Fecha: 8 de marzo de 2020

Estimados,

«Les mans en creu i el front signat amb cendra» (Las manos en cruz y la frente marcada con ceniza). Así el poeta Josep Vicenç Foix (1893-1987) encabeza el último soneto de la obra Sol, i de dol —su primer libro de poemas, publicado en 1947—. Con este verso, empiezo esta carta para volver a hablar de la Cuaresma.

Es un tiempo del año cristiano que no tiene valor por sí mismo, sino por la fiesta de Pascua hacia la cual nos lleva. Hemos llegado al segundo domingo sin cambios en el entorno. Pero la Iglesia —madre y maestra— recoge las necesidades humanas más profundas y, haciéndose eco, nos dice: «Abríos a Dios», «empezad de nuevo a partir de Dios».

Nos hemos abierto al progreso, al pluralismo, a la universalidad, a un mundo cada vez más global. Queda un espacio donde abrirnos, alguien a quien escuchar: «¡Abríos a Dios!» A pesar de las interferencias, hay que coger la onda. Muchas voces cruzan el espacio e interfieren la voz del Espíritu. Sin embargo, hay que estar atentos y coger la onda. Dios siempre habla para dar buenas noticias, cosa no demasiado frecuente.

Es el gran paso que os invito a dar durante esta Cuaresma: Escuchar a Dios. Y escucharlo, como sugiere el poeta, con una actitud abierta —«las manos en cruz»—, pero también humilde: —«la frente marcada con ceniza»—.

El Concilio Vaticano II nos dice que «la Iglesia ha venerado siempre las Sagradas Escrituras al igual que el mismo Cuerpo del Señor» (Constitución Dei Verbum 21). Os invito, pues, a tomar el libro de los Evangelios con respeto religioso y leer un fragmento cada día, en un rato de tranquilidad. Cristo se nos hace presente. Las páginas y las letras de los Evangelios son una celosía desde detrás de la cual el Señor se comunica.

1) Leer un fragmento del Evangelio. Por ejemplo, el entierro del hijo de la viuda de Naín (Lucas 7,11-17), o la escena en la que Jesús dice a Pedro que debe perdonar «setenta veces siete» (Mateo 18,21-35). Y retener el relato y las palabras.

2) Contemplar. Ver cómo Jesús se acerca a la mujer y le dice: «No llores», o cómo, enérgico y paternal, corrige a Pedro. Y mirar el gesto y escuchar las palabras por dentro, que bajen de la cabeza al corazón. Y preguntarnos: ¿Qué mueve a Jesús a hacer y decir lo que dice y hace?

3) Experimentar. Luego, durante el día, ver con quién puedo hacer yo una experiencia similar, con quién puedo repetir la actitud de Jesús y sus palabras.

Os adelanto que iréis a dormir sintiéndoos un poco más salvados. Habréis probado, aunque solo haya sido por un momento, la salvación de Jesús. Y sentiréis más cercana la confesión de los apóstoles: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna» (Juan 6,68).

Vuestro.