en la bienaventurada Virgen, fue en la grandeza de bondad, poder, virtud y fin mayor que Dios puede alcanzar en una criatura, era necesario que de parte del sujeto en el que asumía la carne hubiera la grandeza de poder, bondad, virtud y fin mayor que puede haber de parte de un paciente y un agente. De lo contrario, no habría proporción entre Dios Hijo y la bienaventurada Virgen» (Enchiridion theologicum Lullianum, Beata Maria Virgo, 659).

A pesar del peso del pecado con la concupiscencia que comporta, nosotros, gracias a la purificación bautismal, también estamos llamados a la santidad. Y esta vocación la podemos cumplir imitando a María, aquella que fue «Llena de Gracia». Tratemos de ser personas que dicen «sí» a Dios, obedeciendo su voluntad que se concreta en la libertad del Evangelio y se sintetiza en el amor. Un amor dirigido a Dios y a los demás. Por eso, en la fiesta de la Purísima, recordemos el cántico de alabanza a Dios que encontramos en el inicio de la Carta a los Efesios y que, entre otras, afirma: «Dios nos escogió… para que fuéramos santos, irreprensibles a sus ojos por el amor» (Ef 1,4-5).

Vuestro.