Fecha: 6 de abril de 2025

En una Cataluña donde el laicismo y el pensamiento crítico han ganado terreno, hablar de «pecado» en su sentido tradicional (como ruptura de la relación con Dios y con nuestros semejantes, a quienes los cristianos decimos hermanos) puede no resonar en el discurso público. En el ámbito de los Iglesia (que se sabe siempre santa y pecadora), estamos familiarizados con la realidad del pecado que no es un mecanismo culpabilizador infantilizante sino la conciencia de la fragilidad y falibilidad de la condición humana que, en la apertura al “nosotros”, a la gracia y al amor redentor de Dios nunca son definitivos ni tienen la última palabra. La conciencia del pecado nos ayuda a regirnos personal y comunitariamente con responsabilidad, misericordia y alegría.

En una sociedad secularizada también podemos entender el pecado como falta moral, irresponsabilidad o daño a la sociedad. Así, desde una perspectiva filosófica, podemos hablar del pecado como la falta de virtud cívica o la indiferencia ante las injusticias, como recuerda MacIntyre al lamentar la pérdida de las virtudes en la sociedad moderna. Desde una visión ética, el pecado podría entenderse como falta de compromiso social, egoísmo o corrupción, (recordemos lo que enseña Adela Cortina sobre la aporofobia, el miedo al pobre). Desde la sociología, podríamos hablar del pecado como un fallo en la convivencia y la polarización extrema, donde la falta de diálogo lleva a conflictos innecesarios. En nuestro contexto social no está de más reflexionar sobre una lista de pecados ante los que proponer el sentido de responsabilidad personal y colectiva. Así, por ejemplo, convivimos con el pecado de indiferencia cuando nos desentendemos de los problemas sociales, la pobreza o la exclusión. Participamos del pecado de deshumanización cuando por ejemplo se convierte el debate político en un conflicto donde se deslegitima al otro sin empatía. Normalizamos el pecado de hipocresía si decimos defender valores democráticos mientras se actúa de forma intolerante con quien piensa diferente. Y pasamos al más extendido, el pecado de individualismo centrado en priorizar intereses personales o económicos sin pensar en el bien común. Y el más radical, la soberbia que en el fondo es como dice el papa Francisco: “la absurda pretensión de ser como Dios”.

Sea como fuere, el pecado y la redención más allá de su significado en el ámbito religioso, pueden reformularse en términos de responsabilidad moral, transformación personal y compromiso con el bien común. Y de todo esto necesitamos mucho.